domingo, 6 de abril de 2014

De democracia y sintaxis atormentadas

José Luis Valdés Ugalde 06/04/2014, en Excélsior

Mis últimas contribuciones sobre la cuestión rusa y el autoritarismo de Putin como factor desestabilizador del sistema europeo e internacional han provocado respuestas encolerizadas de algunos de los lectores, que son de llamar la atención. Más aún porque recurren al epíteto y al insulto, y no al argumento para rebatir mis razonamientos. Son voces que más que indignadas o pensantes, representan la evidencia de una sintaxis atormentada, intolerante e incivil, que incluso los ayatolás más conspicuos de los extremos políticos ya han abandonado. Son voces que no creen ni quieren vivir en la democracia. Su exceso sintáctico se revierte contra la voluntad original que perseguían en su momento, lo cual las autodescalifica enteramente. Una de ellas refiere que “el putinismo que condena se traduce en la más fiel, auténtica y contundente expresión de democracia en la que los ciudadanos de un país (Crimea) fueron consultados y decidieron libremente y sin presión de nadie su destino, y formar parte de Rusia. No quisieron estar sometidos al imperio capitalista de EU y la UE en la que sus miembros están en la más espantosa crisis económica y de desempleo”. Ignoro en qué fuentes basa uno de mis críticos, autor de este enunciado, sus sentencias, pero hasta hoy, todos los indicadores anuncian un decrecimiento de Rusia que apunta al 1.3% y la aparición muy probable de una pronta recesión. En este espacio argumenté, en anteriores colaboraciones, que los BRICS (Rusia, uno de ellos) han dejado de crecer y que tanto EU como la UE verán un repunte relativo en su crecimiento y recuperación. La idea de que la UE “vive su más espantosa crisis económica” no la acepta ni el más sectario de los economistas serios.

Necesaria esta acotación, por lo preocupante que resulta la muy infundada y fanática noción que se tiene de los más vivos problemas locales y mundiales desde esas trincheras, que no han superado aún la tullida narrativa de la Guerra Fría. Son también preocupantes porque impactan la calidad del debate en México y en otras partes del mundo (otro de mis críticos parece pertenecer a la Universidad de Nuevo México). Todo esto ocurre cuando existe consenso en contra de las acciones antidemocráticas de Putin, cuando Maduro escala la represión y la intransigencia autoritaria del chavismo con la inaudita complicidad de democracias como Brasil y Uruguay. Respecto del caso venezolano, como en el ruso, también hay consenso en que la política antidemocrática acompaña el fracaso económico que ha convertido a ese país en un polvorín. No hay individuo juicioso que acepte que se trata de dos casos de democracia política y economía eficiente y funcional. En democracia, se requiere ofrecer la diversidad de opciones que merezca la demanda social y, en consecuencia, contar con la libertad para votar por ellas. Por su parte, una economía eficiente y próspera es aquella que se ocupa, al tiempo, de cuidar los indicadores macroeconómicos, de lograr una distribución económica que tienda a la equidad y al bienestar de la gente. Una economía que no crece y carece de regulaciones distributivas eficientes, como ocurre con Rusia y Venezuela, provocan tanto el fracaso económico como el político. Está demostrado que desde el putsch nazi, en los 20, que devino en el bestial fascismo, cuya memoria aún lastima a Europa y al mundo, como desde los tiempos del totalitarismo estalinista y las dictaduras globales, así como de los excesos militaristas y del capitalismo salvaje, que de 2001 a 2008 hundieron a EU en una de sus peores crisis políticas y económicas, el extremismo analítico, discursivo, o el del ejercicio del poder son en sí mismos reflejos totalitarios, no admisibles en el marco de la convivencia civilizada. Tienen garantizado su fracaso. Ejemplos, aparte de los mencionados, hay muchos. Ya abundaremos sobre ellos y ojalá que no se repitan en su peor versión golpista y belicosa. Willy Brandt, el político alemán más talentoso de su generación y fundador de la Ostpolitik, basó todo su quehacer en el principio de la tolerancia democrática, que determinó la recuperación democrática europea y económica alemana. Su vivo legado nos reconcilia con las palabras de Max Weber: “Toda experiencia histórica afirma que uno no obtendría lo posible, si en este mundo lo imposible no fuera buscado una y otra vez”.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
              
                Twitter: @JLValdesUgalde
 

El Putinismo caliente

José Luis Valdés Ugalde 23/03/2014, en Excélsior


Del pésimo sentido del humor con que nos castigó Hugo Chávez, pasamos a la gélida falta del sentido de la historia de un zar ruso procedente de tiempos por definir, pero que para él son todavía los calientes de la Guerra Fría. Vladimir Putin, que de estadista sólo le queda la corbata, se nos pone glacial y caricaturesco, y cual nuevo zar hipersovietizado demuestra vivir en otro mundo como bien dijo Angela Merkel. Si Nikita Kruschev, ya inoculado de estalinismo, se embriagó sin parar, ahora Putin demuestra seguir crudo y zarista y soviético, valga la repetición. Después del secuestro de Crimea y parcial de Ucrania, y las ulteriores sanciones en proceso decididas por Washington y la UE, el déspota ruso se calienta y escala, ahora en la zona de influencia estadunidense, América Latina, nunca antes considerada zona de peligros globales desde la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, en Octubre de 1962. Tácitamente, el envío de buques de guerra y bombarderos de largo alcance tiene como propósito aprovecharse de aquellos Lilliputs latinoamericanos que continúan con su primitiva narrativa de Guerra Fría con el propósito de amenazar a EU y, de paso, al resto del continente. Si estos países, empezando por Cuba, se dejan utilizar, habrán permitido a Moscú incorporar caprichosamente una variable a un conflicto muy ajeno a nuestras tierras. Allá ellos y la OEA si aceptan este inesperado secuestro ruso y permiten que se nos utilice como carne de cañón por un personaje de la peor calaña. Las grabaciones secretas que Kennedy recopiló de las reuniones del ExComm (The Executive Committee of the National Security Council) durante “La crisis de octubre”, mueven a deducciones aplicables a estos tiempos: Kruschev blofeó, pero fue hábil y cauteloso dada su inferioridad nuclear, y al final cedió a la frialdad de Kennedy, al bloqueo naval de EU, y a la aceptación de EU de retirar sus ya caducos misiles Júpiter de Turquía; y de paso engatusó a Fidel al decidir unilateralmente el desmantelamiento de las instalaciones soviéticas en la isla y su retirada final. La condición: que EU nunca atacaría a Cuba militarmente. El desparpajo de ambos líderes rusos es elocuente. Sólo que Kruschev, él sí hombre de su tiempo, era astuto y consciente de no querer una guerra que habría perdido en cualquiera de sus etapas y hubiera sido de exterminio nuclear. Así se lo dijo a Castro cuando lo consoló: “No hay duda de que el pueblo cubano hubiera peleado con coraje o que hubiera muerto heroicamente. Pero no estamos peleando en contra del imperialismo para morir”. Mientras nos enteramos del verdadero peligro que la incursión caribeña de Putin tendrá (prueba de fuego para la política exterior mexicana, por cierto) habrá que atender el verdadero problema que con estas acciones Moscú trata de ocultar.

Por más sanciones que se impongan a Moscú, EU y la UE van a tener que ceder ante esta nueva e inesperada realidad geopolítica y aunque con remilgos, dejar a Putin hacer su voluntad en Crimea. El resultado probable podría ser que Ucrania se incorpore a la UE anticipadamente y madrugar a Moscú. Aunque Putin haya ganado la partida en Crimea a punta de fusil, el referéndum fue un hecho irregular que, dadas las condiciones de intimidación, podrá resultar aplicable más no democrático. Lo trascendental será: Washington y la UE podrían asegurar que Ucrania se vuelva el muro de contención de Occidente en Europa ante futuras incursiones expansionistas del Moscú del Putinismo. Una vez que se acepten estos dos hechos y que Ucrania normalice su debacle político-económica se pondrá más en evidencia el desastre político-económico que es Rusia. Tanto la cuestión de Crimea como el impacto de las sanciones se encargarán de evidenciar esto. También se podrá atemperar el grado de confianza en Moscú y el alcance de su compromiso para mantener la estabilidad del sistema internacional que está amenazando. Será en este momento cuando podamos medir las implicaciones de la incontinencia soviética de Putin y de su calentura geopolítica; y también su muy posible y estrepitosa derrota político-militar. Nadie olvida que Putin ha expresado que la desintegración soviética fue lo peor que pudo haber pasado a su país. Esto lo afirma 15 años después de que acabó la Guerra Fría y Moscú perdió el mando global. Si la astucia de Kruschev le permitió la sobrevivencia política, la manifiesta e inculta inconsciencia histórica de Putin (amago caribeño incluido) podría ser el principio de su fin.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

sábado, 15 de marzo de 2014

Putin, el soviético

José Luis Valdés Ugalde 09/03/2014, en Excésior


Después de los juegos de Sochi, en vísperas de los paraolímpicos de invierno y de la que se augura como fallida cumbre del G8, todos en la misma sede, vemos a Vladimir Putin batallando en contra de lo que podría ser una potencial derrota diplomática en el frente internacional. Esto debido a la rápida evolución de la crisis en Ucrania, una vez expulsado su protegido, el cleptócrata presidente Víktor Yanukóvych, y ahora agudizada por las implicaciones de la invasión rusa de la península de Crimea, extensión territorial de esta república exsoviética. Si bien los olímpicos transcurrieron sin incidentes de gravedad y Putin pudo ganar terreno político y salvar cara ante la comunidad internacional, muy a pesar de la represión a la disidencia y a la apremiante crisis económica, el conflicto en Ucrania lo tiene sumido en un laberinto político y se presenta muy probablemente como una gran prueba de fuego para su gobierno.

Se cuenta que en 1954, en una noche de tormentosa borrachera, Nikita Kruschev decretó la cesión de Crimea a su dominada vecina Ucrania. Desde entonces, Crimea (cuya población en su mayoría es rusa, un cuarto es étnicamente ucraniana y el resto son tártaros) fue zona del influencia del poder soviético-ruso, al tiempo que representaba el único acceso de Moscú al Mar Negro y, en consecuencia, su puerto central para conectarse con el Mediterráneo, África del Norte, Europa central y el Oriente Medio. Después de la disolución soviética, esto no cambió y Crimea seguiría siendo el puerto de salida rusa al mar y la extensión geopolítica más importante para el Kremlin. Esta es, nada menos y nada más, la significancia estratégica que tiene para Moscú el territorio tomado por asalto. No obstante, la Ucrania de hoy, aunque aún plagada de los viejos vicios heredados por la tradición soviética, está compuesta por 46 millones de habitantes, con una sociedad civil urgida de cambios, de independizarse del yugo exsoviético y de un acercamiento mayor con la UE, con miras a convertirse en una de sus partes. Esta república tiene una relevancia significativamente nueva y radicalmente diferente para Europa. Su vecindad con cuatro países europeos, incluida Polonia y por añadidura con la locomotora Alemana, convierten a la crisis de ese país ya no sólo en un problema ruso, sino europeo e internacional. Por su parte, Putin ve y considera a Ucrania y a Crimea no en forma tan distinta a como lo hacía el Kremlin de la Guerra Fría: en una extensión clave de los antiguos feudos geopolíticos de la era soviética. En este sentido, Putin representa, además de al siniestro sistema de inteligencia y espionaje al que perteneció en los viejos tiempos (la KGB), también a las añejas tradiciones imperiales soviéticas. En este terreno, no veremos en esta crisis a un Putin que siquiera simule ya sus obvios impulsos autocráticos, sino a un muy decidido liderazgo que ante su frágil existencia política, se jugará todo por mantener la vieja influencia soviética en esa región e intentar anexar Crimea a Rusia (de ahí su apoyo al referéndum sobre su secesión promovido por parlamentarios crimeanos), salida que sería, quizá ahora que ya perdió Ucrania, la única solvente para la UE y EU. Y es por esto que ha sometido a los aliados occidentales y al sistema global a una presión extraordinaria, cuando no quizá a un severo chantaje. A pesar de las posibles sanciones que se aplicarán a Rusia, Putin, como buen jugador de casino, sabe que tiene el poder del veto energético contra una dependiente Europa del gas ruso y que se trata de un momento en que está en juego, entre otras grandes asignaturas en la que Rusia es necesaria, el acuerdo del G5+1 con Irán y la estabilización de los conflictos en Oriente Medio, empezando con Siria. La estabilidad de Europa queda incluida en sus lances. Es por esto que apuesta alto en un esquema de juego de suma cero. No obstante, la única solución será la diplomática, sin que esto necesariamente implique (aunque haya cesión de Crimea a Moscú) que se deje a Putin salirse impunemente con la suya. Lo cual incluye pensar que todas las medidas ideadas (boicot del G8 incluido) conduzcan a conservar la estabilidad de Ucrania (sin Rusia interponiéndose), de Europa, de las regiones aledañas y del sistema global. En suma, se trata de no ceder ante el chantaje impuesto por Putin, el secuestrador soviético.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

Twitter: @JLValdesUgalde

Repúblicas agónicas

José Luis Valdés Ugalde 23/02/2014, en Excélsior

José Mujica, el presidente uruguayo, considerado como “el mandatario más pobre del mundo”, ha sido incluido en el último número de Foreign Policy entre los 100 pensadores líderes del mundo de hoy. El mérito que se le concede es el de haber “redefinido a la izquierda latinoamericana”. Mujica maneja su propio vocho ochentero, paga sus cuentas en los restaurantes de Montevideo, además, dona 90% de su salario a obras de caridad y se dedica con alegría a cultivar y cuidar de su granja de crisantemos. Es el Presidente de un país pequeño y bello, con baja industrialización; su austeridad es completa y encomiable, cercana a lo más esencial del republicanismo democrático que quisiéramos en un continente de liderazgos, o bien populistas demagogos y fracasados, como el venezolano, ecuatoriano o argentino, o bien cuasi virreinales, ostentosos y corruptos, como el mexicano o el brasileño. Sus reformas de corte progresista han sido trascendentales para los uruguayos y sin precedentes en el continente, caracterizado por un conservadurismo estremecedor en los temas sociales. Mujica ha promovido con éxito la legalización del aborto, los matrimonios entre parejas del mismo sexo y, para rematar, Uruguay se convirtió en el primer país en legalizar la producción y venta de mariguana (polémica incluida, si se quiere), cuyo propósito es despojar del poder a las mafias traficantes y representa una severa crítica a la estrategia de EU en la materia. Sus medidas han generado debate, pero sobre todo han planteado un desafío tanto a la izquierda, alejándose de su anquilosado antiyanquismo chavista-castrista, como a las élites políticas del continente, que continúan en su indiferente zona de confort hiper-conservador con relación a estos importantes temas de la agenda social y de las libertades ciudadanas que, hoy en día, son moneda corriente en prácticamente todo el mundo occidental.

Por lo pronto, si es que se dudaba de que la gobernanza democrática, pulcramente ejecutada, lleva de la mano a la eficiencia económica y es garante del avance político y el progreso de las naciones (que en Uruguay ha funcionado), sólo observemos los casos argentino y venezolano; no sólo para darnos una idea de cómo ambos han fracasado en el frente político y económico, sino también para demostrar (más a la luz del espejo de Mujica) su inviabilidad como proyectos de Estado con un plan de gobierno que presume ser de izquierda. El fracaso argentino y venezolano de contener inflación, crecer y mantener reservas estables está más que demostrado por los indicadores (que por cierto, Buenos Aires esconde un día sí y otro no): Argentina muestra una inflación de 28% y el mercado negro de divisas se ha desbordado al sobrevaluar el tipo de cambio; la inflación venezolana es de 56.2% y también el mercado negro de divisas es lamentable, y está siete puntos por encima del cambio oficial. Por lo demás, sus reservas de divisas y oro han disminuido dramáticamente, 30 mil y 21 mil millones de dólares respectivamente. En el frente de las libertades, muy dramáticamente en el caso de Venezuela, la furiosa represión contra la oposición por parte de Maduro es un hecho que habla por sí solo de la importancia de garantizar gobernabilidad democrática, combate a la corrupción, cumplimiento de la norma, garantía a las libertades ciudadanas y autonomía y eficacia de las instituciones gubernamentales. En ambos casos (aunque menos enérgicamente con Fernández), lo último es un hecho político escaso, que ha llevado a la ineficacia política y económica del Estado en sus obligaciones con la ciudadanía. No se diga el enorme fracaso político de estos dos proyectos de izquierda no democrática. El ejemplo de Mujica no es menor. Ni Kirchner ni Chávez entendieron la combinación entre democracia, crecimiento y distribución, y optaron, cada uno a su manera y en su tiempo, por darle continuidad a fórmulas populistas desgastadas y de probada ineficacia (cada uno heredó el poder a dos polític@s ineptos). El resultado: su fórmula ni es exitosa económicamente, ni es de izquierda ni es democrática. Su modelo se agotó y esto ha sido claramente comprendido por un exguerrillero uruguayo de 78 años, encarcelado por 14, aguerridamente de izquierda y que hoy se revela como un demócrata progresista, sin estridencias ni desplantes demagógicos. Vaya enseñanza ésta ante el fracaso, ese sí estridente, de nuestros paladines de la izquierda populista.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
 

Homofobia y terrorismo: Olimpiadas calientes

José Luis Valdés Ugalde 09/02/2014, en Excélsior

Recordarán, estimables lector@s, la protesta que desde el pódium de premiación olímpico protagonizaron los atletas estadunidenses, John Carlos y Tommie Smith, en nuestro muy memorable México 68. Ambos se enfundaron un guante negro y levantaron el puño en apoyo a los derechos civiles, la defensa de los derechos humanos y en contra del racismo en EU: tiempos de represión en contra de la población afroestadunidense. Fueron también tiempos definitorios que marcaron la historia social estadunidense y encauzaron institucionalmente la solución a un prolongado conflicto. John Carlos fue condenado al ostracismo por el establecimiento olímpico como advertencia a todo aquel que quisiera valerse de los Juegos Olímpicos como un espacio de protesta o de manifestación política.

Esto viene a cuento porque los Juegos Olímpicos de Invierno que se celebrarán en Sochi, Rusia, del 7 al 23 de febrero, tendrán lugar en momentos de riesgos terroristas de alta intensidad (Sochi está inmersa en la región más convulsa del yihadismo en Rusia) y sobre todo, de convulsión política interna debido a la ley en contra de la población homosexual que se aprobó en la Duma Rusa y que prohíbe, entre otras cosas, “la propaganda sobre relaciones sexuales no tradicionales”. La ley, firmada por el presidente Putin, tiene entre sus ordenanzas que se castigará a cualquier persona bajo sospecha de “actuar” como homosexual en público, en  internet, en las escuelas, en la Duma misma y, además, veta el derecho de las parejas homosexuales a adoptar. La ley también se aplicará contra los extranjeros bajo sospecha de ser homosexuales o de compartir información sobre el particular, lo cual se castigará con dos semanas de cárcel. Ya fueron arrestados cuatro turistas holandeses bajo la acusación de difundir propaganda homosexual entre niños. El hecho es que a estas alturas, puede resultarle más costoso a Putin su machismo homofóbico y el de la arcaica clase política rusa, que el propio terrorismo (Moscú ha gastado en seguridad dos mil millones de los 50 mil millones de dólares invertidos, que la hacen la olimpiada de invierno más cara de la historia). La inmediata consecuencia de estos dos riesgos (sin incluir la profundización de la crisis en Ucrania, que obliga a Putin a verse en ese espejo) sería exponer todavía más su deteriorada imagen pública, ganada a pulso dados los altos índices de corrupción y del retraso histórico a que ha sometido a la política, la sociedad y la economía rusa. Existe un intenso debate entre las organizaciones de derechos civiles acerca de si merece la pena manifestarse en contra de las medidas de Putin hacia la población homosexual (como se hiciera en 1968). Los miembros de las respectivas delegaciones tendrán de suyo sobradas razones para pronunciarse, ya por tener en sus filas individuos que son gay o simplemente porque simpatizan con su causa. Los riesgos de veto serían de alto riesgo para ellos, aunque las implicaciones políticas serían fatales para Putin, quien ya alardea con el surrealista y poco consistente mote de: “Russia Great, New, Open!” Hoy mismo, el Presidente ruso ya resiente la decisión de Obama, quien rompió el protocolo y en protesta decidió no enviar como cabeza de delegación a ningún miembro de la familia presidencial o vicepresidencial, y en su lugar nombró a tres campeones olímpicos, uno de ellos salido recientemente del clóset. Está por verse si en otras delegaciones de países en donde también se ha avanzado sustancialmente en la reivindicación de los derechos de los homosexuales, se toma la misma decisión. Putin desea capitalizar Sochi para salvar cara ante sus excesos internos y externos, y ésta puede ser su última oportunidad. Y no es para menos. Además de las dificultades reseñadas, Rusia pasa por un pésimo momento económico y no crecerá más de 2% en 2014. Su política exterior ofrece poco y es más bien regresiva. Su papel como potencia y miembro de los BRICS se ve empañado por los excesos autocráticos de Putin y de una sociedad política cuasi absolutista que sigue sin estar a la altura de los cambios globales y de la creciente demanda social. Tanto un golpe terrorista, pero aun más, la protesta de propios y extraños ante la represión interna, serían vistos como signos de debilidad y un detonador del final político del ex agente de la KGB.

                *Investigador y profesor  visitante
                en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

 

martes, 28 de enero de 2014

TLCAN: ¿dentro o fuera del mundo?

Publicado en Excelsior 26/01/2014

José Luis Valdés Ugalde

Para mi hija Julia en su cumpleaños

Cuando inició el TLCAN, en enero de 1994, el México salinista era un país en la encrucijada: modernización con desarrollo, profundización democrática, o más de lo mismo. El laberinto mexicano se componía de complejas variables que afectaban a un sistema de gobernanza más viciado y vicioso que el de hoy; al tiempo que padecíamos del vigente y primitivo miedo al mundo que caracteriza al país ombliguista que somos. Habitábamos un mundo en transformación debido a los intensos flujos y reflujos de la globalización. La aldea global quedaba circunscrita a una dinámica intensa en la que la actividad comercial se inscribía como uno de los elementos centrales del proceso de integración iniciado en 1986. Neoglobalización, apertura comercial y reforma económica eran componentes de un movimiento que impactó las políticas exteriores y que tomó lugar en forma novedosa y precisa a partir de 1989, al fin a la Guerra Fría, redefiniéndose así nuevos arreglos mundiales. Se trataba de elementos de un momento desde el cual los estados se revisualizan a sí mismos y se vinculan con el mundo que los rodea a partir de una nueva perspectiva que los lleva a enfrentar variados retos paradigmáticos. La caída del muro de Berlín y sus secuelas, no obstante, nos obligaban a cumplir con un imponderable categórico (Kant), que en palabras de Paul Veyne, nos llevaría a consentir “que el reconocimiento de la existencia de otras naciones como sujetos de la ley internacional no es evidente en sí mismo”. ¿Lo entendimos?

Desde los ochenta, surge un nuevo concepto que domina la vida de las naciones y que impacta decisiones de los hacedores de política: la liberalización. La política de industrialización orientada hacia las exportaciones (IOE), la desregulación y la liberalización del mercado se identificaban como nuevos imperativos de los países en vías de desarrollo para reestructurar su sistema productivo y poder así “subirse al tren” de la globalización. En esto mucho tuvo que ver la experiencia exitosa de los tigres del Sudeste Asiático, que con base en su notable avance en la industria de la microelectrónica, se volvieron el ejemplo a seguir, toda vez que esto apuntaló su crecimiento y éxito comercial sin precedentes. Así, desde 1994, México “le entró al mundo”, aunque su instalación se circunscribió a su zona geopolítica natural, Norteamérica. Para 2012, el comercio de EU y Canadá con México se incrementaba en 506%. La exportación mexicana floreció: de representar 60 mil millones en 1994, en 2013 se elevaba a 400 mil millones de dólares. México se volvió gran fábrica manufacturera, que maquiló para el exterior, con un lastimoso contenido externo de más de 80%. El empleo creció en el orden de 1 millón por año y la integración apuntaló una cierta apertura política, no exenta de múltiples contradicciones que aún cuestionan la eficacia de la gobernanza estatal. También reforzó el crecimiento de la clase media. Los indicadores macroeconómicos y macropolíticos resultantes de la liberalización ofrecen buen balance, no así los microeconómicos, como crecimiento y distribución del ingreso. El Estado fracasó al no aplicar en lo interno medidas previsoras del desastre social que padecemos, que afecta el bienestar social. Si bien, sacudida por la crisis de 2008, la economía no ha crecido por encima de 2%. Y lo más preocupante: según informes del BM, la pobreza afectó en 2013 a 52% de la población, ¡similar al 53% de 1992! Según estos indicadores, la calidad y el acceso a los servicios sociales, como educación y salud, son deplorables (en salud, bajamos de 40% a 31%).

Hay indicios de que México se animó a superar sus traumas insulares, aunque sigue sin verse cómo es que queremos y podremos tener un desarrollo sustentable y a la vez una política exterior robusta, que nos reposicione en el globo. Lo más delicado seguirá siendo el abandono interno. La desigualdad y la violencia combinadas, funcionalmente vinculantes, podrían convertir “el éxito” mexicano en su opuesto: un riesgo de inestabilidad regional, que implique la desconfianza habitual en un sistema históricamente incapaz de pasar su examen de grado y por tanto en “un sujeto de ley” anómalo.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

miércoles, 15 de enero de 2014

JFK: ¿muerto?

José Luis Valdés Ugalde 12/01/2014, Publicado en Excélsior 

 Para mi hijo Martín en su cumpleaños

En 2013 se celebró el 50 aniversario por el asesinato de John F. Kennedy en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963; las heridas y sobre todo las preguntas siguen abiertas y vigentes en EU. Su memoria sigue viva y se mantiene como un presidente muy popular, por encima de Reagan y de Roosevelt. La literatura sobre el magnicidio, trascendente momento en la vida política de los estadunidenses, ha llegado a reunir 40 mil libros que enfocan desde varios ángulos el primer magnicidio de la modernidad estadunidense que sembró más discordia de la que ya invadía la vida política del EU de los sesenta. La crisis política se recrudeció en 1968 con los asesinatos del líder por los derechos humanos, Martin Luther King Jr. (abril) y, posteriormente, del hermano del ex presidente, Robert (Bob) Kennedy, en junio, precisamente después de haber ganado las primarias demócratas en California que lo proyectaban como un serio contendiente para ganar la Presidencia. Tiempos crudos que no han sido olvidados y que se ponen de manifiesto de nueva cuenta en el marco de la confrontación ideológico-político, del ascenso de la intolerancia de extrema derecha, la misma que pudo haber estado detrás de estos tres magnicidios, de la violencia armada que EU vive al interior de su país y de la crítica y feroz guerra antiterrorista que Washington ha declarado a Al Qaeda y al extremismo islámico y que tanto desmán local e internacional ha causado.
Es probable que el sueño de los Kennedy y del reverendo King se haya cumplido con el ascenso de Obama a la Presidencia en 2008. Pero está visto que un presidente afroestadunidense, por el simple hecho de serlo y, en este caso, de también representar los intereses más sentidos de las comunidades desposeídas de EU, no puede lograr solo la transformación social que estas notables figuras tenían en mente y que en teoría representaba un salto significativo hacia la transformación socio- política estadunidense. Incluso hacia niveles de modernidad que podrían haber sido factores preventivos de las crisis sufridas en los setenta, ochenta y noventa, y más precariamente en este siglo. La actualidad de un crimen como éste, que es en sí mismo un hecho político, es enorme. No sólo por la copiosa literatura producida, sino principalmente por dos razones. Persiste la postura, en 77% de los estadunidenses, de que la teoría del asesino solitario encarnado por Lee Harvey Oswald y respaldada por la Comisión Warren, encargada de investigar el magnicidio, es falsa. La razón es que encubre la verdadera trama, que para los analistas de la conspiración incluye a la mafia, los anticastristas cubanos, la CIA y, más grave aún, al vicepresidente Lyndon B. Johnson, quien en connivencia con J. Edgar Hoover, director del FBI, deciden matar a JFK toda vez que este planeaba poner fin a la Guerra Fría (incluido bajar la escalada en Vietnam) y, en consecuencia, desmantelar el establecimiento militar industrial, jugoso negocio y búnker de los halcones del Pentágono y de la CIA, de los que Kennedy nunca pudo deshacerse. El segundo elemento es que JFK tendría una agenda social para un segundo mandato, en mucho influida por el mucho mayor progresismo de su hermano Bob, que hubiera sentado bases profundas hacia una era post-Rooseveltiana. Johnson, quien asume como presidente, monta La Gran Sociedad, que en mucho retoma los varios asuntos en la agenda de los Kennedy, sobre todo aquellos referentes a los derechos de los afroestadunidenses y la implementación de una política social de gran calado que, en todo caso, tuvo gran importancia. Obama es el heredero natural, 50 años después, de los grandes temas de los sesenta que tenían sumido a EU en un semi apartheid, motivo de vergüenza para propios y extraños. Las grandes propuestas de cambio en salud, educación, justicia social, así como sus planes de practicar una política exterior moderada, son un crisol en donde se está cocinando el nuevo proyecto de sociedad que le urge a EU. Aún así y a pesar de ser la nación de más reciente aparición de la modernidad capitalista, las resistencias del extremismo de derecha, al más puro estilo subdesarrollado, hacen difícil pensar que esta transformación pendiente que hereda JFK se pueda realizar pronto.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
                Twitter: @JLValdesUgalde

jueves, 26 de diciembre de 2013

Mandela nunca lloró

La muerte de Nelson Mandela me deja con un gran vacío. También con una doble melancolía: la de haber perdido a un prohombre de la política y la de ser consciente de la gran falta que padecemos, en el mundo de hoy, de liderazgos de la grandeza del de Mandela. En estos tiempos de política de vacas flacas y de liderazgos de Estado decadentes en prácticamente todo el mundo, la política se queda en un estado de orfandad. Con la muerte de Mandela se nos fue uno de los íconos de nuestro tiempo. La grandeza de Mandela está a la altura de Gandhi y de Martin Luther King, quienes en su momento lograron sentar las bases, aún a costa de sus vidas, para lograr la transformación de un mundo en el que un sistema opresivo le impedía a una gran parte de hombres y mujeres a ser plenamente libres y soberanos como ciudadanos y como individuos. El liderazgo que pudo ejercer Mandela al salir de la cárcel en febrero de 1990 y posteriormente en 1994 cuando los sudafricanos lo eligen Presidente fue de fundamental importancia para impulsar la democracia y el desarrollo económico en Sudáfrica. Su conducción como estadista estuvo llena de sabiduría. Su primera acción después de más de 27 años en la prisión de Robben Island, situada en las costas de Ciudad del Cabo, fue el llamado a la reconciliación y la pacificación de su país que fue su triunfo político y humano más fundamental, y su reivindicación o dulce venganza frente al apartheid, que lo condenó a la peor de las humillaciones que un luchador por la justicia puede sufrir. En mayo de 1994, cuando inicia la transformación democrática sudafricana, al tiempo de jurar como el primer Presidente negro de su país (en el que la minoría ha sido siempre blanca), Mandela nombra como su vicepresidente al ex presidente Frederik de Klerk, su liberador y líder moderado del Partido Nacional y del apartheid, que para entonces ya estaba de capa caída.

En su autobiografía, Long Walk to Freedom, Madiba (que significa el hacedor de problemas) como le nombró su padre, relata que tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre muchos y diversos temas, entre ellos el odio a sus opresores. También cuenta que al salir de prisión se vio a sí mismo como un hombre maduro y cambiado. En consecuencia decidió abandonar los ímpetus revolucionarios que caracterizaron su acción semiclandestina antes de caer en prisión. Atraídos por su enorme carisma, tanto sus seguidores como sus enemigos, los racistas blancos, cedieron y aceptaron que su llamado al abandono de la lucha armada, por cierto, muy mal recibido por los sectores radicales del Congreso Nacional Africano (ANC por sus siglas en inglés) y al inicio del proceso de reconciliación, eran la única salida para Sudáfrica que entonces estaba en la mira del mundo entero, incluida la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, quien fue fundamental para obtener su libertad. Mandela pensaba que la única manera de ser realmente libre estaba en conservar intactos su cabeza y corazón. Por lo tanto, perdonar significaba tanto un acto de inteligencia como de amor y humildad; el acto de liberación de sus antiguos captores más importante, que le daría finalmente toda la libertad y dignidad de la que lo habían desposeído por tantos años. Y no estuvo equivocado si observamos que esto le permitió a los sudafricanos avanzar en su desarrollo político y económico. Por más que ahora el presidente Jacob Zuma haya dejado caer tanto el PIB como las instituciones políticas en el peor de sus retrasos y corruptelas, Mandela no fue el responsable. Él quien se retiró dignamente del poder en 1999, pudiendo haberse perpetuado en el poder, tradición muy arraigada en África y América Latina. Y posteriormente se concentró en luchas por los derechos humanos y para erradicar el VIH, enfermedad de la que muriera Makgatho, su único hijo vivo. Mandela fue liberado para fortuna del mundo y se abocó a continuar con su trabajo interrumpido, sin quejas ni llantos. Lo hizo con grandeza, talento, imaginación y nobleza, y este es un hecho de la política raro en nuestro tiempo que es digno de celebrarse. ¡Felices fiestas a nuestros lectores de Excelsior!

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Irán y la geopolítica inteligente


Con felicitaciones a
Juan Ramón de la Fuente,
amigo muy estimable

En diversas contribuciones he sostenido que la única forma en que EU verá alguna posibilidad de sobrepasar la crisis de poder que confronta en el mundo multipolar de hoy, es moverse hacia alianzas y acuerdos con aquellos actores que más amenazan esta legitimidad. Este es también el propósito de los principales aliados estadunidenses, e incluso de los que lo confrontan en el concierto global, como China. Tanto los aliados de EU como los que se le oponen, no pueden negar que aún no es tiempo de declarar esta como la era "pos-testadunidense", como lo ha sugerido Zakaria. Mientras ocurre lo peor para EU (su declive), todo mundo sabe que no está aún en la fase terminal de su ejercicio, hoy semi-hegemónico, de poderío internacional. En consecuencia, sigue siendo el momento de seguir jugando con base en las reglas que Washington ha dispuesto a fin de mantenerse a cargo de los eventos centrales que ocurren en el sistema internacional.


            Todo lo anterior lo parece demostrar el acuerdo nuclear, acotado a seis meses, alcanzado con Irán en las negociaciones de Ginebra el 24 de noviembre  y al respecto del cual, sólo Israel se mantiene en contra. El llamado Grupo P5+1, compuesto por EU, Gran Bretaña, Francia, China, Rusia y Alemania, coincidieron en la necesidad de llegar a una solución diplomática sobre un asunto delicado que podría amenazar la paz en la región, todo lo cual apoya incluso Arabia Saudita muy a pesar de su desconfianza y sus recelos acerca de la inmersión de un Irán fuerte en la escena regional. Es decir, ante una crisis a la seguridad y paz regionales, después de muchos años de sanciones contra Teherán, se actúa con los instrumentos de la diplomacia internacional y se descoloca a los halcones en Washington que continúan empecinados en seguir los rumbos de la intransigencia de Netanyahu, quien ha descalificado el acuerdo, como un "error histórico" y ya ha enviado una delegación de alto nivel a EU para contrarrestarlo.

            Este acuerdo abre una ventana de oportunidad, que pone a todas las partes bajo observación con miras a su ratificación en el largo plazo, toda vez que las mismas respondan con resultados al compromiso asumido. El acuerdo obliga a Irán a congelar partes de su programa nuclear y a reducir operaciones en otras facetas del mismo. De acuerdo al boletín de científicos atómicos, esto implica que podrá conservar "los centrífugadores en uso, pero no puede instalar ninguno nuevo que no lo esté". Esto significa que no podrá enriquecer su combustible nuclear "por encima del 5% del uranio 235, que es el nivel generalmente aceptable en el mercado de las plantas de energía nuclear". En correspondencia los miembros del P5+1 convinieron en levantar parcialmente las sanciones económicas a Irán, lo cual equivale a darle un respiro de 7 billones de dólares y de pasada terminar con su aislamiento internacional que le ha generado altos costos en todos los frentes, incluido el interno. De acuerdo a George Perkovich, Director del Programa de Política Nuclear del Carnegie Endowment for International Peace, Teherán logra, además, un triunfo político que le permite salvar cara afuera y adentro de Irán; le resuelve además, "una necesidad  político-psicológica"; y de pasada le dice al mundo que estuvo y está en capacidad de enriquecer uranio, pero también de acordar pacíficamente los términos para auto-contenerse y asumir el compromiso de no producir la bomba. Al menos estos son los términos en que lo plantean en su intercambio epistolar, el presidente Rouhani y el líder supremo iraní, Ayatollah Khamenei. De acuerdo al primero, "los derechos nucleares del pueblo iraní fueron reconocidos por las potencias, así como la inutilidad de las sanciones, todo lo cual impulsará la paz, el progreso global y el principio de ganar ganar'". Esta misiva es respondida por la felicitación de Khamenei: "este logro puede ser la base de futuras medidas inteligentes". Si Obama requería de algo que lo sacara del agujero de credibilidad en que se encuentra, Teherán ha aceptado dárselo y en esta medida, ofrecerle a su estrategia de política inteligente una invaluable nueva oportunidad.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Espionaje, impotencia y conveniencia


El affaire Snowden y antes las filtraciones de WikyLeaks han confirmado que cuando de balance de poder global se trata nadie se mueve en falso si no, no sale en la foto. Y esto incluye a todos aquellos, aliados o no, que tienen que ver con el actor central en quien se depositan las mayores responsabilidades de las filtraciones de marras: Estados Unidos. Y todo esto ocurre a pesar del proceso de declive que Washington confronta en las relaciones internacionales, que se ha agudizado desde el 11 de septiembre de 2001 y la consecuente legislación antiterrorista impuesta en todo el mundo por EU y sus aliados

            Lo que sabemos hasta ahora desde que Julian Assange filtrara los documentos sobre Afganistán e Irak que le entregó el cabo Manning, es que EU espió a todos. Es más, sabemos que también tiene un programa de espionaje llamado el club de los "cinco ojos" en donde se agrupa el equipo "anglo", a saber, Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Nueva Zelanda y Australia. O sea, Washington armó un dream team de espionaje que abarca nada menos que a América, Europa y Oceanía;  y de aquí a Asia, y particularmente a China, sólo hay un paso. La privacidad del mundo entero, sociedades y gobiernos, quedó más que nunca a la deriva y expuesta a la voluntad, no sólo de Washington, sino también de aquellos, que desde los tiempos de la Guerra Fría, se las ingeniaron para apuntalar su tecnología y recursos para obtener información de inteligencia. Los frentes ya no son sólo los militares, sino también los económicos, políticos y tecnológicos. Es decir, se trata de todo el espectro social, político y económico que incumbe a la estrategia de los estados en la esfera global. Desde la segunda posguerra y especialmente en los duros tiempos de la Guerra Fría la colaboración con EU fue total, sobre todo desde el sector alemán controlado por Washington, Londres y Paris y en alianza estrecha con Bonn. La instalación de bases, túneles, radares y toda la parafernalia de argucias pensables para espiar a los alemanes del este y su aliado soviético fue vasta, e incluso, tema de grandes novelas sobre el Berlín de entonces, como The Innocent de Ian Mc.Ewan. Desde entonces nace una relación de parte de los aliados con EU de amor y odio y desde luego de conveniencia mutua. Quizás con la única excepción del Reino Unido, franceses y alemanes por igual, miraban con reserva y tolerancia a su aliado estadunidense. Lo dejaban hacer pero también lo despreciaban y cuestionaban, a veces abiertamente.

            Hoy las cosas son diferentes. Existen cámaras de observación en el espacio, en las carreteras, calles, comercios y localidades de toda ciudad que se precie. Al grado de que ya existen leyes en contra de las fotografías en vías de circulación, como en Austria que pena con diez mil euros a los conductores que lo hagan. No obstante, nadie escapa al hecho de que el espionaje se realiza en nombre de la seguridad global, tal y como lo sostiene EU y los hoy aliados observados. En Europa y en particular, en Alemania, la señora Merkel no dejará de protestar por el espionaje en su contra. Es lo que su clientela quiere y la apoyará incluso si baja la guardia, que es lo que ocurrirá. Su dilema radica en que si "castiga" a Washington, por ejemplo suspendiendo pláticas sobre el área transatlántica libre de impuestos, castigará a toda Europa y a la misma Alemania con altos costos en desempleo y prosperidad; si cuestiona la preeminencia militar de EU expondrá a Berlín, dada su reticencia a liderar militar o políticamente la región, lo cual Putin, anfitrión de Snowden, estaría esperando con brazos abiertos a fin de capitalizar una potencial división entre Europa (y de esta, Alemania, como su rotor central) y Washington. O sea, ni Merkel ni los franceses (que ya bajaron el tono), u otro aliado europeo importante de EU, hará movimiento alguno, salvo quizás negociar la discreción y elegancia que Washington ha sido incapaz de mostrar en su afán por inmiscuirse en la vida de los demás, y cuyo principal propósito es el de recuperar el control perdido en los asuntos globales. Ni la separación ni el divorcio con EU están en el panorama de opciones de nadie por este motivo. Así es la vida en este mundo plagado de adversidades.