lunes, 22 de agosto de 2016

La oportunidad



El daño sufrido por el sistema político estadunidense en los últimos ocho años ha sido severo
21 de agosto
En los últimos ocho años, desde que Obama se proclamó Presidente se ha desatado una batalla campal por el poder y que ha sido atizada más desde el fanatismo extremista de la derecha que por la razón política. La crisis terminal que sufre el Partido Republicano (PR) es una expresión de ello. Su polémico candidato lo es, también, sólo que de forma más grotesca. Si bien los demócratas no han sufrido una descomposición similar, sí vivieron durante las primarias un intenso proceso de renovación, en gran medida gracias a la aparición del senador socialista por Vermont, Bernie Sanders. Sin embargo, a pesar del radicalismo mostrado en su campaña, lejos de desmembrar al partido, lo unificó. Logró que Hillary Clinton incorporara a su programa de gobierno tres temas que pueden transformar a EU: medidas más estrictas frente a Wall Street, causante de la peor recesión de la era moderna, universidad gratuita para sectores importantes de jóvenes y aumento al salario mínimo, que podría incrementar a 15 dólares la hora. Finalmente, Sanders apoyó la candidatura de Clinton y se comprometió a trabajar por la derrota de Trump. Esto no pasó en el PR. Ted Cruz no sólo no apoyó a Trump: animó a sus seguidores a que “votaran a conciencia”; en pocas palabras, que no lo hicieran por él. En otra demostración de rebeldía frente a Trump, el gobernador del estado clave de Ohio, John Kasich, no asistió a la convención del PR realizada en Cleveland.
El equilibrio de poder partidista no sólo se ha perdido, también el PR ha perdido su centro político, aspecto que lo mantenía como un partido conservador moderado creíble. Por su lado, la equidad en el sistema de votación deja mucho que desear. Hay un buen número de estados gobernados por el PR que han impuesto medidas restrictivas para el ejercicio del voto entre población votante potencialmente demócrata, como los afroestadunidenses y los latinos (que se contuvo, gracias a un fallo de la SCJ). Por su parte, el Congreso sigue reproduciendo una relación jugosa pero peligrosa para la democracia estadunidense, entre intereses especiales y políticos en campaña y posteriormente congresistas. Es de hacer notar que la Asociación Nacional del Rifle compra con parsimoniosa regularidad a grupos importantes de congresistas a los cuales los soborna por la vía del pago de campañas y, posteriormente, les exige el voto en favor cuando de liberar indiscriminadamente la compra y uso de las armas de fuego se trate. O bien, les exige su oposición a cualquier medida (hoy muchas en apogeo después de los muy trágicos incidentes armados ocurridos en ese país) sugerida por el Ejecutivo federal y otros actores políticos para contener la venta de armamento a personas con antecedentes penales, con enfermedades mentales o en la lista de alto riesgo del FBI y otras agencias de seguridad. Éste es sólo uno de los muchos focos rojos que atentan contra el espíritu democrático esencial del legislativo estadunidense.
Todo lo anterior muestra hasta qué grado el sistema electoral y político de EU confronta una crisis de legitimidad sistémica. Y nos lleva a pensar que nuestros vecinos confrontan un gran desafío que obligaría a implementar muy pronto una reforma político-electoral profunda. Ante el embate de Trump y los impulsos regresivos que su candidatura representa para todos, se antoja pensar y desear que su derrota ante Clinton represente una oportunidad para que el sistema político se regenere. De hecho, el momento estadunidense es tan crítico (y la disidencia republicana que se ha inclinado por apoyar a Clinton, así parece asumirlo) que será sólo Clinton con el apoyo de Sanders y de la clase política decente en su conjunto los que puedan reformar tanto el viciado sistema político como el modelo económico, que de distributivo no tiene nada, toda vez que el 1% de la población sigue detentando la mayoría de la riqueza estadunidense. Se trata quizá de una oportunidad histórica única (gracias en gran medida a que el trumpismo apareció en el firmamento político) para recuperar los valores esenciales de la democracia liberal de EU y de paso sanear a fondo su actuación frente a los muy complejos y variados peligros que afronta el sistema internacional. Paradójico pero cierto: al establishment sólo lo salva el establishment.

lunes, 8 de agosto de 2016

Trump, Putin y la guerra híbrida

Donald Trump ha tenido recientemente una serie de reveses que le pueden costar la presidencia. Finalmente, la pesadilla que se presagiaba se ha hecho realidad: así como un par de escorpiones no sobrevive en un combate a muerte, Trump, en su freudiano embate contra Trump, está a punto de fulminar a ambos. Lo peor, este embate puede llevar al Grand Old Party (GOP o Partido Republicano) a su peor crisis desde la era de Barry Goldwater. Ahora sí, Trump pisó terreno minado y le tocó los pies al mismo demonio.
 
07 de Agosto de 2016

Primero, invoca a la Rusia de Putin a entrometerse en asuntos internos de EU, al encomendar obsequiosamente a Moscú que espíe las cuentas de Hillary Clinton y, de pasada, por qué no, las del Partido Demócrata (cosa que ya atribuyó el FBI al Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa, sustituto de la no tan bien ponderada KGB). Después de esto, se aventó un cuerpo a cuerpo con el señor Khizr Khan y su esposa Ghazala, padres de un soldado estadunidense-musulmán muerto en Iraq en 2004. Los Khan acusaron a Trump de no tener alma y de ignorante e islamofóbico: Trump cayó en su propia trampa. Su islamofobia lo condujo a un sendero de no retorno: cuestionar la legitimidad de un héroe de guerra estadunidense por su origen musulmán. Y de pasada atacar a una “familia dorada”, como se llaman las familias de los caídos en el frente de guerra.
Ya antes, Trump arrastraba un déficit: la crisis provocada con sectores de mexicanos, de mujeres, de discapacitados, de periodistas, de afroestadunidenses (empezando por Obama) y demás sectores de la población que han sido víctimas de su visión torva de las diferencias étnico-sociales, y de su racismo conspicuo, no se diga lo que implica su negativa a presentar sus cuentas ante el fisco estadunidense. El remate: en un acto de soberbia, “retira” su apoyo para la reelección a Paul Ryan y a John McCain, personajes claves del GOP, a los que según reportes recientes ya decidió apoyar, contradiciendo su postura de hace días. No está de menos agregar a esta lista de agravios, que ya parecen ser generalizados entre los estadunidenses, su manifiesta simpatía con personajes autoritarios de la política mundial, como Kim Jong-un, déspota en Corea del Norte, Saddam Hussein o Vladimir Putin, cabeza del autoritarismo ruso con quien simpatiza profundamente. O sea, Trump contra todo y todos los que se dejen. Pero lo más grave aparece en el rubro de la compleja y bifásica relación entre política interna y externa. ¿Habrá sabido Trump, o se habrá dejado informar por sus asesores, de lo que es la “guerra híbrida”, que Moscú ha inteligido para desestabilizar a enemigos políticos globales que le estorban a Putin, a fin de hacer avanzar los impulsos narciso-soviético-zaristas que lo tienen obsesionado? Es probable que el otro narcisista del momento, Trump, ni siquiera esté al tanto de este y otros fenómenos que se están produciendo en el teatro global; he ahí el grave riesgo que los estadunidenses ya detectaron. Ucrania y antes Kazajistán, e incluso Polonia, son ejemplos de esta idea de contención, e incluso de ofensiva militar disfrazada que Putin ha concebido para dinamitar el balance de poder global y que consiste en provocar instintos autodestructivos internos a partir de las contradicciones internas. Se trata de una idea no propia, y que sólo Trump, como visible líder occidental (que no cabeza de playa), ha asumido como propia, al plantear, entre otras perlas, abandonar a la OTAN a su suerte, frente a la Rusia putinista omnipotente que hoy pretende ser vanguardia del cambio global.
Cada vez queda más claro que cuando Trump habla como antipolítico, más polémicamente político se vuelve su discurso con todas las consecuencias que esto le está provocando. No se diga la muy posible y afortunada factibilidad de que ni él ni nadie como él pueda convertirse alguna vez en presidente estadunidense.

lunes, 25 de julio de 2016

Trump y el estado de excepción

“Soy el candidato de la ley y el orden”, declaró Donald Trump en su discurso de aceptación como candidato presidencial el pasado jueves al finalizar la convención republicana en Cleveland, Ohio, estado que gobierna su excontendiente John Kasich y notable ausente en el evento.

24 de Julio de 2016

Impresiona el desenlace de la convención. Impresiona más que en su discurso Trump homologue la era del EU de Obama como la de un régimen de excepción, de carácter tiránico y en el seno del cual se habrían violentado las garantías individuales y la norma constitucional. Este desmedido tono del discurso trumpista se equipara a la oferta de regreso a la reconstrucción constitucional del Estado después del dominio de una tiranía, a la Duvalier, Somoza o Pinochet. ¿Qué se pretende? ¿Infundir el miedo apocalíptico y la paranoia conspiracionista ante la muy factible posibilidad de una continuidad de la era de Barack Obama con la elección de la fórmula Clinton-Kaine?

Trump tomó ya como rehén al Partido Republicano (PR) y de pasada a un todavía incuantificable sector de votantes, y se propone vender una idea de nación, en la que la ley del revolver sea la que solucione los destinos de la comarca estadunidense primero y la comarca mundial, después. Es desoladora, principalmente para sectores de conservadores republicanos serios, la orfandad argumental y la crítica soledad a la que se está sometiendo a un partido de por sí fragmentado por la estulticia y la soberbia tozudez de Trump, y el poco profesional equipo cercano que lo rodea y que ya causó la primera pifia en la forma del plagio de Melania Trump contra Michelle Obama —ya reconocido por Meredith McIver, redactora de discursos de la organización Trump, no del PR!—. ¿Éste será el tono que se imponga en la campaña del trumpismo? Si es así, ¿será un tono que le garantice, ya no el triunfo, sino la aceptación mayoritaria de los 250 millones de electores que componen el padrón electoral?

En todo caso, hemos presenciado con sorpresa una convención republicana con tonos muy negativos, entre los que dominó un discurso de odio, divisivo, prepotente, codicioso y muy poco propositivo sobre los grandes pendientes estadunidenses, y en el que dominó un espíritu revanchista y peligrosamente tiránico. Son tonos que, por cierto, dan continuidad al tono que le imprimió Trump a sus discursos de precampaña, todos ellos venenosos, llenos de encono y discordia. Resulta una contradicción en términos la propuesta de unidad nacional que pregonaron hacia el final de la convención. ¿Se puede unificar a una sociedad cuando al tiempo se le divide y ataca? No, de acuerdo a la experiencia histórica. Hasta Hitler fue capaz de unificar al pueblo alemán, aunque ciertamente alrededor de la gran mentira supremacista que le costó a Alemania y al mundo el sufrimiento más doloroso de la era moderna. Si bien es cierto que escribir y pronunciar un discurso de aceptación tiene su grado de complejidad. Complejidad superable cuando se cuenta con los talentos y la debida asesoría. Ninguno de estos parece haber estado del lado de Trump, quien da la idea de haberse vuelto a encargar de redactarlo él solo. Y ahí estuvo lo malo. Según Jason Easily (Politicus USA, 21 de julio), el discurso fue uno sin estructura narrativa. Su relación de hechos fue caótica y repetitiva, por ejemplo, regresó arbitrariamente a temas como migración, que ya había tocado al principio. Nunca propuso un plan para ejecutar sus propuestas. Incoherente y difícil de seguir, lo que demostró que lo suyo no es ni la política ni el pensamiento lúcido. Por otro lado, fue un discurso a base de una gritonería propia de un lunático. La ecuanimidad en el tono brilló por su ausencia. Trump parece no poder hablar como un ser humano normal, sobre todo frente al teleprompter, lo cual aborta el objetivo que es transmitir el mensaje con eficiencia. ¿Trump enemigo de Trump? Y por si no fuera suficiente fue un discurso abrumadoramente largo. En suma, vimos a un candidato con nada que decir, quien se tomó demasiado tiempo en decirlo.

El precedente más grave ha sido que con la violenta estrategia narrativa desplegada se volvió a patear el avispero de los primates políticos que ha resucitado Trump, quienes, cual rupestres caníbales políticos, organizaron una quema de brujas vergonzosa contra Clinton. La irresponsabilidad es palpable y puede significar el principio del fin de su quimera presidencial.

lunes, 11 de julio de 2016

Nuestra decadencia y el ejemplo alemán



Para poder entender lo que pasa en México y, más en específico, en la capital del país, quizá haya que recomenzar la historia nacional.

 10 de Julio de 2016

Y para resolver las onerosas crisis que nos supone entrar al territorio del progreso, entonces quizá habría que cuestionar el viaje hacia el futuro al que el gobierno pretende encaminarse demagógicamente y a ciegas. Tenemos una Reforma Educativa que ahora ¡se negocia! por la manifiesta debilidad del Estado ante su Frankenstein magisterial y por las aspiraciones políticas de diversos actores políticos, fundamentalmente dos: Osorio y Nuño. De nuevo, uno tras otro, los proyectos específicos enmarcados en el plan de desarrollo, a expensas de la profunda deficiencia sistémica del aparato estatal. En el marco de la realidad educativa, el modelo de la educación básica e intermedia es un fracaso histórico imperdonable del Estado mexicano.

Es, incluso, una traición estratégica, toda vez que las deficiencias estructurales del modelo han generado un retardo transgeneracional de enormes proporciones en los egresados, decadencia política y un impacto muy negativo en la sostenibilidad del reemplazamiento de cuadros nuevos, frescos y bien preparados para conducir los destinos futuros del conjunto del país. O sea, una falla geológica de la estructura que ha abandonado a su suerte el desarrollo nacional al abandonar a la mayoría de los educandos del sistema primario. La SEP produce con nuestro subsidio fuerza de trabajo mediocre y explotable, no una preparada para la productividad estratégica que una gran visión de Estado debería de buscar. Se trata de una población de mexicanos condenada al estancamiento en su carrera a la educación terciaria, a la subordinación en el mercado de servicios mayoritariamente, en el que se acaban refugiando (en el mejor de los escenarios), pero no siempre con el potencial de mejorar sus estándares de calidad y su ímpetu emprendedor. Son una mayoría que deviene en minoría marginalizada. Aunque en teoría somos un país de 13 años de escolaridad, somos también uno con una ciudadanía sin contenido educativo duro. Para rematar y como desprendimiento del autoritarismo impune histórico, público y privado, que domina la vida diaria, padecemos una ciudadanía que tiene cada vez menos sustancia cívica. Las banquetas, las calles, la lucha por el espacio urbano, los hábitos de limpieza callejera (en la Ciudad de México los botes de basura no existen y uno tiene que cargar con la basura en los bolsillos) son, al menos en la gran CDMX, muestra fehaciente de nuestra decadencia como sociedad civil. No se diga de la existencia de una autoridad pública rupestre, que desde la patrulla policiaca, el mostrador de la delegación y el juzgado, muestra perversamente su frustración disfrutando la humillación a que someten a la ciudadanía que se les acerca. Al menos en la calle brilla por su ausencia la autoridad policiaca que no se baja de sus flamantes patrullas, que han resultado ostentosas y más caras que las de Berlín, París o Londres. Y esto ocurre, a pesar de que la ciudad se pueda estar hundiendo en el caos vial y de inseguridad más desquiciante, tal y como el que sufrió el pasado viernes 1 de julio.

En este contexto, resulta notable, sin embargo, observar el compromiso por impulsar la educación superior y de posgrado por parte de instancias como Conacyt, a pesar de las resistencias del Estado a aportar el 1% como porcentaje del PIB para ciencia y tecnología, promesa incumplida desde Fox. Y resulta también notable que países como Alemania, en el marco del Año Dual que celebramos, sigan apostando por México. Alemania es el principal socio europeo de México. Y para México es el quinto en importancia. Sólo en 2015 el intercambio comercial fue de más de 17 billones de dólares. Alemania es el cuarto país de destino de nuestros talentos emigrados, después de EU, Francia y Canadá; 33% de estudiantes mexicanos en Alemania estudia ingenierías y ciencia y alrededor del 9% de alemanes en México se concentra en ciencias sociales. Somos deficitarios en comercio, pero no en intercambio educativo; lo primero puede cambiar si en lo segundo nos emparejamos. Alemania ya vio en México un gran potencial a pesar de su decadencia. ¿Podrá México verlo así? O concluiremos nuestro romance alemán con una adaptación de nuestra histórica máxima: “pobre México, tan cerca de sí mismo y tan lejos de Alemania”.

lunes, 27 de junio de 2016

Dios salve al Reino Unido


Los británicos, pero en su mayoría los ingleses y galeses (Escocia e Irlanda del Norte votaron en más de un 60% a favor de quedarse y Londres, metrópoli cosmopolita, también) le han dado un golpe potencial y latente, con su voto en contra de permanecer como miembro de la Unión Europea (UE), a la economía global. Al tiempo, se han dado un duro golpe a sí mismos.

26 de Junio de 2016

Estoy en contra de un mayor grado de integración,
pero nunca apearé a Gran Bretaña del tren europeo.

Margaret Thatcher, exprimera ministra.

De haber sido una nación de aventuras y conquistas (la pérfida Albión), vemos a un país en retirada, una nación isleña cada vez más y más pequeña. Lo verdaderamente duro está por venir. Por un lado, cuando la UE y Gran Bretaña (GB) negocien el “divorcio exprés” que ya demanda Bruselas y, paralelamente, cuando la nueva nación “independiente” (palabras del populista exalcalde de Londres y potencial candidato de la extrema derecha a primer ministro Boris Johnson) quiera reinsertarse al mundo de la geoeconomía y geopolítica mundiales.

El impacto exterior en su entorno de interés nacional inmediato vendrá cuando Escocia e Irlanda del Norte decidan emprender la retirada y separarse del Reino Unido (RU) y optar por pertenecer, ellos sí, a la UE. La primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, ya amenazó con iniciar un segundo referéndum para independizarse del RU. Lo que Der Spiegel (junio 24, 2016) ha denominado como una automutilación, más instintiva que racional, ha iniciado su desquiciada carrera el mismo día en que el populismo xenofóbico del político racista y líder del Partido Independentista británico, Nigel Farage, y de Johnson (el futuro Trump tory), han anunciado como un triunfo histórico. La UE no se salva de la crítica por no haber tenido nunca un plan abarcador de integración y otro de gradual contención de las fuerzas centrífugas de los extremismos egocéntricos eurófobos de izquierda, pero principalmente de derechas, entre algunos de los 28, que bien podrían ver esto como su oportunidad para consagrar su fobia antieuropeísta y retirarse del club. No obstante esto, la irresponsabilidad histórica de los dos líderes británicos y socios es enorme, toda vez que condujeron su campaña por el “leave”, con marrullerías y mentiras, que iban desde anunciar el fin de la soberanía económica británica, a prevenir a los británicos (viejitos) acerca de la invasión de las hordas de migrantes que arrasarían con los restos inmaculados y legendarios de la pérfida Albión. Resulta que la segunda gran potencia europea optó exitosamente por someterse al odio y la nostalgia, gracias a un antiguo proceso de ósmosis cultural: se apeló a una narrativa de temor a los extranjeros como divisa del voto democrático. Triste y dramático, pues nos recuerda los lamentables tiempos del nazismo. Los que aprendimos de la sólida tradición intelectual británica, hoy nos consternamos por esta autodegradación, antitética, frente a su notable historia política.

No es menor la responsabilidad de David Cameron, el derrotado primer ministro, quien, como dice Felipe González, “incendió la casa para salvar los muebles y se quedó sin casa y sin muebles”. Se trata tristemente del político del que más mal recuerdo se tendrá en GB y en la UE por haber bajado a GB del “tren europeo” (Thatcher, más conservadora que él, pero pragmática, no lo intentó siquiera). Su estrategia fue fallida. En aras de proteger intereses personales y de partido, en 2015 ofreció a los británicos un referéndum que en forma soberbia creía poder ganar. Lo perdió y hundió a GB en una larga incertidumbre de la que seguramente saldrá fracturada. La monarquía y la mayoría de la clase política británica ya lo tendrían catalogado como su gran enemigo, pues además de las implicaciones ya mencionadas, éste también puede ser el fin de la legendaria monarquía.

Por último, el resultado: 51.9% contra el 48.9% perdedor muestra a una nación partida en dos pero, además, representa una bofetada a las nuevas generaciones. El 60% de jóvenes de entre 18 y 24 años votaron por quedarse, mientras los votantes de entre los 50 y 65 años votaron, entre 48% y 60%, por salir. La votación la definieron los mayores de 50 años, quienes condenaron a los jóvenes en sus 20 y 30 a un mañana sin futuro. La población a la que le quedan en promedio 20 años de vida ganó por sobre aquella a la que le quedan 50 años por vivir. Paradójico: los viejos, que no tienen por qué querer garantizar su futuro, les negaron el mismo a sus hijos y nietos de todos los territorios del reino.

lunes, 13 de junio de 2016

¿Y ahora, qué hacer con Trump? (III)



El Tea Party y la derecha irracional no acertó en su diagnóstico cuando alertó, por la vía de su testaferro y bufón, Glenn Beck, que “la quinta columna marxista” regresaba con el arribo de Obama al poder.

12 de Junio de 2016

EU sigue siendo el país capitalista de siempre, inserto en la democracia liberal que le ha dado rumbo por más de dos siglos; el peligro nunca existió. Es esa democracia liberal la que ahora está amenazada por Donald Trump, mejor conocido comoTrumpkenstein. Este subproducto de la descomposición política que sufre el sistema político y algunos de sus miembros es el segundo grave error que comete el Partido Republicano (PR), gracias a que se dejó controlar por ese partido dentro del partido que ha sido, desde 2008 el TP, un tumor intratable hasta ahora. El “candidato inevitable” se convierte ahora en el pescado en descomposición que agria el aroma de las cocinas republicanas. El mal aire que se empieza a respirar ahí nos da cuenta de lo complicada que la tendrán durante la contienda, toda vez que su candidato, autoritario, antipolítico, antisistema, antiliberal y, además, xenófobo, misógino y mitómano incorregible no quiere ni parece que querrá cambiar su narrativa de odio y resentimiento. Este discurso tuvo éxito durante las elecciones primarias y fue apoyado por once millones y medio de seguidores. No se ve probable que los más de 200 millones de votantes del padrón lo avalarán.

Muchos actores políticos, del PR incluidos, como Paul Ryan, John Kasich y Mitt Romney, se muestran preocupados por el extremismo y la inconsciencia de Trump. Creen con razón que Trump no tiene remedio: unos lo apoyan con reservas, otros lo desprecian. Después de todo sus cartas credenciales no lo ayudan. Después de sus dos divorcios, dicen sus biógrafos, Trump quedó resentido y elevó el tono de su retórica escatológica contra las mujeres, a las que ha llamado cerdas y perras. Este candidato, famoso por los innumerables romances, piensa que “en realidad no importa lo que digan de ti, mientras tengas a tu lado un joven y hermoso trasero”. Esto en lo que se refiere a las mujeres, que no es poca cosa en tiempos en que la defensa de la dignidad e integridad femeninas tienen una enorme vigencia, legitimidad y legalidad. A la comunidad islámica, que aspira a entrar a EU, Trump propone cancelarles el derecho universal que su país honró cuando sus propios ancestros alemanes y escoceses hicieron uso del mismo; no se diga la amenaza de eliminar a familiares de los islámicos sospechosos de atentar contra de la seguridad nacional. En los últimos días, el malquerido Trump ha sido acusado de racista por destacados cuadros del Partido Demócrata (PD), empezando por el Presidente. Esto ocurre después de que Trump declarara desde el resentimiento, que el juez federal Gonzalo Curiel, de origen mexicano, tenía un conflicto de intereses al acusarlo de fraude por los presuntos malos manejos que hiciera en la extinta Universidad Trump. Lo acusó de resentido por el hecho de que se propone seguir con la construcción del muro fronterizo. El ataque más feroz provino de la senadora por Massachusetts y probable compañera de fórmula de Clinton, Elizabeth Warren, quien además de racista lo calificó como una “vergüenza”.

Lo interesante del proceso político es que mientras los demócratas suben al irreductible Sanders al carro del triunfo de Clinton, los republicanos quieren bajar a Trump del bizarro autobús de la victoria que se construyó a sí mismo y fuera del control republicano. Se avizora una mayor insatisfacción de los responsables republicanos con los “patriotas en silla de ruedas” de su partido y con la candidatura de Trump, quienes ya asumen la imposibilidad de domarlo y hacerlo correrse a una posición más moderada con respecto de los temas mencionados y otros más. Lo cierto es que Trump se autobombardeó al perder la moderación en temas de alta sensibilidad. El PR está a un paso no sólo de no ganar la Casa Blanca, sino de fracturarse y de pasada dañar enormemente el conjunto del sistema político. Su irresponsabilidad es ya enorme y aparentemente ellos mismos están pensando (y, seguramente, así votarán) en que la única tabla de salvación para su partido y la estabilidad del conjunto del sistema sea el triunfo de Hillary Clinton, aunque esto suponga sacrificar el poder presidencial. De ese tamaño es la gravedad de la crisis que los republicanos dejaron crecer.

lunes, 30 de mayo de 2016

¿Y ahora qué hacer con Trump? (II)


Donald Trump ha culminado con éxito una etapa más de su cruzada por la candidatura presidencial del Partido Republicano (PR).

29 de Mayo de 2016

Aún no se sabe el grado de apoyo con el que contará entre una dirigencia partidista dividida todavía sobre la conveniencia o no de impulsarlo en sus aspiraciones. Lo cierto es que ya alcanzó la cifra mágica de mil 237 de los 2 mil 472 delegados que se requerían para lograr la nominación. Esto le da ventaja y margen de maniobra para negociar lo que se ve fatalmente como una inevitable candidatura. Toca el momento de observar qué tanto un buen número de electores estará dispuesto a perdonar las injurias contra las mujeres, los mexicanos y latinos, los musulmanes y otros grupos que Trump ha convertido en blancos con el fin de engatusar a votantes ignorantes y lograr de ellos su voto para alcanzar la nominación. Es de calcular que Trump tenderá a moderar su discurso y correrse hacia el centro político, a fin de convencer a los votantes moderados de dentro y fuera del PR. ¿Qué tanto le dará esto buenos resultados? Eso dependerá del futuro judicial y político de Hillary Clinton y del papel conciliatorio que Bernie Sanders esté dispuesto a tener en caso de no ser el nominado y de si moderará su retórica guerrerista contra Clinton y contra la dirigencia del Partido Demócrata (PD) con la que se ha ido confrontando gradualmente desde los incidentes violentos provocados por sus huestes en días pasados en Nevada.

Ha llegado la hora de discutir el futuro, con Trump como candidato presidencial en el marco de la elección nacional. Si bien el candidato mismo no es fascista, su campaña ha mostrado muchos parecidos con el movimiento de Hitler. El nacional-trumpismo ha irrumpido como nunca en la vida política nacional y afectado seriamente la mentalidad en ese país. Ni en sus peores tiempos, los del macartismo, la consciencia colectiva de EU se había confrontado consigo misma de tal forma. Nunca la derecha de ese país (desde los tiempos de Barry Goldwater, Richard Nixon y Ronald Reagan) había suscrito las peores manifestaciones del extremismo chovinista que tanto daño causó a Alemania y al mundo y que, seguramente, causará a EU si se elige a Trump. Malos tiempos para nuestros vecinos y socios, y muy malos también para la sociedad internacional, que ve hoy con una mezcla de asombro y repudio cómo algunos estadunidenses encumbran en lo más alto a un encantador de serpientes, que se ha valido de la misoginia, la mitomanía y un discurso racista, de odio y resentimiento, para posicionarse en la escena pública.

Según una encuesta mundial de avaaz.org, que analizamos en CNN el pasado viernes, el estado de ánimo de la sociedad internacional no es favorable a la elección de Trump como presidente. Se trata de una encuesta realizada en los seis países más cercanos a EU: Gran Bretaña, Francia, Alemania, Japón, Canadá y México. En todos, sin excepción y en un porcentaje que supera el 75%, se piensa que el mundo será un lugar más inseguro con Trump en la Casa Blanca. Respecto a la economía en los tres países europeos, el 70% piensa que ésta irá mal si Trump gana. Preguntados por las ideas de Trump, el 41% de los encuestados mexicanos respondió que “les revuelve el estómago” y el 75% piensa que las políticas de Trump aumentan la probabilidad de sufrir un atentado terrorista como el ocurrido en París (más del 50% piensa lo mismo en los países europeos mencionados). La gran mayoría (92%) de los encuestados mexicanos se opone a que ideas como las de Trump se conviertan en algo cada vez más común en su país. Ricken Patel, director general de Avaaz, afirma: “La mayoría del mundo está de acuerdo con la mayoría de los estadunidenses, Donald Trump es peligrosamente estúpido: un sueño para ISIS y una pesadilla para todos los demás. La gente se está uniendo en todo el mundo contra sus políticas de división, porque saben que la única forma de enfrentar desafíos como el terrorismo o el cambio climático es estando juntos”. La encuesta pone en evidencia que si se votara a nivel global por la presidencia de EU, Trump nunca llegaría al poder, caso opuesto al de Obama, muy popular globalmente en 2008. La cuestión estará en observar cómo votarán los más de 235 millones de votantes estadunidenses. Nada que ver, desde luego, con los más de once millones de votantes que lo han empujado a la nominación y convertido en el mayor peligro para la seguridad mundial.

lunes, 16 de mayo de 2016

¿Y ahora, qué hacer con Trump? I



Donald Trump negocia con la dirigencia republicana respaldo a su esperada entronización como candidato del Partido Republicano (PR). Paul Ryan, excompañero de fórmula de Mitt Romney en 2012, es hoy jefe de la mayoría republicana y presidente de la Cámara baja. Es, él mismo, un conspicuo representante del sector derechista del republicanismo que quiere negarle a Obama su derecho a legar, con sus reformas, valor agregado a la famélica democracia estadunidense.

15 de Mayo de 2016

También, es un necio opositor a aceptar que el calentamiento global es consecuencia de la mano del hombre. Sin embargo, a diferencia del enclenque Marco Rubio, quien humillado y vapuleado por Trump, salió de la contienda primaria después de perder Florida, su estado, pero que ahora lo respalda sin pudor, Ryan la está pensando dos veces antes de ofrecerle su importante apoyo al magnate e ilusionista político. Cosas de la política del hueso.

Si Trump sale airoso de su esfuerzo unionista, estará acercando al PR a la esperada unidad y a su probable triunfo. Éste, no obstante se ve complicado si atendemos a las cifras nacionales del desafecto por Trump. Según Político, 75% de mujeres, 66% de independientes, 80% de adultos jóvenes y 85% de hispanos, no lo quieren. A nivel nacional y considerando todos los subgrupos, el 65% de población ve a Trump no favorablemente. No se diga el alto porcentaje de afro estadunidenses y de población musulmana, agraviadas ambas sin parar por Trump, que votarían en su contra. Existe, según The Washington Post, otro dato adicional que desfavorece al señor Trump. Si Hillary Clinton, la favorita de los demócratas, ganara Florida, que cuenta con 29 votos electorales (según Político, Clinton le ganaría a Trump por 13 puntos) y además, ganara los 19 estados que han votado por los demócratas desde 1992, más Washington, D.C., ganarían al PR con 271 votos electorales. El PR la tiene complicada: con sus 13 estados duros ganados en las últimas seis elecciones, obtiene sólo 102 votos electorales; es decir, tiene que buscar 168 votos para llegar a la cifra mágica de 270, todo lo cual, le resultará más complicado que obtener los 29 votos que ofrece la Florida a los demócratas. Si esto no fuera suficiente, tenemos que al interior de los grupos del PR, Trump tiene una impopularidad que va del 51% al 56%; sólo entre los grupos blancos evangélicos protestantes, Trump es visto mal por el 41% de este sector. En fin, el propio Trump es su propio enemigo y así lo ven los moderados republicanos que tiemblan cada vez que despotrica contra las mujeres, los hispanos y demás sectores que con esto se ven rechazados y, seguramente, se alinearán con los demócratas.

Con respecto al Partido Demócrata (PD), se puede observar un escenario complejo y una cierta polarización entre Sanders y Clinton. Después de su triunfo en Virginia Occidental, la campaña de Sanders se fortaleció. Aun así, todo parece indicar que Clinton se perfila como la ganadora y esto lo comprobará en las elecciones que quedan de mayo (Oregon, Kentucky y Washington), pero sobre todo las que se avecinan en junio, principalmente en California, estado decisivo. Así como se perciben prospectos de ruptura en el PR, en el PD es visible un escenario similar, si Sanders y sus muchos seguidores decidieran apartarse, formar un Frente Amplio y no otorgarle su apoyo a Clinton. Esto sería el peor escenario político para EU, toda vez que le daría el triunfo a Trump quien podría llegar muy sólido y con un partido unido. En ambos casos, no obstante, se observa la existencia de una corriente al interior que combate el statu quo partidista y no sorprendería que esto provocara el fin del sistema bipartidista conocido hasta hoy, si es que emergiera una tercera fuerza proveniente de cualquiera de las dos fuerzas políticas. La moneda está en el aire. Lo cierto es que el sistema político estadunidense ha dado de sí y esto lo evidencia el hecho de que los extremos insatisfechos están atizando el fuego. En todo caso, lo que está a la vista es cómo la política local e internacional podrían ser condenadas al naufragio si un mercenario político como Trump, quien dice cinco o más cosas distintas sobre un mismo tema cada vez que expela una ocurrencia, pero que, sobre todo, fomenta el odio y el resentimiento entre su base social, fuera electo presidente del país más poderoso (y con él, mucho más peligroso) del planeta.

lunes, 2 de mayo de 2016

El pleito



El partido republicano (PR) está enfrascado en un profundo pleito nunca visto antes. Y no es para menos. El oportunismo de Donald Trump y el extremismo cínico de Ted Cruz tienen a ese partido en la antesala de la ruptura. La dirigencia del PR ha dejado sentir su desconcierto con la candidatura del primero y la factibilidad de que sea el con-tendiente oficial.

01 de Mayo de 2016

Se habla de que si Trump no logra los mil 237 delegados necesarios para ser nominado, se recurrirá a una convención abierta en la que podrían emerger otros posibles candidatos, no necesariamente de buena calidad política, pero sí, al menos, candidatos de consenso. Suenan nombres como el de Paul Ryan (presidente del Congreso y jefe de la mayoría republicana en la Cámara baja), John Kasich, gobernador de Ohio y contendiente muy rezagado en las primarias. Incluso, se habla de Mitt Romney, el fracasado contendiente republicano contra Obama en 2012. En este escenario, al parecer deseado por la mayoría de las bases y la dirigencia del PR, Trump quedaría marginado como aspirante. Por otro lado, si lograra imponer su mayoría, sus posibilidades de derrotar al Partido Demócrata (PD) son muy bajas, sea contra Hillary Clinton o contra Bernie Sanders: las encuestas nacionales lo sitúan por detrás de ambos por hasta 14 puntos de diferencia. Por otro lado, si la fórmula de la convención abierta en la que se le rechazaría como candidato, funciona, Trump se rebelaría, se escindiría y se llevaría con él a sus seguidores, lanzándose como candidato independiente; lo cual le quitaría al PR un aproximado de 8% del voto nacional, alejándolo aún más del triunfo en su carrera por la Casa Blanca. Un primer y muy serio problema.

Por su parte, Cruz enfrenta graves problemas. A la evidente muestra de nerviosismo, escogiendo con mucha anticipación como compañera de fórmula a Carly Fiorina, única excontendiente mujer del PR y desagradablemente denostada por Trump por sus rasgos faciales, se agrega el desagrado que causa a la mayoría de la élite republicana, lo cual evidencia fuertes divisiones en ese partido con miras a definir la campaña, quizá más determinante de su historia moderna. Hace pocos días, el expresidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, quien renunció debido a las presiones del Tea Party y de Cruz como uno de sus histriones, dejó en claro las divisiones en el PR, al clasificar al aspirante Ted Cruz como un diablo encarnado, entre diversos epítetos. Lo cito textualmente: Cruz, “es Lucifer encarnado. Tengo amigos demócratas y amigos republicanos y me llevo bien con la mayoría de ellos. Pero nunca en mi vida me tocó trabajar con un peor hijo de perra”, añadió, en referencia al ultraconservador aspirante presidencial. Duro, ¿no?. Se trata del político más odiado en el PR desde los tiempos del controvertido Richard Nixon, en un momento sumamente delicado para la política partidista y democrática en ese país. Como podemos apreciar, en cualquier escenario, la prospectiva de una ruptura se ve muy posible, todo lo cual pueden ser buenas noticias para los demócratas, pero pésimas para el equilibrio de poder para la democracia estadunidense.

Para rematar, tenemos que una encuesta reciente del Pew Research Center muestra que el PR tiene hoy un 68% de rechazo contra sólo un 33% de aceptación entre el público estadunidense. Esto iguala la misma pésima calificación obtenida en 1992, cuando vivió una gran crisis. Sólo en octubre pasado, el PR tenía una aceptación del 37% contra 58% de rechazo. Un declive rápido y alarmante. Más aún, si consideramos que las cifras respecto al Partido Demócrata (PD) contrastan fuertemente. La misma encuesta nos revela que este partido tiene 45% de impresión favorable contra 50% desfavorable. Esta misma encuesta de abril 12-19, muestra además que los demócratas tienen, entre sus partidarios, 88% de aceptación (nueve en diez), lo cual contrasta la que encontramos entre los seguidores del PR: 68% de aceptación entre sus correligionarios. Es decir 20% de diferencia entre ambas bases electorales. Si alguien dudaba de la profunda crisis en el PR, aquí puede encontrar la respuesta. No obstante su crisis, ésta será también la de la estructura democrática de ese país, así como de la viabilidad de la gobernanza estadunidense.

lunes, 18 de abril de 2016

El nuevo siglo estadunidense



El nuevo siglo ha estado marcado por hechos extraordinarios y para los que la gobernanza internacional no estaba preparada. Desde el 11 de septiembre de 2001, cuando se atentó mortalmente contra objetivos civiles en Estados Unidos, se puso en evidencia la fragilidad de las instituciones internacionales, como la ONU, que quedaron expuestas a la negligencia de un gobierno in-eficaz y corrupto como el de George W. Bush, quien violentó a capricho los ordenamiento, globales en su obsesión de venganza.

17 de Abril de 2016

A la memoria de mi madre

El resultado: un sistema internacional lastimado como consecuencia del chovinismo de un actor que en ese momento se mostraba como no racional. El Leviatán liberal se desvanecía temporalmente y se alejaba del orden civilizatorio que había contribuido a fundar desde 1945. El establecimiento estadunidense habría de remontar este retraso y recuperar el centro racional de decisiones en política exterior.

La elección (2008) y reelección (2012) de Barack Obama es quizás la síntesis más acabada del sueño de Abraham Lincoln y tiempo después el de Martin Luther King. Lo cierto es que también fue en los hechos el desenlace menos esperado y deseado por algunos actores y sectores pertrechados en el extremismo ultramontano de la extrema derecha estadunidense. Al menos, en este aspecto del análisis de la democracia estadunidense, su elección es también evidencia y expresión (polémica incluida) de que el sueño americano, del que tanto hablan los clásicos, da cabida en la jefatura del Estado, incluso, a un representante de lo que tiempo atrás se catalogó como un ente anómalo (los afroestadunidenses han sido vistos en Estados Unidos como ajenos y parte de la “otredad” que históricamente le ha resultado tan repulsiva a los representantes más recalcitrantes de la ultraconciencia WASP). Simultáneamente, la democracia estadunidense se dispuso a preparar la hechura de una nueva política global acorde con las necesidades del siglo XXI que descansaría en los fundamentos teóricos y prácticos del poder inteligente. Hoy, de nueva cuenta, esta estrategia fundamental para conservar una relación global de avanzada y no del pasado, está expuesta por los excesos retóricos del Partido Republicano (PR), que aunque se lo propusiera como responsablemente debería haberlo hecho hace años, hoy no podrá ya contener la ofensiva de una derecha primitiva encabezada por Donald Trump, Ted Cruz y Paul Ryan, entre otros varios agentes políticos. Muy a pesar de los impulsos racistas que los han llevado al rechazo y repudio por Obama, los propios republicanos, principalmente los moderados, se verán forzados a reconocer que la de Obama es la alternativa racional más potable y que la única posibilidad de contener a cualquiera de los candidatos republicanos, será la de votar por los demócratas, muy posiblemente por Hillary Clinton, la candidata más elegible de entre las dos alternativas demócratas y quizá la única que pueda garantizar la continuidad de una política exterior de distensión. Se trata de la política más viable en estos críticos momentos en que el sistema internacional se ve amenazado por actores formales e informales. El regreso a la política exterior guerrerista y altanera que caracterizó la política internacional estadunidense de la Guerra Fría y que está detrás de la narrativa de Trump y Cruz se ve inviable y por demás inconveniente en estos tiempos, que además son también tiempos de declive hegemónico de la expotencia dominante. Este año habremos de ver si los estadunidenses le hacen justicia a los nuevos y desafiantes tiempos de este nuevo siglo y optan por una opción moderada, civilizada y un futuro promisorio para Estados Unidos y el resto del mundo que de una u otra forma depende de este resultado electoral.