lunes, 17 de noviembre de 2014

El fin del muro y el reestreno de la nación

José Luis Valdés Ugalde 16/11/2014

Now what belongs together will grow together.
                Willy Brandt

Escribo aún con la experiencia fresca de las vívidas celebraciones por el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín. La partición de Berlín y de Alemania fue un hecho de enormes consecuencias: partió en dos a una ciudad, a un país, a un continente y al mundo entero provocando vaivenes sumamente peligrosos para la paz y la estabilidad internacionales mientras duró, lo que el catedrático irlandés de la LSE, Fred Halliday, denominó como “guerra caliente” por Guerra Fría, como comúnmente se conoció al periodo entre 1945 y 1989 en que prevaleció la bipolaridad. En noviembre de 1989 esta ciudad y este país vivió en carne propia una de las más notables y originales experiencias transformadoras que las transiciones a la democracia pueden ofrecer. La celebración del cuarto de siglo del fin del muro representa aún hoy, para la gran mayoría de alemanes, el reestreno de la nación y para todos nosotros la demostración de que ésta fue indiscutiblemente una transición a la democracia exitosa que recuperó el sentido de unidad que años antes atrofió el fascismo; al tiempo que sepultó al nazismo en lo más hondo del piso que hoy caminan sus ciudadanos en la apacible capital alemana. Antes, pero más después de la construcción del adefesio de concreto y acero, que aún podemos recorrer en algunas de sus partes, se vivió y sufrió la separación real y objetiva de familias, parejas y amigos, que dejaron de verse por más de dos décadas. La sociedad civil, que no era reconocida por el socialismo real como tal, como no lo era tampoco la democracia representativa, se impuso a la STASI y al resto del aparato represivo de la RDA. La Ostpolitik que buscó el acercamiento con Alemania del Este y que fue ideada por Willy Brandt, finalmente tuvo éxito y con ella la transformación de Alemania y el mundo.

Para lograr una transición democrática efectiva, Alemania se valió de la base estatal existente en la RFA, así como del modelo económico que hoy ha transformado a este país en una de las cinco potencias globales y la primera de Europa. En efecto, la caída del socialismo real fue un triunfo de una estrategia, fundamentalmente encauzada por Brandt y que causó una gran polémica entre la derecha y la izquierda del influyente Partido Socialdemócrata Alemán; pero que en su concreción demostró ser históricamente correcta y políticamente efectiva, a grado tal que encontró en Mikhail Gorbachev, último líder de la URSS (por cierto, aclamado calurosamente el pasado 9 de noviembre aquí en Berlín) a un aliado estratégico para la transición alemana. También demostró que el sistema de Estado prevaleciente en la zona occidental de Alemania era lo suficientemente fuerte como para resistir y encarnar esta transformación hacia la democracia plena, dejando detrás el Estado represivo heredado por el estalinismo. Toda una lección para la transición mexicana (hoy con un Estado en el ocaso) que no deja de dar pasos para atrás.

En este sentido, la dolorosa separación y después la jubilosa y generalizada celebración por la unificación en 1989, así como su rememoración en su 25 aniversario, significan dos cosas fundamentales: que las nuevas generaciones de alemanes se encaminan hacia la culminación del trauma que ocasionó primero el terror nazi y luego, el totalitarismo estalinista. De tal forma que en este movimiento los alemanes se han ido deshaciendo, a la vez, del nazismo heredado como parte de un acontecimiento con una grave carga de culpa colectiva incluida, así como de la tiranía soviética que tanto daño y opresión causó a Europa, principalmente. El proceso alemán es ciertamente un caso paradigmático de cómo pavimentar lo mejor posible el camino hacia la transición política. Los pendientes de Alemania en varios temas aún son muchos, pero lo que no se puede negar es cuánta felicidad puede causarle a la gente el éxito de la política, entendida ésta como el espacio al que la opinión pública pertenece para valerse de ella a fin de garantizar sus derechos y deberes democráticos. Esto es un valor agregado para la buena marcha de un sistema político, que con ello garantiza su funcionalidad y su consolidación.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter:@JLVAldesUgalde

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Un país descompuesto

José Luis Valdés Ugalde 02/11/2014

México sufre la peor crisis social y política desde la Revolución. Se trata de un proceso de gradual descomposición nacional: el país, además, sufre el maltrato impune de sus clases dirigentes desde hace 50 años o más. Desde la liberalización económica de los noventa, el país no crece a un ritmo que empalme con índices de justicia social que mejoren la distribución de la riqueza entre sus ciudadanos y subsane las enormes desigualdades de un país con la mitad o más de su población pobre y en el que no acaba de cuajar la consolidación de una clase media robusta que junto al anterior sector coadyuve a que se reactive el mercado interno y se dinamice la economía. La clase alta, incluido el hombre más rico del mundo, ensombrecen a lado de millonarios filántropos, encabezados por Bill Gates, que han invertido en el curso de su vida más de mil millones de dólares a nivel global en proyectos educativos, sociales y de salud pública, incluida la lucha contra el ébola. En la lista de los diez mayores filántropos de Forbes no aparece ningún millonario mexicano. Su apoyo a causas mexicanas similares es proporcional al que prestan a nivel internacional.

Desde la reforma política de 1977, que se intentó paliar las consecuencias de la represión social de los sesenta y setenta, y de hacer efectivos los preceptos constitucionales de inclusión, incumplidos hasta entonces, ha sufrido modificaciones varias (creación de instituciones ad hoc, pero insuficientemente eficaces que absorben una fortuna del arca pública). En su conjunto, el sistema mexicano es un sistema desestructurado. Esto se debe, en mi opinión, al hecho de que la Constitución ha sido violada sistemáticamente por la clase política; a que las instituciones del Estado son bisoñas, antidemocráticas y sin proyecto estratégico, sistemáticamente disfuncionales, en muchos casos corruptas; a que las instituciones como el IFE, ahora INE, por más buenas intenciones que tengan, abandonan su compromiso con el interés público debido al secuestro de la clase política, en forma por demás inexplicable y antitética. Al día de hoy son incluso estas mismas instituciones, muy honrosas en su primer ciclo, las que provocan también una desconfianza social generalizada y peligrosa desde hace más una década. Se agrega la descomposición partidista. Los partidos políticos son entidades de interés público obligados a cumplir con éste por encima del particular. Lo han traicionado. Basta revisar los salarios de sus dirigentes, coordinadores de bancada y de comisiones del Legislativo, para entender la desproporción entre las profundas necesidades de la democracia mexicana y el incumplimiento despilfarrador, que a costa de la cuenta pública, se ejerce en contra de los mexicanos por esta voraz clase política. Ante esto, la subestimación estatal de la crisis social nos ha sumido en el averno y desgobierno. Y el peligro ya nos alcanzó. La sociedad mexicana vive con pavor, un estado de sitio irresuelto por la ineficacia estatal, por la traición partidista y por el hecho de que las múltiples células cancerosas del crimen organizado, que hoy ya vemos claramente coludido con los partidos, ha penetrado al Estado a grado tal que la descompostura de la República entera requiere de un verdadero overhaul; pasando por una profunda reflexión nacional que coadyuve al concurso del conjunto de las partes aún sanas del Estado y de los muchos sectores de la sociedad civil (SC) que sufren en carne propia el agravio de esta grave disfuncionalidad.

Ante el último y quizás el más bochornoso de los sucesos nacionales, el de Iguala, como casi ningún otro, demuestra que la descompostura mexicana nos puede estar llevando a las puertas mismas del infierno, con todas las implicaciones regresivas para el país. El empresariado europeo y la clase política de los países de la UE, ven con preocupación cómo se podrán reconciliar sus intereses en el país con la pasividad y cuasi parálisis estatal frente a la descomposición social que están poniendo en cuestión la viabilidad del sistema político mexicano y el futuro nacional. Si en México todavía pudiéramos reunir en un sólo ejercicio la rectitud y la lucidez, lejos de la demagogia y la imposición de los intereses particulares, se podría salvar esta trágica etapa que confronta México. Hoy más que nunca la participación de la sociedad civil será imprescindible para lograrlo; no obstante, estoy convencido de que es sólo el Estado el último responsable de poner en orden el caos. La tercera ley de Newton me motiva a plantearlo así, las partes del Estado están relacionadas una con la otra, como las partes del universo: eternamente vinculadas juntas a través de las acciones de algunos y las reacciones de otros. ¿Será que no hay nadie suficientemente lúcido al interior del aparto político que pueda pensar en forma constructiva nuestro futuro? Si de plano no pueden reorganizar el sano destino del país tendrán que irse irremediablemente. La República entera empieza a exigirlo.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

lunes, 20 de octubre de 2014

La guerra de Obama (III)

José Luis Valdés Ugalde 19/10/2014

Es probable que el origen del conflicto al que nos referimos al describir la tensa relación de EU con Cercano Oriente, se remita a un fracaso histórico que ha cercenado los intentos de acercamiento pacífico y silencioso del presidente  Obama. Ni la historia ha terminado, ni el capitalismo y el liberalismo han sido acogidos jubilosamente en todo el mundo. Los conflictos internacionales, lejos de desaparecer, se recrudecen cada día. Los actores no estatales se fortalecen para mal, los movimientos nacionalistas —que Fukuyama descartó como alternativas al sistema capitalista neoliberal por considerarlos tradicionales y espontáneos— han aumentado nocivamente (Rusia, Venezuela) y amenazan con trastocar el órden regional y global; no se diga la expansión súbita aunque explosiva del yihadismo fundamentalista representado por el Estado Islámico. En suma, aún se viven las consecuencias de otro fundamentalismo cuyas bases se encuentran en el ímpetu neoimperial unilateralista de Washington representado por George W. Bush, que se impuso por ocho años en el escenario global y que hoy no puede ser extirpado de la agenda estadunidense.

En este sentido, democracia y libertad han sido también funcionales desde los bajos fondos del establecimiento del poder supremo del último actor internacional dominante, pero paradójicamente más para legitimar las nuevas formas que adquiere la guerra moderna que para eliminarla. Esto es lo que se ha concebido como la representación de la destrucción y la guerra como una verdadera construcción civilizadora. De tal forma que, en el nombre de un reordenamiento que, en algunos aspectos de su especificidad, es falsamente necesario y auténticamente vago se destruyen pueblos, historias, identidades, para obligar a la inserción en un mercado de trabajo y democrático empeñados en dinamizar, modificar, o excluir a la vez lo que le es “ajeno”: uniformizar, muchas veces en forma forzada, tanto la producción como el consumo de valores económicos y políticos. El resultado, poca estabilidad, democracia y libertad. Basta tomar como ejemplo el dramático caso de Irak y los costos expansivos que ha supuesto para la comunidad y la estabilidad internacionales este conflicto.

En pocas palabras, Obama no ha tenido éxito al plantearse una nueva política exterior tan necesaria para EU. La estrategia de poder inteligente ideada por él pretendía preparar a Washington para producir condiciones que permitieran atender otros menesteres más trascendentales como la recuperación económica y encaminar las reformas internas que urgentemente necesitan implementarse a fin de no perder más influencia aún en su papel como el modelo económico y político a seguir. EU se encuentra en una situación complicada. El sistema internacional está sumido en un conflicto de grandes y muy diversas dimensiones, empezando por la inseguridad y el estancamiento económico, no se digan crisis de salud pública como la del ébola. Por otro lado, disminuye su influencia y poder frente al de China y la Unión Europea, al tiempo que (críticos hegemónico incluidos) se le solicita y exige (Turquía) que se involucre en el conflicto iraquí, incluso con tropas en el teatro de guerra, todo lo cual Obama no va a arriesgar y menos si otros países, Turquía principalmente, no hacen lo propio. Así pues, Obama en lo particular se encuentra más liado que nunca dada la imposibilidad que le han impuesto las condiciones de inseguridad globales y las presiones políticas internas. A diferencia de Lincoln, F.D Roosevelt, Clinton e incluso Johnson, Obama no ha tenido la buena estrella de sus predecesores. Se trata de un personaje con ideas de avanzada y de trascendencia que fue capaz de lograr la hazaña de ganar la candidatura demócrata y luego ser presidente por dos períodos, que no es poca cosa al tratarse del primer mandatario afroestadunidense en lograrlo. Lo que parece haber ocurrido es que el EU de hoy no estaba preparado para recibirlo y aceptarlo como líder: el racismo aún intacto entre algunos sectores es de los peores y más descarnados del mundo y esto le ha impedido lograr los consensos necesarios para gobernar en calma. Por otro lado, un líder de sus características, aunque entiende el fenómeno de la guerra, no está preparado para emprenderla. No la quiso nunca, no la quiere y no la va a poder hacer bien por este simple hecho.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde

La guerra de Obama II

José Luis Valdés Ugalde 05/10/2014

Clausewitz afirmaba que la guerra era meramente la continuación de la política por otros medios y, en efecto, tenía mucha razón. La guerra es por lo tanto un instrumento de la política para hacer valer sus intereses en determinado momento. Hasta ahora, no ha habido un hecho de guerra que contradiga la máxima del influyente general prusiano y teórico de la guerra. Desde la Segunda Guerra Mundial, el papel jugado por Churchill, Hitler, Stalin, Roosevelt y después Truman fue militar, pero también político (en el cual Hitler fracasa) en tanto que se definió la correlación de fuerzas que duró tres décadas, durante toda la era de la guerra fría. La ofensiva aliada encabezada por EU en contra del Estado Islámico (EI) en Irak y Siria  tiene por un lado una racionalidad militar y de defensa de la seguridad que en algo explica su emergencia. Pero tiene también un antecedente político que remonta a los orígenes del estado de Israel en mayo de 1948, así como la existencia del control imperial en la región y nos sorprende hasta el día de hoy a raíz de la política de Washington y algunos aliados en la región, más en particular Irak, el teatro de guerra que nos ocupa y preocupa hoy intensamente.

El Estado Islámico está violando toda convención internacional acerca de la guerra, lo que genera un enfrentamiento cada vez más irregular toda vez que se trata de interpretes estatales enfrentados en contra de actores no estatales. Estos últimos han cometido todo tipo de tropelías, ya documentadas en reportes de la ONU y catalogadas como crímenes contra la humanidad, tales como la venta de mujeres y niñas a los combatientes del Estado Islámico y grupos de jóvenes con el fin de facilitar su reclutamiento. Cerca de 8 mil 500 civiles han sido asesinados y más de 15,700 han sido heridos, sólo en Irak. Más de 11 mil de estas bajas ocurrieron entre junio y agosto, período en que el Estado Islámico inicia y profundiza su campaña militar. A estas alturas más de 1.8 millones de turcos han sido desplazados. Según el reporte de la oficina de la ONU en Irak, la siguiente es la lista de ofensas cometidas por el EI: “Ejecuciones de civiles, secuestros, violaciones y otras formas de agresión física y sexual contra mujeres y niños, reclutamiento forzado de niños, destrucción y profanación contra lugares de significancia religiosa y cultural, destrucción y robo de propiedades, y la negación de las libertades fundamentales”.

Desde el nazismo, las guerras en Vietnam y en Bosnia, entre otros conflictos lamentables, no veíamos tanta brutalidad junta y diariamente. Y aquí viene el aspecto político de la guerra que presenciamos desde junio. Primero están los antagonismos entre halcones y palomas en EU, así como las tensiones provocadas por la torcida interpretación de la derecha, responsable desde 2003 de la actual crisis en Irak y que han presionado electoralmente a Obama para que actúe, al tiempo que lo dejan sólo; Obama, al lado de sus consideraciones humanitarias, pero también con urgencia por guardar un mínimo equilibrio en esta confrontación y de asegurar un capital político para su partido con miras a las elecciones intermedias en noviembre, ha respondido con los ataques quirúrgicos, al tiempo que ha respondido a un público que se ve amenazado directamente y que le pide al presidente de EU que actúe. Segundo, está la política de seguridad que esta misma derecha con sus actos fallidos, obliga a implementar y a ser seguida por el mundo entero con todas las tensiones internas que han causado gran polémica, desde las revelaciones de WikiLeaks y las filtraciones de Snowden acerca del espionaje global ejercido por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA por sus siglas en inglés). Están también desde luego las decapitaciones de cuatro rehenes occidentales en manos del EI, lo que ha llevado a los gobiernos de EU, Reino Unido y Francia a estar bajo una mayor presión local.

Se viven de nuevo tiempos convulsos globales en medio de los cuales quedó ubicado Obama bajo gran presión. He aquí un presidente que por más de tres años se negó a intervenir en Siria a fin de parar el genocidio y que se quiso concentrar en reorganizar la gobernabilidad en EU. La ofensiva antiyihadista de Obama y sus aliados es un prueba de fuego a la potencia en declive que tendrá como máximo objetivo garantizar la seguridad global, hoy tan mal administrada por la administración estadunidense.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin


jueves, 2 de octubre de 2014

La guerra de Obama (I)

José Luis Valdés Ugalde 21/09/2014

Todos los esfuerzos hechos para no caer en las garras de la guerra, por quien se consideró en su momento como un prematuro Premio Nobel de la Paz, han fracasado. Barack Obama decidió este mes de septiembre lo inevitable: usar sus prerrogativas presidenciales dado el convulsionado clima político interno y emprender una ofensiva contra el Estado Islámico (EI) en Irak y eventualmente en Siria, en la forma de bombardeos aéreos quirúrgicos y con una amplia alianza detrás, que sienta un precedente de trascendencia. Bush, padre, Bill Clinton y Bush, hijo, tuvieron los tres sus respectivas guerras. El primero bombardeó Bagdad y quiso derrocar a Hussein; su hijo, sumido en un profundo conflicto de identidad, mental y emocionalmente perturbado y que estaba en realidad para paciente de la siquiatría moderna y no para gobernar, lo quiso vengar y ese sí, de plano, invadió Irak en 2003 y derrocó al dictador. Lo hizo unilateralmente, violando la ley internacional, lastimando la estabilidad del orden global y ocasionando de hecho la mayor tragedia estratégica de Washington en política exterior desde la guerra de Vietnam, todo lo cual obliga a Obama a un nuevo desplazamiento guerrerista en la zona. Clinton, por su parte, intervino en 1995 en el conflicto en Bosnia con el fin de detener la guerra y el genocidio en la ex Yugoslavia.

La historia tiene un sentido negro del humor. La de Irak es una guerra que parece no tener fin, pero que hoy por hoy es un conflicto en una etapa muy superior a la anterior, que obliga a su contención. Lo hereda Obama a raíz de las torpes obsesiones de George W. Bush y de ese grupo compacto de maximalistas, The Project for The New American Century, que pretendía a toda costa dominar al mundo y continuar en la línea del unipolarismo militarista, abandonado tiempo atrás. Su obsesión por dominar encegueció a Bush, Cheney, Wolfowitz y compañía; les impidió comprender que la guerra fría ya había terminado. Se emplearon a fondo en Irak en 2003 e iniciaron una guerra ilegal y fallida que hoy repercute en riesgos de enormes dimensiones para la seguridad regional e internacional. A pesar de que en 2013 Obama declarara que la guerra de Irak, “como todas las guerras, debe terminar”, el Presidente inicia hoy una ofensiva contra el EI con el propósito explícito de detener el caos ocasionado por esta facción radicalizada y de hecho divorciada de Al Qaeda, y parar su lunático intento de instaurar un Califato en Irak y Siria, así como detener la devastación y la violación a los derechos humanos que el EI ha causado conforme avanza y toma posiciones alrededor de Bagdad. Hasta el momento de escribir esto, se trata de una ofensiva que lleva alrededor de 150 bombardeos aéreos de EU en contra de un ejército irregular de sólo diez mil integrantes. No obstante, no es poca cosa advertir que a esta ofensiva del EI la precede un hecho: los grupos radicalizados islámicos han crecido cerca de 60% en los últimos cuatro años, mientras que los ataques de Al Qaeda y sus allegados (no se incluye al EI) se han triplicado. Esto ocurre al tiempo que Al Qaeda pretende radicalizar a los musulmanes de la India y Libia.

No deja de ser paradójico que un Presidente que como precandidato y candidato se opuso a la guerra en Irak y se confrontó sobre estas bases con Hillary Clinton, primero, (como senadora votó a favor de la invasión de Irak) y con McCain, después (también votó a favor), y que inició su mandato con el firme propósito de terminar “la guerra contra el terror” de Bush y de desmilitarizar Oriente Próximo, esté hoy viendo cómo se consume su segundo periodo y se define su legado, de nuevo sumido en una polémica —aunque en mi opinión, inevitable— decisión de recurrir a la fuerza para contener el riesgo a la seguridad mundial que la ofensiva del EI supone. Los ciclos de las guerras no perdonan. Aunque EU haya tenido una participación significativa en la mayoría de ellas en el siglo actual y en el pasado, hoy en día la guerra que confronta Obama, líder de un hegemón debilitado, tiene otra cara que ya habíamos vislumbrado. Se trata de una confrontación entre actores estatales y no estatales, y con quienes la diplomacia no sirve para nada. En esta ocasión las implicaciones para la seguridad internacional son aún más graves que con Al Qaeda.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

domingo, 7 de septiembre de 2014

¿Putin el travieso o bandolerismo ruso?

José Luis Valdés Ugalde 07/09/2014

Todos quienes nos hemos inconformado y en consecuencia, escrito críticamente en contra del intervencionismo de Estados Unidos durante el siglo XIX y XX, particularmente en la subregión latinoamericana, no podemos hacernos ojo de hormiga respecto a nuevas formas de intervención en otras regiones del mundo que impactan el derecho internacional para mal, pero sobre todo en la soberanía e integridad de otras naciones, y el orden y la seguridad regionales. Me refiero a algo que desde Alemania se palpa con mucha más nitidez quizá que desde las Américas. Tal es el caso de la crisis de seguridad para Europa que se ha generado en Ucrania, donde Rusia ha montado una estrategia de escalamiento del conflicto de largo aliento, cuyo montaje escénico tiene mucho de farsa y de tragedia. El ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov se la ha pasado clamando retóricamente por la necesidad de presionar al gobierno de Ucrania para pactar un alto al fuego sin condiciones. E insiste: “Sería muy importante emplear la influencia y, en general, las posibilidades de EU para mostrar que hay que dejar los intentos de resolver la situación por la vía militar para pasar a un proceso político”.

Al tiempo que el ministro declara esto, Putin no condena las acciones de los insurgentes pro rusos en Ucrania, no acepta el involucramiento de sus tropas en el conflicto, aún no aclara en dónde andan los más de mil reservistas que presumiblemente están en Ucrania, no les responde a las familias de los miembros de los más de cuatro batallones blindados, que le reclaman a Putin por su pronta aparición. Particularmente interesante es el caso de los miembros pertenecientes a la 76 División de Paracaidistas de Pskov. Según evidencias periodísticas rusas como la de Alexei Semynov, de un periódico local de Pskov, así como de otras del diario Gazeta Novaya que visitaron el cementerio de Pskov, se ha podido comprobar la existencia de más tumbas de soldados de esa división fallecidos a lo largo del mes de agosto. Como muchos de los integrantes de su división, este batallón dejó de comunicarse con sus familiares desde mediados de ese mes. Por otro lado, los cadáveres de los caídos han sido entregados a sus familias sin más noticias sobre las causas ni el lugar de su muerte.

Aún así, Moscú sigue negando su involucramiento militar, cuando la ONU, la UE (que está a punto de imponerle nuevas sanciones) y los medios de comunicación y otras organizaciones, han mostrado a Rusia como un franco agresor y responsable de romper el pacto de posguerra fría, acordado con la OTAN, la UE y EU con miras al establecimiento de relaciones cordiales que contribuyeran a la distención mundial que provocó el largo periodo de guerra fría. Más aún ya estimuló un realineamiento de las fuerzas de la OTAN, que incluso ha creado una no prevista nueva fuerza de respuesta rápida y toma posiciones militares que cada vez se acercan más a la zona de conflicto. De pasada se anuncia que se negocia un alto al fuego entre Petro Poroshenko, presidente ucraniano, y Putin, que el Kremlin niega “porque Moscú no es parte involucrada en el conflicto”, lo cual nos muestra otra vez el grado de cinismo al que los rusos pueden llegar. Si Moscú reincide y vuelve a romper los acuerdos como lo ha hecho en el pasado, tendríamos que aceptar que por la vía este tono esquizofrénico Moscú articula una estrategia por demorar la solución a un conflicto en el que evidentemente la Federación Rusa está involucrada. Se trataría de un nuevo caso de bravuconería y bandolerismo que no conocíamos desde Hitler cuando en 1939 invade Polonia y provoca el inicio de la Segunda Guerra Mundial, y que no se le había visto a ninguna de las potencias actualmente dominantes en el tablero global. China, incluso, ha actuado con moderación, cumpliendo con la etiqueta diplomática en forma correcta frente a esta crisis.

Así las cosas, todo lo que han provocado las travesuras poco inocentes de Putin en Ucrania ha sido un escalamiento que ha producido un realineamiento de actores internacionales en su contra, una amenaza a la paz regional y global y una percepción cada vez más aguda de que no se puede ya ver y tratar a Moscú como un actor confiable, al que se le suponía como un actor estatal consciente de sus responsabilidades internacionales.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

lunes, 25 de agosto de 2014

Obama ante la adversidad

José Luis Valdés Ugalde 24/08/2014

A la memoria de mi entrañable amigo,
                Mario González Lardizabal.

No esperaba el presidente Obama vivir un fin de ciclo tan atribulado. Sobre todo en lo que se refiere a sus principales proyectos de política interna como exterior. Se enfrentó a un sistema político que en muchos de sus intersticios va ya en contrasentido con los principios de la democracia liberal. Hay en su gestión, como en todos los asuntos del poder del Estado, errores y aciertos. Pero nunca antes, quizá desde la Presidencia de JFK, estos estuvieron tan vinculados con la disfuncionalidad tan desafortunada que esa admirada democracia ahora arrastra. No hay nación en nuestros días que no sea racista. Es el gran tema de estos tiempos y de otros pasados, desde la ilustración y los tiempos de la Colonia. La simulación al respecto no es la excepción. A diferencia del caso mexicano en donde la existencia del racismo se niega a pesar de que es un cáncer social muy extendido, en EU se trata de un tema que si bien persiste en la vida social, se discute abiertamente en diversos foros con una mucho mayor apertura que en otros países desarrollados o en vías de desarrollo. Con la llegada de Obama a la Presidencia en 2008 se pensaba que la vida política y social habían llegado a un estadio posracial. La notable elección de un hijo de un keniano y de una mujer blanca, parecía abrir brecha, en una nación acostumbrada a guerras culturales de alta intensidad, para instaurar una nueva forma de vida y de conciliación en la interacción en el seno de una sociedad pluriétnica y tan diversa como la de EU.

No obstante, desde el principio fuimos testigos del rechazo de sectores recalcitrantes de la sociedad y la política de EU, que, ofuscados por la llegada de un negro a la Casa Blanca, que se suponía que nunca iba a ser ocupada por nadie que lo fuera, se opusieron a muchas de sus propuestas de política interna y exterior. Aducían que se trataba de políticas de dudosa factura por ser “dudosos” también muchos de los antecedentes de la biografía de Obama, incluido su nacimiento en territorio de EU (no cabe duda de que los extremismos están condenados a la derrota por su adicción a la mentira). La oposición de un sector de los republicanos indignado con su llegada al poder, a su reforma de salud y a su política exterior que en lo general se guía por una estrategia de poder blando, ocultaba en su argumentación, el contenido racista y discriminatorio contra un Presidente al que no se le ha acabado de conceder el derecho a “pertenecer”, por más méritos que tenga, al establecimiento estadunidense. Signos estos de la grave patología discriminatoria que se sufre en EU.

El asesinato del joven negro Michael Brown, en Ferguson, Missouri y los sucesivos acontecimientos que hicieron explotar en pedazos la paz social, rememoran otros del pasado en que las fuerzas policiacas han actuado con saña en contra de afroestadunidenses o hispanos; también representan un golpe directo a la política de conciliación de Obama y la apertura de un nuevo frente de conflicto con un sector social con el que está hermanado. Es de sospechar que un alto contenido racista turbó la mente del agente policiaco Darren Wilson cuando le disparó ocho veces a Brown, dos en la cabeza. Eso lo dirá la investigación. Lo cierto es que 65% de la población afroestadunidense cree que la policía ha ido demasiado lejos con la muerte de Brown y en la respuesta represiva contra las protestas. Es de hacer notar también, según datos de 2012, que en EU las muertes a manos de la policía es de 409, mientras que en el Reino Unido y Japón son de cero y en Alemania, sólo de ocho. En promedio, la policía en EU mata a una persona por día. Esto abona al debate sobre la relevancia de la segunda enmienda y la necesidad de desarmar a una sociedad con un peligroso espíritu guerrero.

Hay varios ángulos desde los cuales valorar la crisis que Ferguson representa en el corto plazo. Lo cierto es que se trata de una herida más a una comunidad mayoritariamente afroestadunidense. Lo peor es que se arriesgan las relaciones raciales en un tiempo en que la que se convertirá en minoría será la población blanca, que será superada en números por la hispana y la negra. Esta es una gran razón para descriminalizar la acción policiaca y despojarla del fuerte contenido racista que la orienta.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

¿Volver a Irak?

José Luis Valdés Ugalde 10/08/2014

Después de haber despejado en 2011 el teatro de guerra que abrió Bush con la invasión, Obama parecía abandonar para siempre Irak. Hoy EU ha autorizado operaciones militares quirúrgicas para detener los delirios califatos del ISIS o Estado Islámico en Irak y el Levante, y su ofensiva genocida en contra de quien se le atraviese. Entre otras cosas, esto ha provocado la migración masiva de población civil que se ha refugiado en el Monte Sinjar en el noroeste de Irak y la muerte de unos 40 niños, según UNICEF. Esta migración forzada está compuesta por más de 40 mil yazidíes, una confesión que mezcla zoroastrismo, cristianismo e islam. Este segmento de población ha quedado atrapado en el frente de guerra del extremismo islamista. Además, los islamistas del ISIS ya han capturado desde junio la ciudad de Mosul, la segunda en importancia del país y han avanzado hacia localidades cercanas a Bagdad.

Precisemos, pues, el grado de amenaza que representa esta facción terrorista  islámica y que llevó a una decisión estratégica, pero nada cómoda para Obama en estos momentos en que su administración había logrado librarse de un conflicto al que se opuso desde que era senador y del que prometió librarse como Presidente con un plan de retirada. Aparte del genocidio real que está provocando esta ofensiva terrorista, los combatientes del ISIS anunciaron que todas las mujeres de edades comprendidas entre los 11 y los 46 años en Irak sean sometidas a mutilaciones genitales, informó la ONU. Unas cuatro millones de mujeres podrían verse afectadas por la decisión. Aunque la mutilación genital es practicada en algunas regiones de África, Oriente Medio y comunidades asiáticas, la ablación femenina no es frecuente en Irak. No obstante, los islamistas sunitas del ISIS han ordenado la mutilación genital de estas mujeres como —dicen— se hacía antiguamente en la ciudad santa saudí de Medina. “Es una fetua del ISIS”, declaró en Irak Jacqueline Badcock, número dos de la ONU en el país. La funcionaria indicó que desconoce el número exacto de mujeres afectadas, pero citó cifras del Fondo de Población de las Naciones Unidas, según el cual “cuatro millones de niñas y mujeres podrían verse afectadas”. Además, el líder del grupo jihadista Abu Bakr al Bagdadi, ha ordenado practicar la medida y explica que esta orden “es de obligado cumplimiento en todas las localidades y regiones”, bajo el control de los extremistas. Justifica la medida por su empeño en “cuidar” a la sociedad musulmana y evitar “la expansión del libertinaje y la inmoralidad” entre las mujeres. Por ese motivo, además de exigir que se practique la mutilación genital a las mujeres, el grupo armado ha impuesto el velo integral a las mujeres de Mosul bajo la amenaza de ser castigadas severamente. Como colofón al Bagdadi, puso como ejemplo un “hadiz” (dicho) del profeta Mahoma, que cuenta un encuentro que tuvo un día con una mujer que se quejó de que le hubieran hecho la ablación y él le respondió que era bueno para ella. Tal cual.

De esto se trata el “nuevo” Irak que le heredó EU al mundo y a sí mismo y con el cual ahora tiene que lidiar recurriendo a la estrategia de guerra limitada para confrontarlo en nombre de la seguridad y de la preservación de los derechos humanos. Irak es un Estado fallido en una zona crítica con una célula que amenaza con el derrocamiento del también fallido Al-Maliki y de atentar en contra de objetivos occidentales en la UE y otras regiones identificadas con EU. La intervención estadunidense, en contra de los pronósticos, es evidencia del fracaso de la política iraquí originaria, no se diga que también es la evidencia del fracaso de Occidente en Oriente cercano, incluyendo el desastre político militar que estamos viendo en la franja de Gaza.

Acudimos a una paradoja: una potencia en relativo declive, EU, rodeada de adversarios y de adversidades, como la que le presenta Putin, y a quien nadie supuestamente quiere entrometiéndose en los asuntos globales, hoy es de nuevo requerida (a pesar del desgano obamista) para rescatar una región incendiada, abandonada a su suerte. Washington y sus aliados, así como sus adversarios que tanto se interesan en radiografiar las acciones estadunidenses, tendrán muy pronto que disipar esta esquizofrenia y lograr instituir un gran acuerdo global que nos lleve, de una buen vez, a una redefinición coherente de la arquitectura institucional en la que se basa el ejercicio del poder global de los diversos actores.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

lunes, 21 de julio de 2014

El precio de la hegemonía (II)

José Luis Valdés Ugalde 13/07/2014

Desde los atentados del 11 de septiembre y la infame invasión de Irak en 2003 por George W. Bush, hasta el día de hoy, con la emergencia de la insurgencia del extremismo islámico de ISIS en pleno apogeo en Irak y Siria, la política exterior estadunidense se ha encerrado a sí misma en un abismo de tremendas dimensiones. El mundo cambió y con él las bases desde las que se desprenden los arreglos del orden internacional. Al tiempo que Barack Obama arribaba en 2008 a la Casa Blanca con el proyecto político más progresista desde F.D. Roosevelt y Clinton, diversos actores estatales y no estatales, y no necesariamente como resultado del mutuo acuerdo, se propusieron imponerle un boicot a la “política inteligente” ideada por Obama con el propósito de resolver sus pendientes globales. En particular, se percibía la necesidad de la Casa Blanca por atenuar los rencores antiestadunidenses acumulados después de décadas de intervencionismo protagonizado por Washington desde los años 50. Obama guardaba, y al parecer aún guarda, la convicción de que era sólo de esta forma, por la vía diplomática, en que EU podría recuperarse del desprestigio en el que se empezaba a hundir su tradicional política hegemónica. Es decir, se trataba de ceder algo de su poder a cambio de mantener una posición preeminente en la organización y funcionamiento del sistema internacional. Por lo tanto, EU se ve obligado a tomarle el pulso al entorno global desde una posición menos determinísticamente hegemónica y sin mesianismos agonizantes. Aunque ciertamente sí desde una posición más realista y correspondiente con los nuevos tiempos del sistema internacional que han ubicado a Washington en una posición de agudo, pero real y potencial declive, lo que afecta su potencial actuación como actor solitario y vigilante del sistema global en el nuevo siglo. Es decir, se trataría de que Washington renuncie al papel característicamente unipolar que lo distinguió desde la Guerra Fría.

No obstante, en Washington (y en otras capitales de sus aliados occidentales) se consideraba, y aún hoy se piensa así, que EU, aunque debilitado, era aún un actor imprescindible para la conservación de un orden de posguerra con el cual había contribuido en forma proactiva desde 1945. El ejercicio constructivo de su poder internacional iba a ser el faro que conduciría los destinos de un sistema de poder influido poderosamente por los valores occidentales implantados por Washington y sus aliados desde entonces. Más aún, dado el hecho de que se enfrentaba a un entorno de profunda animosidad en contra del mismo. En el intenso proceso de transición política (hoy evidentemente fallido) protagonizado por la Primavera Árabe se evidenció la poca voluntad de intervencionismo directo por parte de Obama, aunque no sin dejar de tener un papel importante, tal y como lo demuestra James Mann en su libro, The Obamians, cuando utilizó, a solicitud de Sarkozy, sus bombarderos de ultramar para contener, y finalmente derrotar, a las fuerzas de Gadafi en Libia.

A reserva de analizar con cuidado el futuro papel de China, Rusia y otros actores frente a EU, podríamos adelantar que estamos quizá por presenciar la transición entre la visión mesiánica estadunidense hacia otra más acorde (y quizás hasta idealista, dentro de su marco realista tradicional) con los tiempos del presente. El pronóstico sobre el éxito de esta estrategia es reservado.  Lo que sí es indiscutible es que asistimos a una disputa intensa y por demás crítica entre el presente y el pasado acerca de cuál debería ser el papel de Washington en la evolución y/o replanteamiento del orden global tal y como lo conocemos. Partiendo de este enfoque, Estados Unidos parece empezar a reconocer desde el corazón del poder y de su nueva narrativa, que no se encuentra solo en el mundo y que, por ende, para la resolución de diversos problemas regionales y/o globales, se requiere de la intervención de diversos actores, llegando a la conclusión de que ni Washington puede resolver todos esos problemas por él mismo, así como tampoco el resto del mundo puede resolverlos sin él. De este análisis me ocuparé en subsecuentes colaboraciones.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut de la Freie Universität Berlin

miércoles, 2 de julio de 2014

El precio de la hegemonía (I)

José Luis Valdés Ugalde 29/06/2014 en Excelsior

En la película de Hitchcock Pero... ¿Quién mató a Harry?, todos eluden, desaparecen, ignoran o se asustan con el cadáver del asesinado Harry, tirado en un descampado inglés. El símil nos permite echar una ojeada al sistema internacional y la complejidad que la política exterior de EU enfrenta desde 2008. Hay un cadáver en potencia que nadie puede o se atreve a mover. Se trata del orden global y la cuestión de cómo enterrarlo, reinventarlo y/o revivirlo en estos tiempos convulsos y llenos de acontecimientos que nadie se esperaba que emergieran en un periodo de tiempo tan corto, desde los ataques terroristas en Nueva York en 2001, que modificaron los estamentos de los que se desprendía la relación entre actores estatales y no estatales.

Desde los tiempos del Imperio Romano, siempre ha habido beneficios pero también un alto precio por el simple hecho de ejercer un poder global, o al menos un poder hegemónico, en áreas y temáticas localizadas. EU no ha sido la excepción en este hecho. Se sabía que no todo iba a ser miel sobre hojuelas para Obama, quien en 2008 ascendió a la Presidencia del país más poderoso y tecnológicamente más avanzado del planeta. Desde que se postuló, se le percibió como un político con virtudes: olfato y audacia políticas, valor político y honestidad al expresar sus ideas y pensamiento renovador en medio de un establecimiento político desgastado, reiterativo, cuando no en creciente decadencia. Los obstáculos enfrentados en el frente interno y externo han sido desgastantes para el Presidente. Primero, su llegada a la Casa Blanca implicó que revivieran sectores ultramontanos del conservadurismo político y social estadunidense, al grado de que no es aún claro que Obama haya pasado la prueba xenófoba que éstos le impusieron cuando le exigían que documentara pruebas de su nacionalidad estadunidense, así como de su integridad moral e ideológica. Es de destacar que detrás de este racismo, muy en boga en EU, se escondía el miedo a un personaje cuyo proyecto reformista podía afectar los grandes intereses económicos y políticos del establecimiento estadunidense.

Así ocurrió originalmente cuando Obama lanza su propuesta de poder inteligente. Su propósito era cambiar el rumbo de la política exterior, trasladarla hacia el ámbito de la diplomacia y alejarla de la zona de conflicto y guerra de Bush. Aunque continuista en algunos temas de la política exterior, Obama logró transformar con relativo éxito la mentalidad de los estadunidenses, quienes, a su arribo al poder, ya habían pagado un precio alto en vidas humanas y déficit, desde que en 2003 Bush invadiera Irak. Así las cosas, Obama ofrece retirarse de Irak (ya vemos hoy que a un muy alto costo) y de Afganistán. En el primer caso, cumple su promesa, y en el segundo, aún quedan tropas de entrenamiento en territorio afgano, no obstante han disminuido su presencia militar.
La profundidad de la problemática que presenta el mundo global de hoy, desde el inicio del siglo, se ha recrudecido con la emergencia de múltiples brazos armados yihadistas que defienden su derecho a la verdad absoluta fuera de toda racionalidad. Siria, Irak, Irán, Arabia Saudita y, en general, todo el Oriente Próximo es el teatro de esta nueva guerra de posiciones entre sunitas y chiitas y, por tanto, entre Irán e Irak, y de éste contra Siria. El movimiento armado autodenominado Estado Islámico de Irak y el Levante, mejor conocido como ISIS, por su siglas en inglés, ha puesto en jaque al gobierno de Al-Maliki, ya no tan querido en Washington, ha provocado una dura reacción del régimen chiita en Teherán y ha tomado posiciones en la frontera entre Siria e Irak en forma por demás alarmante. Se trata de una crisis de enormes dimensiones que altera el orden regional, afecta la fallida transición en Irak, expone críticamente la seguridad global pero, sobre todo, le impone a Washington un drástico cambio de estrategia en su agenda original. A esta emergencia regional hay que sumar las agresiones que Putin ha emprendido contra otro orden regional estratégico para Occidente, Europa, en el nombre de un proyecto de recuperación de la Rusia imperial. Estos son los desafíos que enfrenta paradójicamente el Washington de hoy, que había intentado mostrar un rostro noble y amigable desde 2008. De esto nos ocuparemos en las siguientes colaboraciones.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

Twitter: @JLValdesUgalde