lunes, 21 de julio de 2014

El precio de la hegemonía (II)

José Luis Valdés Ugalde 13/07/2014

Desde los atentados del 11 de septiembre y la infame invasión de Irak en 2003 por George W. Bush, hasta el día de hoy, con la emergencia de la insurgencia del extremismo islámico de ISIS en pleno apogeo en Irak y Siria, la política exterior estadunidense se ha encerrado a sí misma en un abismo de tremendas dimensiones. El mundo cambió y con él las bases desde las que se desprenden los arreglos del orden internacional. Al tiempo que Barack Obama arribaba en 2008 a la Casa Blanca con el proyecto político más progresista desde F.D. Roosevelt y Clinton, diversos actores estatales y no estatales, y no necesariamente como resultado del mutuo acuerdo, se propusieron imponerle un boicot a la “política inteligente” ideada por Obama con el propósito de resolver sus pendientes globales. En particular, se percibía la necesidad de la Casa Blanca por atenuar los rencores antiestadunidenses acumulados después de décadas de intervencionismo protagonizado por Washington desde los años 50. Obama guardaba, y al parecer aún guarda, la convicción de que era sólo de esta forma, por la vía diplomática, en que EU podría recuperarse del desprestigio en el que se empezaba a hundir su tradicional política hegemónica. Es decir, se trataba de ceder algo de su poder a cambio de mantener una posición preeminente en la organización y funcionamiento del sistema internacional. Por lo tanto, EU se ve obligado a tomarle el pulso al entorno global desde una posición menos determinísticamente hegemónica y sin mesianismos agonizantes. Aunque ciertamente sí desde una posición más realista y correspondiente con los nuevos tiempos del sistema internacional que han ubicado a Washington en una posición de agudo, pero real y potencial declive, lo que afecta su potencial actuación como actor solitario y vigilante del sistema global en el nuevo siglo. Es decir, se trataría de que Washington renuncie al papel característicamente unipolar que lo distinguió desde la Guerra Fría.

No obstante, en Washington (y en otras capitales de sus aliados occidentales) se consideraba, y aún hoy se piensa así, que EU, aunque debilitado, era aún un actor imprescindible para la conservación de un orden de posguerra con el cual había contribuido en forma proactiva desde 1945. El ejercicio constructivo de su poder internacional iba a ser el faro que conduciría los destinos de un sistema de poder influido poderosamente por los valores occidentales implantados por Washington y sus aliados desde entonces. Más aún, dado el hecho de que se enfrentaba a un entorno de profunda animosidad en contra del mismo. En el intenso proceso de transición política (hoy evidentemente fallido) protagonizado por la Primavera Árabe se evidenció la poca voluntad de intervencionismo directo por parte de Obama, aunque no sin dejar de tener un papel importante, tal y como lo demuestra James Mann en su libro, The Obamians, cuando utilizó, a solicitud de Sarkozy, sus bombarderos de ultramar para contener, y finalmente derrotar, a las fuerzas de Gadafi en Libia.

A reserva de analizar con cuidado el futuro papel de China, Rusia y otros actores frente a EU, podríamos adelantar que estamos quizá por presenciar la transición entre la visión mesiánica estadunidense hacia otra más acorde (y quizás hasta idealista, dentro de su marco realista tradicional) con los tiempos del presente. El pronóstico sobre el éxito de esta estrategia es reservado.  Lo que sí es indiscutible es que asistimos a una disputa intensa y por demás crítica entre el presente y el pasado acerca de cuál debería ser el papel de Washington en la evolución y/o replanteamiento del orden global tal y como lo conocemos. Partiendo de este enfoque, Estados Unidos parece empezar a reconocer desde el corazón del poder y de su nueva narrativa, que no se encuentra solo en el mundo y que, por ende, para la resolución de diversos problemas regionales y/o globales, se requiere de la intervención de diversos actores, llegando a la conclusión de que ni Washington puede resolver todos esos problemas por él mismo, así como tampoco el resto del mundo puede resolverlos sin él. De este análisis me ocuparé en subsecuentes colaboraciones.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut de la Freie Universität Berlin

miércoles, 2 de julio de 2014

El precio de la hegemonía (I)

José Luis Valdés Ugalde 29/06/2014 en Excelsior

En la película de Hitchcock Pero... ¿Quién mató a Harry?, todos eluden, desaparecen, ignoran o se asustan con el cadáver del asesinado Harry, tirado en un descampado inglés. El símil nos permite echar una ojeada al sistema internacional y la complejidad que la política exterior de EU enfrenta desde 2008. Hay un cadáver en potencia que nadie puede o se atreve a mover. Se trata del orden global y la cuestión de cómo enterrarlo, reinventarlo y/o revivirlo en estos tiempos convulsos y llenos de acontecimientos que nadie se esperaba que emergieran en un periodo de tiempo tan corto, desde los ataques terroristas en Nueva York en 2001, que modificaron los estamentos de los que se desprendía la relación entre actores estatales y no estatales.

Desde los tiempos del Imperio Romano, siempre ha habido beneficios pero también un alto precio por el simple hecho de ejercer un poder global, o al menos un poder hegemónico, en áreas y temáticas localizadas. EU no ha sido la excepción en este hecho. Se sabía que no todo iba a ser miel sobre hojuelas para Obama, quien en 2008 ascendió a la Presidencia del país más poderoso y tecnológicamente más avanzado del planeta. Desde que se postuló, se le percibió como un político con virtudes: olfato y audacia políticas, valor político y honestidad al expresar sus ideas y pensamiento renovador en medio de un establecimiento político desgastado, reiterativo, cuando no en creciente decadencia. Los obstáculos enfrentados en el frente interno y externo han sido desgastantes para el Presidente. Primero, su llegada a la Casa Blanca implicó que revivieran sectores ultramontanos del conservadurismo político y social estadunidense, al grado de que no es aún claro que Obama haya pasado la prueba xenófoba que éstos le impusieron cuando le exigían que documentara pruebas de su nacionalidad estadunidense, así como de su integridad moral e ideológica. Es de destacar que detrás de este racismo, muy en boga en EU, se escondía el miedo a un personaje cuyo proyecto reformista podía afectar los grandes intereses económicos y políticos del establecimiento estadunidense.

Así ocurrió originalmente cuando Obama lanza su propuesta de poder inteligente. Su propósito era cambiar el rumbo de la política exterior, trasladarla hacia el ámbito de la diplomacia y alejarla de la zona de conflicto y guerra de Bush. Aunque continuista en algunos temas de la política exterior, Obama logró transformar con relativo éxito la mentalidad de los estadunidenses, quienes, a su arribo al poder, ya habían pagado un precio alto en vidas humanas y déficit, desde que en 2003 Bush invadiera Irak. Así las cosas, Obama ofrece retirarse de Irak (ya vemos hoy que a un muy alto costo) y de Afganistán. En el primer caso, cumple su promesa, y en el segundo, aún quedan tropas de entrenamiento en territorio afgano, no obstante han disminuido su presencia militar.
La profundidad de la problemática que presenta el mundo global de hoy, desde el inicio del siglo, se ha recrudecido con la emergencia de múltiples brazos armados yihadistas que defienden su derecho a la verdad absoluta fuera de toda racionalidad. Siria, Irak, Irán, Arabia Saudita y, en general, todo el Oriente Próximo es el teatro de esta nueva guerra de posiciones entre sunitas y chiitas y, por tanto, entre Irán e Irak, y de éste contra Siria. El movimiento armado autodenominado Estado Islámico de Irak y el Levante, mejor conocido como ISIS, por su siglas en inglés, ha puesto en jaque al gobierno de Al-Maliki, ya no tan querido en Washington, ha provocado una dura reacción del régimen chiita en Teherán y ha tomado posiciones en la frontera entre Siria e Irak en forma por demás alarmante. Se trata de una crisis de enormes dimensiones que altera el orden regional, afecta la fallida transición en Irak, expone críticamente la seguridad global pero, sobre todo, le impone a Washington un drástico cambio de estrategia en su agenda original. A esta emergencia regional hay que sumar las agresiones que Putin ha emprendido contra otro orden regional estratégico para Occidente, Europa, en el nombre de un proyecto de recuperación de la Rusia imperial. Estos son los desafíos que enfrenta paradójicamente el Washington de hoy, que había intentado mostrar un rostro noble y amigable desde 2008. De esto nos ocuparemos en las siguientes colaboraciones.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

Twitter: @JLValdesUgalde

miércoles, 18 de junio de 2014

Un fantasma recorre Europa: la extrema derecha

Actores regresivos de la extrema derecha llegan al poder a grandes pasos...

No sólo el Tea Party en EU desequilibra la política. Actores regresivos de la extrema derecha llegan al poder a grandes pasos, ganan más espacios en Europa y nos dan una lección nada grata, por lo que supone el aumento de su perniciosa influencia en temas sensibles de la agenda política y social europea, como la migración, los derechos humanos, el racismo, el futuro de la democracia y la integración misma. Las elecciones al Parlamento Europeo fueron ganadas por partidos como el Frente Nacional (FN), de Jean-Marie Le Pen, que hoy, bajo la conducción de su hija Marine, pretendía mostrar un rostro más tolerante respecto de temas como el racismo y el antisemitismo, que han envuelto a los Le Pen en una gran polémica. Le Pen padre le acaba de aguar la fiesta a Marine en su estrategia por desdiabolizar al FN y definir a su favor la correlación de fuerzas en el Parlamento Europeo, al revelar su nunca oculta mentalidad fascista. Le Pen declaró que habría que “hornear” (en alusión a los hornos crematorios nazis) al cantante judeo-francés Patrick Bruel, por sus críticas a los Le Pen. No se digan otras afirmaciones de funesta categoría, como cuando declaró que los problemas de la inmigración africana se podrían solucionar por el “señor ébola en tres meses” o aquella que decía que la ocupación nazi de Francia “no fue tan inhumana”. El FN se coloca como la primera fuerza francesa con capacidad de ejercer fuerte liderazgo en Europa frente a los temas ya referidos. Así votaron los franceses, en protesta por el desempleo y contra la relativa tolerancia inmigratoria de Bruselas. Es tanto un triunfo de la intolerancia política como un fracaso de la izquierda y el centro moderado para hacer política de calidad. Ambas, malas noticias. Así votaron también en otros países, en donde ganan terreno otros partidos extremistas de derecha, como el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), el Partido por la Libertad holandés (PVV) o el Partido del Progreso noruego (PP). Intriga la persistencia del antisemitismo, del que creíamos curada a la política europea. Estos son partidos que no esconden sus fobias racistas. Además de antisemitas, son antiárabes y antinegros. Aun con la experiencia de la Alemania nazi en la memoria de al menos dos generaciones europeas, la sociedad y la política en Europa no son zonas libres de prejuicios y xenofobia. Prevalece así la intolerancia contra la anómala otredad, generalmente personificada por inmigrantes provenientes del sur del mundo, que se caracterizan por ser “no blancos” y, en muchos casos, con perfiles ideológicos, pero sobre todo religiosos, distintos a los occidentales (muchos de ellos también intolerantes, como el fundamentalismo islámico, dicho sea de paso). La paradoja: esto ocurre en las sociedades más avanzadas e ilustradas, y también con gran diversidad étnica y cultural. También es la evidencia del primitivo nivel de su política, más aún en tiempos de desencanto social, desempleo e incertidumbre económica, todo lo cual es aprovechado por sectores de la clase política, cuya narrativa evidencia torpeza e irresponsabilidad. El FN, el UKIP, el FPÖ, el PVV y el PP son antieuropeístas furibundos y lo que viene con ello. Los caracteriza una narrativa sectaria y excluyente. Aunque no necesariamente representan opciones de largo plazo ni sustentables políticamente, sí nos recuerdan los crudos tiempos en que este mismo discurso fue abanderado por Hitler. Desde su laberinto antitético, harán todo lo posible por perdurar. Su coalición (PPE) en el parlamento tendrá 212 escaños, contra 185 de socialdemócratas y 71 de liberales. Su mayoría representa un peligro para la estabilidad de Europa y el mundo de hoy. Preocupa principalmente el contenido antisemita de su discurso. De hecho, su gradual ascenso ha provocado una importante ola migratoria de judíos a Israel, que huyen de sus ataques que incitan al odio a sus seguidores y a otros sectores que, aunque minoritarios, han sido perniciosos para la armonía social. Podría ser que la Europa del siglo XXI no ha superado la cruda del Holocausto y no quiere perdonar a los judíos por éste. ¿O será, como lo pone el polémico periodista italiano Giulio Meotti: que “Europa no quiere vivir bajo la carga sicológica de Auschwitz por siempre: los judíos son recordatorios vivos del fracaso moral de Europa”?

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde

Migración y potencias. Canadá: doble rasero

José Luis Valdés Ugalde 01/06/2014

El boom migratorio alemán ha sido un puntal de su prosperidad; lo que nos lleva a la vieja discusión sobre un tema incomprendido y tratado con doble rasero por las potencias occidentales preeminentes. No es nueva la relación entre migración y riqueza. Menos cuando, como en el caso alemán, se calcula que 60% de su población laboral pasará al retiro en 2020. Ante el declive de su fuerza de trabajo, la inmigración es parte de la solución. Se calcula que los casi 400 mil inmigrantes llegados en 2012 catapultaron la economía de la locomotora europea y la posicionaron en el segundo puesto como polo de atracción entre las potencias (EU es la primera); y aun así, domina aquí y en otras naciones de la UE la xenofobia contra los inmigrantes, incluidos los de la UE. Complacer a la clientela es, en política, algo que generalmente traiciona las mejores causas.

Para los mexicanos es un tema de trascendencia dada la gran cantidad de connacionales que radican en EU, enriqueciéndolo económica y culturalmente, y de que más de seis millones aún esperan la prometida reforma migratoria de Obama que, por ahora, está en el congelador debido a las posturas retrógradas de la extrema derecha. En 2009 ocurrió un hecho que nos puso en alerta sobre los inconvenientes de la falta de claridad mexicana acerca de cómo establecer relaciones con nuestros socios norteamericanos, basadas en normas y acuerdos de corresponsabilidad claros y no en el voluntarismo político de las partes. Me refiero a la imposición de visas de Canadá a México, que no existía en el pasado. Si bien ya conocemos las razones, la decisión sorprendió por su agresiva unilateralidad. No queda claro cuándo eliminará Ottawa del todo esta penosa restricción, más por ser México uno de sus dos socios norteamericanos. Las repercusiones han sido varias: mansa respuesta mexicana al “imponer” visas a funcionarios y empresarios de Canadá y enrarecimiento de la relación; disminución del turismo mexicano y desconfianza hacia la política humanitaria canadiense. Como en el caso de EU, Canadá privilegia una conveniente tolerancia a aquellos que migran con capital a fin de hacerse acreedores a la residencia y eventualmente a su naturalización. También domina en su política de inmigración un doble rasero de histórica trascendencia, quizá poco conocido para quienes en México seguimos esperando de Canadá congruencia y mayor respeto. Efraim Zuroff publica en su libro Operation last chance un capítulo, “Los nazis bajo la hoja de maple”. Relata Zuroff, conocido como uno de los más destacados cazadores de nazis, que Canadá fue un santuario para excolaboradores del nazismo desde la segunda posguerra hasta al menos finales de los ochenta. En 1985, Canadá crea la Deschênes Commission (nombrada por el juez que la encabezó, Jules Deschênes) ante el rumor de que el doctor Josef Mengele, el siniestro “doctor de la muerte” de Auschwitz, podía estar en Canadá. Aunque nunca se probó plenamente la presencia de Mengele, en el reporte de la comisión se reconoce la posibilidad de que otros nazis “responsables de crímenes de guerra relacionados con las actividades de la Alemania nazi estén actualmente residiendo en Canadá”. Simon Wiesenthal, pionero en la persecución de nazis, que rechazó visitar Canadá por su negativa a juzgarlos, estimó que ese país albergaba aproximadamente tres mil criminales de guerra (similarmente a lo ocurrido en EU, Australia y Reino Unido). El desenlace es lamentable toda vez que la comisión y el gobierno canadiense se negaron en esencia a la persecución de los nazis bajo el argumento de que la comisión no había sido “‘creada para procesar uno o varios grupos particulares de canadienses’ o ‘revivir viejos odios que alguna vez existieron entre comunidades, las cuales deberían hoy vivir en paz en Canadá’”. No obstante, la comisión fue funcional: bajo presión política, actuó para encauzar procesos legales contra al menos 200 casos de criminales de guerra que, en todo caso, nunca fueron juzgados (la mayoría) ni sentenciados (ninguno) o desnaturalizados (sólo ocho, antes de 2009). La historia da muchos giros y Canadá no es actor de excepción: su excesiva vigilancia frente a la migración mexicana no es proporcional a su subterránea tolerancia ante la probada presencia en sus tierras de criminales perseguidos por su participación en el Holocausto.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
 Twitter: @JLValdesUgalde

domingo, 25 de mayo de 2014

#RegresenANuestrasNiñas

José Luis Valdés Ugalde 18/05/2014 en Excélsior


Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 (9/11), el mundo vive sumido en la intranquilidad. El estado de ánimo se caracteriza por ser de inquietud y tensión. El sistema internacional se enfrenta a nuevos desafíos y amenazas que no se preveían y para las cuales la arquitectura de gobernabilidad global edificada en la segunda posguerra ya no es funcional. El orden global ha sido invadido por actores no estatales y, en algunos casos, estatales, que no sólo nos ocasionan serias afrentas, sino que incluso pretenden dislocarlo. Las amenazas de lo local se potencializan con relativa autonomía, al tiempo que provocan crisis generalizadas que desestabilizan órdenes regionales completos e incluso el mismo sistema internacional. Lo fue así desde que EU fomentara —en aparatosa respuesta al 9/11— un conflicto en Irak que nunca se justificó y que representó un gran fracaso político-militar para Washington y sus aliados, que obligó a un giro radical de su política exterior y que tiene a Obama relativamente atado de manos hoy en día. Siria, Irán, Corea del Norte, África del Norte, Rusia, Ucrania y los países bálticos son algunas de las naciones y regiones que impactan la vida subregional a la que pertenecen. También amenazan la seguridad internacional.

África, el continente olvidado, aunque hoy utilizado en forma malsana como proveedor de materias primas por China y otras potencias, pone de nuevo de manifiesto el potencial grado desestabilizador que una crisis local en Nigeria le impone a esa región africana, así como al mundo entero. La campaña iniciada en Twitter #BringBackOurGirls (regresen a nuestras niñas) ha invadido las redes sociales en forma inédita. El secuestro de 200 niñas y estudiantes nigerianas (y las otras muchas secuestradas antes, no se diga las víctimas asesinadas) por los hiper-extremistas islámicos del grupo Boko Haram sienta un precedente grave acerca de cómo grupos radicalizados dentro de esa nación y región africana pueden atentar contra las reglas de convivencia civilizada que la mayoría del mundo quiere para sí. Igualmente, la campaña, que ha presionado, pero también puesto en evidencia, por su indiferencia, al gobierno nigeriano y sus aliados occidentales, se origina en la sociedad civil nigeriana y es luego retomada por la sociedad civil global; a la misma se han adherido personalidades de la talla de Michelle Obama. No deja de impresionar que sea de nuevo la gente a la que se debe el Estado (y no al revés) la encargada de exigirle justicia y atención a este mismo Estado acerca de su responsabilidad por un evento que tiene ocurriendo por lo menos desde 1995, cuando empezó a operar con tácticas similares Boko Haram, bajo el nombre de Shabaab. La traducción literal del nombre de esta organización terrorista, a la que se han opuesto incluso otros grupos islámicos, es: “La educación occidental es pecado”. De nueva cuenta emerge la intolerancia más que ignominiosa del extremismo islámico en contra de los derechos de las niñas o mujeres que se atreven a cursar sus estudios. Este primitivismo ya se había evidenciado en el pasado. Recordemos el atentado sufrido en octubre de 2012 por la niña activista paquistaní Malala Yousafzai —a manos de un pistolero talibán—, quien después de haber sobrevivido, se convirtió en un símbolo mundial. O el envenenamiento de 120 niñas en mayo y 100 en julio del mismo año, también por los talibanes, en escuelas de Afganistán. El atentado de Boko Haram no es sólo contra estas niñas inocentes y sus derechos a la ciudadanía universal plena, sino contra todos nosotros. Es un agravio antihumanitario e intolerable. De esta trágica saga de eventos podrían resultar dos hechos que serían beneficiosos: que el Estado nigeriano se reforme y corrija, y elimine de sus entrañas la enorme corrupción y su presumible complicidad con Boko Haram, y que ésta última (y sus pares en el resto del globo) quede expuesta ante el mundo de tal forma que se logre extirpar para siempre del mapa nigeriano, africano y global. Con estos dos resultados óptimos, el sacrificio doloroso sufrido por las muchas víctimas de todos los fanáticos extremistas de esta estirpe podría, al menos, resultar parcialmente redimido.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

Twitter: @JLValdesUgalde

miércoles, 7 de mayo de 2014

El Papa audaz y sus dos papas santos

José Luis Valdés Ugalde 04/05/2014, en Excélsior


El papado de Juan Pablo II (JPII) demostró que el jefe de ese micro Estado romano era el mayor movilizador de masas del globo. Se trató de una muy eminente figura de poder político, abrigada por la aureola de lo sagrado y cuya vigencia y relevancia es inalterable hoy. Su grey, aunque perturbada por diversos y graves escándalos, se mantuvo fiel a su jefe e institución. No obstante, desde su muerte y reemplazo por el hoy Papa emérito, y teólogo eminente, Joseph Ratzinger, la Iglesia católica entró en una de sus más intensas convulsiones modernas, debido a las cuales muy probablemente hubo de renunciar Benedicto XVI, cansado y presionado por todos lados, hecho por cierto inédito en la historia vaticana.
El papa Francisco, como lo demostró en el reciente acto de canonización de Juan XXIII (JXXIII) y JPII, no ha sido la excepción de este poder de liderazgo, muy a pesar (o quizá debido a ello) del aparente bajo perfil con que inicia su papado. Razones de esto hay varias y son de gran significado. Francisco toma el control de un papado en crisis, de la cual es tan consciente que afirma, en una entrevista reciente: “Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla”. Así, envuelto en escándalos no menores, como la corrupción del Banco del Vaticano y los escándalos de pederastia respecto a los que se mostró una grave desatención por parte de JPII y después de Benedicto XVI, el papado de Francisco finca rápidamente bases capitales hacia la reforma de su Iglesia. Reorganiza el Banco Vaticano y se ve obligado a finiquitar el proceso de beatificación de JPII que Ratzinger había dejado apuntalado, en gran parte por las presiones de la derecha vaticana que considera a JPII —y no en balde— como un ícono de sus causas. En tal situación, el Papa, obligado a mantener cierta continuidad con su antecesor, pero también comprometido con sus ofrecimientos de justicia respecto a los problemas ya mencionados, además de otros, como la homosexualidad (sobre esta ha declarado: “No es posible una injerencia espiritual en la vida personal”), la pobreza y desigualdad globales, el papel de las mujeres en la Iglesia y otros más, se ve ante la necesidad de ejecutar un acto audaz y conciliador que reúna a los otros sectores de la Iglesia, más progresistas que los que respaldaron a Wojtyla. Es así que decide reivindicar la figura de JXXIII, el “Papa bueno” y responsable de haber encauzado a la Iglesia católica por la senda de la renovación, a través del Concilio Vaticano II.

La doble canonización es un lúcido acto político del Papa, de la mayor trascendencia para la recuperación de la credibilidad y estabilidad de la Iglesia católica, que todavía no logra acordar ponerle fin a su ensimismamiento sobre temas como el aborto, el uso del condón y el de la píldora, y los matrimonios gay. Podría parecer una contradicción que un líder espiritual y político de tal potestad, como el Papa, quisiera afianzar el poder de una Iglesia cuya vertiente más conservadora se esfuerza en combatir. Sin embargo, todo parece indicar que hay consenso de que será sólo por la vía de la moderación que lo logre; además de que con esto puede ofrecer como paradójico resultado la obtención de un poder mayor para el Vaticano, toda vez que capturaría la atención de aquellas minorías despreciadas y maltratadas por la Iglesia católica y hoy recuperadas por el nuevo Papa. Por ahora, Francisco ha logrado conciliar dos ideas de lo sagrado y lo terrenal en los dos nuevos santos, que aunque bipolares, también se tocan. Se trata de un acto de reconciliación que puede impactar importantemente al mundo global. Si atendemos al hecho de que más del 17% de la población mundial, en una muy diversa y heterogénea distribución de países y regiones, es católica, cabría esperar que la nueva narrativa vaticana pudiera ser útil para atenuar o incluso contener los grandes problemas globales como el hambre, la inseguridad y el conflicto entre actores estatales y no estatales. En este sentido, el liderazgo del papa Francisco puede ser una fuente de inspiración significativa para coadyuvar a la moderación de los calamitosos extremistas, secularizados o no, que en su abundancia y beligerancia atentan contra la paz, el progreso y la estabilidad del sistema internacional.

Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde

Ucrania: a Rusia, sin amor

José Luis Valdés Ugalde 20/04/2014 en Excélsior


En 1990, el debate más importante en el ámbito europeo e internacional era la reunificación de Alemania. La historia había dado un vuelco radical: los arreglos de la Guerra Fría y las perspectivas de distensión global eran más ciertas que nunca. El Pacto de Varsovia se disolvería un año después y la bipolaridad nuclear entre EU y Moscú llegaría a su fin. Desde hace 70 años, Moscú ha ofrecido repetidamente respetar la soberanía e integridad territorial de todos los estados. Lo hizo desde 1945, cuando firma la Carta de Naciones Unidas; también en 1975, cuando suscribe el Acta Final de Helsinki; y finalmente lo consagra en 1997, cuando se acuerda el Acta Fundacional OTAN-Rusia. Desde ese año, Rusia se acercó a Occidente y se convirtió en un socio proactivo que parecía empezar a compartir con la UE y EU la preocupación sobre algunos de los asuntos regionales y globales que le concernían por su cercanía a sus propias fronteras y también a las de Occidente, por tener intereses estratégicos de posguerra fría en esas mismas fronteras con Rusia. Tal ha sido el caso de Irán, Siria y el conflicto árabe-israelí, entre otros eternos pendientes regionales. Incluso la típica guerra propagandística, muy característica del socialismo real y mucho más del estalinismo, bajó su perfil e intensidad ofensiva, al tiempo que se adaptaba relativamente a reglas de transparencia iniciadas y encauzadas por las potencias occidentales en su proceso de negociación con miras a la consecución de acuerdos internacionales. A Moscú le urgía ser parte de un mundo respecto del cual no sentía pertenencia. Tenía, en el fondo, la necesidad política y económica de ser aceptada y reconocida en el seno del concierto global, con el fin de no quedarse fuera del club de los industrializados.

Ahora todo ha cambiado. Rusia invadió Crimea y ganó para sí un referéndum a punta de pistola e inició un inédito y acelerado desprestigio mundial. Ahora mismo está cercando peligrosamente el este de Ucrania con miras a obtener, en el nombre de un federalismo que no aplica para sí, una nueva cesión territorial, aunque esto signifique la partición de la nación ucraniana. La militarización de la frontera este de Ucrania significa una escalada rusa fuera de toda proporción, convención o raciocinio. No está sustentada ni por el apoyo mayoritario del pueblo ucraniano ni por el consenso de la mayoría de la comunidad internacional. Se trata de un capricho del expansionismo geopolítico trasnochado de Putin, que pretende doblegar la voluntad y opinión pública internacionales para, eventualmente, apoderarse de una parte o del todo ucraniano. Ante esta decisión, Moscú quizá ya no detenga la escalada por temor a ser percibida como débil, algo que para el machismo de Putin es inadmisible. En todo caso, las sanciones de EU y la UE continuarán su curso sin garantías de que Putin recule. Por lo pronto, la OTAN ya empezó a movilizarse por tierra, mar y aire, como lo indica el protocolo de disuasión. Las crecientes críticas (incluso por parte de la opinión de la gente dentro de la zona de conflicto) a las milicias separatistas prorusas, que con el presumible apoyo moscovita están desestabilizando y provocando un muy profesional gran caos, se vuelven unánimes. Putin escandaliza con la clásica estrategia conspiracionista del viejo orden y manda a su conserje, el primer ministro Medvedev, a amedrentar: “Se ha derramado sangre en Ucrania. La amenaza de guerra civil se asoma”. Como último objetivo, pretenden en realidad abortar las elecciones extraordinarias de mayo en Ucrania. Entretanto, Obama y Merkel, aparentemente sin ablandarse, optan por la vía diplomática como única salida a un conflicto de clara factura rusa. Esperemos un desenlace amable. Después de todo, el futuro de toda Rusia frente a Europa y EU está en juego, y Putin ni es Rusia ni será, por fortuna para Rusia y el mundo, un presidente eterno; eventualmente se irá. De hecho, de que no sea eterno y de que esta tradición nefanda del putinismo sea remontada, dependerá en gran medida el futuro del progreso político y la modernidad económica de Rusia; así como de la estabilidad y paz europeas que, por lo visto, a Moscú ya no le están conviniendo mucho y que hoy perturba debido a sus bajos registros económicos y democráticos, que pronto enojarán más a su clientela cautiva y pondrán en peligro la continuidad de su élite gobernante y su nada sutil ruleta rusa.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität    Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde

domingo, 6 de abril de 2014

De democracia y sintaxis atormentadas

José Luis Valdés Ugalde 06/04/2014, en Excélsior

Mis últimas contribuciones sobre la cuestión rusa y el autoritarismo de Putin como factor desestabilizador del sistema europeo e internacional han provocado respuestas encolerizadas de algunos de los lectores, que son de llamar la atención. Más aún porque recurren al epíteto y al insulto, y no al argumento para rebatir mis razonamientos. Son voces que más que indignadas o pensantes, representan la evidencia de una sintaxis atormentada, intolerante e incivil, que incluso los ayatolás más conspicuos de los extremos políticos ya han abandonado. Son voces que no creen ni quieren vivir en la democracia. Su exceso sintáctico se revierte contra la voluntad original que perseguían en su momento, lo cual las autodescalifica enteramente. Una de ellas refiere que “el putinismo que condena se traduce en la más fiel, auténtica y contundente expresión de democracia en la que los ciudadanos de un país (Crimea) fueron consultados y decidieron libremente y sin presión de nadie su destino, y formar parte de Rusia. No quisieron estar sometidos al imperio capitalista de EU y la UE en la que sus miembros están en la más espantosa crisis económica y de desempleo”. Ignoro en qué fuentes basa uno de mis críticos, autor de este enunciado, sus sentencias, pero hasta hoy, todos los indicadores anuncian un decrecimiento de Rusia que apunta al 1.3% y la aparición muy probable de una pronta recesión. En este espacio argumenté, en anteriores colaboraciones, que los BRICS (Rusia, uno de ellos) han dejado de crecer y que tanto EU como la UE verán un repunte relativo en su crecimiento y recuperación. La idea de que la UE “vive su más espantosa crisis económica” no la acepta ni el más sectario de los economistas serios.

Necesaria esta acotación, por lo preocupante que resulta la muy infundada y fanática noción que se tiene de los más vivos problemas locales y mundiales desde esas trincheras, que no han superado aún la tullida narrativa de la Guerra Fría. Son también preocupantes porque impactan la calidad del debate en México y en otras partes del mundo (otro de mis críticos parece pertenecer a la Universidad de Nuevo México). Todo esto ocurre cuando existe consenso en contra de las acciones antidemocráticas de Putin, cuando Maduro escala la represión y la intransigencia autoritaria del chavismo con la inaudita complicidad de democracias como Brasil y Uruguay. Respecto del caso venezolano, como en el ruso, también hay consenso en que la política antidemocrática acompaña el fracaso económico que ha convertido a ese país en un polvorín. No hay individuo juicioso que acepte que se trata de dos casos de democracia política y economía eficiente y funcional. En democracia, se requiere ofrecer la diversidad de opciones que merezca la demanda social y, en consecuencia, contar con la libertad para votar por ellas. Por su parte, una economía eficiente y próspera es aquella que se ocupa, al tiempo, de cuidar los indicadores macroeconómicos, de lograr una distribución económica que tienda a la equidad y al bienestar de la gente. Una economía que no crece y carece de regulaciones distributivas eficientes, como ocurre con Rusia y Venezuela, provocan tanto el fracaso económico como el político. Está demostrado que desde el putsch nazi, en los 20, que devino en el bestial fascismo, cuya memoria aún lastima a Europa y al mundo, como desde los tiempos del totalitarismo estalinista y las dictaduras globales, así como de los excesos militaristas y del capitalismo salvaje, que de 2001 a 2008 hundieron a EU en una de sus peores crisis políticas y económicas, el extremismo analítico, discursivo, o el del ejercicio del poder son en sí mismos reflejos totalitarios, no admisibles en el marco de la convivencia civilizada. Tienen garantizado su fracaso. Ejemplos, aparte de los mencionados, hay muchos. Ya abundaremos sobre ellos y ojalá que no se repitan en su peor versión golpista y belicosa. Willy Brandt, el político alemán más talentoso de su generación y fundador de la Ostpolitik, basó todo su quehacer en el principio de la tolerancia democrática, que determinó la recuperación democrática europea y económica alemana. Su vivo legado nos reconcilia con las palabras de Max Weber: “Toda experiencia histórica afirma que uno no obtendría lo posible, si en este mundo lo imposible no fuera buscado una y otra vez”.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
              
                Twitter: @JLValdesUgalde
 

El Putinismo caliente

José Luis Valdés Ugalde 23/03/2014, en Excélsior


Del pésimo sentido del humor con que nos castigó Hugo Chávez, pasamos a la gélida falta del sentido de la historia de un zar ruso procedente de tiempos por definir, pero que para él son todavía los calientes de la Guerra Fría. Vladimir Putin, que de estadista sólo le queda la corbata, se nos pone glacial y caricaturesco, y cual nuevo zar hipersovietizado demuestra vivir en otro mundo como bien dijo Angela Merkel. Si Nikita Kruschev, ya inoculado de estalinismo, se embriagó sin parar, ahora Putin demuestra seguir crudo y zarista y soviético, valga la repetición. Después del secuestro de Crimea y parcial de Ucrania, y las ulteriores sanciones en proceso decididas por Washington y la UE, el déspota ruso se calienta y escala, ahora en la zona de influencia estadunidense, América Latina, nunca antes considerada zona de peligros globales desde la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, en Octubre de 1962. Tácitamente, el envío de buques de guerra y bombarderos de largo alcance tiene como propósito aprovecharse de aquellos Lilliputs latinoamericanos que continúan con su primitiva narrativa de Guerra Fría con el propósito de amenazar a EU y, de paso, al resto del continente. Si estos países, empezando por Cuba, se dejan utilizar, habrán permitido a Moscú incorporar caprichosamente una variable a un conflicto muy ajeno a nuestras tierras. Allá ellos y la OEA si aceptan este inesperado secuestro ruso y permiten que se nos utilice como carne de cañón por un personaje de la peor calaña. Las grabaciones secretas que Kennedy recopiló de las reuniones del ExComm (The Executive Committee of the National Security Council) durante “La crisis de octubre”, mueven a deducciones aplicables a estos tiempos: Kruschev blofeó, pero fue hábil y cauteloso dada su inferioridad nuclear, y al final cedió a la frialdad de Kennedy, al bloqueo naval de EU, y a la aceptación de EU de retirar sus ya caducos misiles Júpiter de Turquía; y de paso engatusó a Fidel al decidir unilateralmente el desmantelamiento de las instalaciones soviéticas en la isla y su retirada final. La condición: que EU nunca atacaría a Cuba militarmente. El desparpajo de ambos líderes rusos es elocuente. Sólo que Kruschev, él sí hombre de su tiempo, era astuto y consciente de no querer una guerra que habría perdido en cualquiera de sus etapas y hubiera sido de exterminio nuclear. Así se lo dijo a Castro cuando lo consoló: “No hay duda de que el pueblo cubano hubiera peleado con coraje o que hubiera muerto heroicamente. Pero no estamos peleando en contra del imperialismo para morir”. Mientras nos enteramos del verdadero peligro que la incursión caribeña de Putin tendrá (prueba de fuego para la política exterior mexicana, por cierto) habrá que atender el verdadero problema que con estas acciones Moscú trata de ocultar.

Por más sanciones que se impongan a Moscú, EU y la UE van a tener que ceder ante esta nueva e inesperada realidad geopolítica y aunque con remilgos, dejar a Putin hacer su voluntad en Crimea. El resultado probable podría ser que Ucrania se incorpore a la UE anticipadamente y madrugar a Moscú. Aunque Putin haya ganado la partida en Crimea a punta de fusil, el referéndum fue un hecho irregular que, dadas las condiciones de intimidación, podrá resultar aplicable más no democrático. Lo trascendental será: Washington y la UE podrían asegurar que Ucrania se vuelva el muro de contención de Occidente en Europa ante futuras incursiones expansionistas del Moscú del Putinismo. Una vez que se acepten estos dos hechos y que Ucrania normalice su debacle político-económica se pondrá más en evidencia el desastre político-económico que es Rusia. Tanto la cuestión de Crimea como el impacto de las sanciones se encargarán de evidenciar esto. También se podrá atemperar el grado de confianza en Moscú y el alcance de su compromiso para mantener la estabilidad del sistema internacional que está amenazando. Será en este momento cuando podamos medir las implicaciones de la incontinencia soviética de Putin y de su calentura geopolítica; y también su muy posible y estrepitosa derrota político-militar. Nadie olvida que Putin ha expresado que la desintegración soviética fue lo peor que pudo haber pasado a su país. Esto lo afirma 15 años después de que acabó la Guerra Fría y Moscú perdió el mando global. Si la astucia de Kruschev le permitió la sobrevivencia política, la manifiesta e inculta inconsciencia histórica de Putin (amago caribeño incluido) podría ser el principio de su fin.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

sábado, 15 de marzo de 2014

Putin, el soviético

José Luis Valdés Ugalde 09/03/2014, en Excésior


Después de los juegos de Sochi, en vísperas de los paraolímpicos de invierno y de la que se augura como fallida cumbre del G8, todos en la misma sede, vemos a Vladimir Putin batallando en contra de lo que podría ser una potencial derrota diplomática en el frente internacional. Esto debido a la rápida evolución de la crisis en Ucrania, una vez expulsado su protegido, el cleptócrata presidente Víktor Yanukóvych, y ahora agudizada por las implicaciones de la invasión rusa de la península de Crimea, extensión territorial de esta república exsoviética. Si bien los olímpicos transcurrieron sin incidentes de gravedad y Putin pudo ganar terreno político y salvar cara ante la comunidad internacional, muy a pesar de la represión a la disidencia y a la apremiante crisis económica, el conflicto en Ucrania lo tiene sumido en un laberinto político y se presenta muy probablemente como una gran prueba de fuego para su gobierno.

Se cuenta que en 1954, en una noche de tormentosa borrachera, Nikita Kruschev decretó la cesión de Crimea a su dominada vecina Ucrania. Desde entonces, Crimea (cuya población en su mayoría es rusa, un cuarto es étnicamente ucraniana y el resto son tártaros) fue zona del influencia del poder soviético-ruso, al tiempo que representaba el único acceso de Moscú al Mar Negro y, en consecuencia, su puerto central para conectarse con el Mediterráneo, África del Norte, Europa central y el Oriente Medio. Después de la disolución soviética, esto no cambió y Crimea seguiría siendo el puerto de salida rusa al mar y la extensión geopolítica más importante para el Kremlin. Esta es, nada menos y nada más, la significancia estratégica que tiene para Moscú el territorio tomado por asalto. No obstante, la Ucrania de hoy, aunque aún plagada de los viejos vicios heredados por la tradición soviética, está compuesta por 46 millones de habitantes, con una sociedad civil urgida de cambios, de independizarse del yugo exsoviético y de un acercamiento mayor con la UE, con miras a convertirse en una de sus partes. Esta república tiene una relevancia significativamente nueva y radicalmente diferente para Europa. Su vecindad con cuatro países europeos, incluida Polonia y por añadidura con la locomotora Alemana, convierten a la crisis de ese país ya no sólo en un problema ruso, sino europeo e internacional. Por su parte, Putin ve y considera a Ucrania y a Crimea no en forma tan distinta a como lo hacía el Kremlin de la Guerra Fría: en una extensión clave de los antiguos feudos geopolíticos de la era soviética. En este sentido, Putin representa, además de al siniestro sistema de inteligencia y espionaje al que perteneció en los viejos tiempos (la KGB), también a las añejas tradiciones imperiales soviéticas. En este terreno, no veremos en esta crisis a un Putin que siquiera simule ya sus obvios impulsos autocráticos, sino a un muy decidido liderazgo que ante su frágil existencia política, se jugará todo por mantener la vieja influencia soviética en esa región e intentar anexar Crimea a Rusia (de ahí su apoyo al referéndum sobre su secesión promovido por parlamentarios crimeanos), salida que sería, quizá ahora que ya perdió Ucrania, la única solvente para la UE y EU. Y es por esto que ha sometido a los aliados occidentales y al sistema global a una presión extraordinaria, cuando no quizá a un severo chantaje. A pesar de las posibles sanciones que se aplicarán a Rusia, Putin, como buen jugador de casino, sabe que tiene el poder del veto energético contra una dependiente Europa del gas ruso y que se trata de un momento en que está en juego, entre otras grandes asignaturas en la que Rusia es necesaria, el acuerdo del G5+1 con Irán y la estabilización de los conflictos en Oriente Medio, empezando con Siria. La estabilidad de Europa queda incluida en sus lances. Es por esto que apuesta alto en un esquema de juego de suma cero. No obstante, la única solución será la diplomática, sin que esto necesariamente implique (aunque haya cesión de Crimea a Moscú) que se deje a Putin salirse impunemente con la suya. Lo cual incluye pensar que todas las medidas ideadas (boicot del G8 incluido) conduzcan a conservar la estabilidad de Ucrania (sin Rusia interponiéndose), de Europa, de las regiones aledañas y del sistema global. En suma, se trata de no ceder ante el chantaje impuesto por Putin, el secuestrador soviético.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

Twitter: @JLValdesUgalde