domingo, 7 de septiembre de 2014

¿Putin el travieso o bandolerismo ruso?

José Luis Valdés Ugalde 07/09/2014

Todos quienes nos hemos inconformado y en consecuencia, escrito críticamente en contra del intervencionismo de Estados Unidos durante el siglo XIX y XX, particularmente en la subregión latinoamericana, no podemos hacernos ojo de hormiga respecto a nuevas formas de intervención en otras regiones del mundo que impactan el derecho internacional para mal, pero sobre todo en la soberanía e integridad de otras naciones, y el orden y la seguridad regionales. Me refiero a algo que desde Alemania se palpa con mucha más nitidez quizá que desde las Américas. Tal es el caso de la crisis de seguridad para Europa que se ha generado en Ucrania, donde Rusia ha montado una estrategia de escalamiento del conflicto de largo aliento, cuyo montaje escénico tiene mucho de farsa y de tragedia. El ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov se la ha pasado clamando retóricamente por la necesidad de presionar al gobierno de Ucrania para pactar un alto al fuego sin condiciones. E insiste: “Sería muy importante emplear la influencia y, en general, las posibilidades de EU para mostrar que hay que dejar los intentos de resolver la situación por la vía militar para pasar a un proceso político”.

Al tiempo que el ministro declara esto, Putin no condena las acciones de los insurgentes pro rusos en Ucrania, no acepta el involucramiento de sus tropas en el conflicto, aún no aclara en dónde andan los más de mil reservistas que presumiblemente están en Ucrania, no les responde a las familias de los miembros de los más de cuatro batallones blindados, que le reclaman a Putin por su pronta aparición. Particularmente interesante es el caso de los miembros pertenecientes a la 76 División de Paracaidistas de Pskov. Según evidencias periodísticas rusas como la de Alexei Semynov, de un periódico local de Pskov, así como de otras del diario Gazeta Novaya que visitaron el cementerio de Pskov, se ha podido comprobar la existencia de más tumbas de soldados de esa división fallecidos a lo largo del mes de agosto. Como muchos de los integrantes de su división, este batallón dejó de comunicarse con sus familiares desde mediados de ese mes. Por otro lado, los cadáveres de los caídos han sido entregados a sus familias sin más noticias sobre las causas ni el lugar de su muerte.

Aún así, Moscú sigue negando su involucramiento militar, cuando la ONU, la UE (que está a punto de imponerle nuevas sanciones) y los medios de comunicación y otras organizaciones, han mostrado a Rusia como un franco agresor y responsable de romper el pacto de posguerra fría, acordado con la OTAN, la UE y EU con miras al establecimiento de relaciones cordiales que contribuyeran a la distención mundial que provocó el largo periodo de guerra fría. Más aún ya estimuló un realineamiento de las fuerzas de la OTAN, que incluso ha creado una no prevista nueva fuerza de respuesta rápida y toma posiciones militares que cada vez se acercan más a la zona de conflicto. De pasada se anuncia que se negocia un alto al fuego entre Petro Poroshenko, presidente ucraniano, y Putin, que el Kremlin niega “porque Moscú no es parte involucrada en el conflicto”, lo cual nos muestra otra vez el grado de cinismo al que los rusos pueden llegar. Si Moscú reincide y vuelve a romper los acuerdos como lo ha hecho en el pasado, tendríamos que aceptar que por la vía este tono esquizofrénico Moscú articula una estrategia por demorar la solución a un conflicto en el que evidentemente la Federación Rusa está involucrada. Se trataría de un nuevo caso de bravuconería y bandolerismo que no conocíamos desde Hitler cuando en 1939 invade Polonia y provoca el inicio de la Segunda Guerra Mundial, y que no se le había visto a ninguna de las potencias actualmente dominantes en el tablero global. China, incluso, ha actuado con moderación, cumpliendo con la etiqueta diplomática en forma correcta frente a esta crisis.

Así las cosas, todo lo que han provocado las travesuras poco inocentes de Putin en Ucrania ha sido un escalamiento que ha producido un realineamiento de actores internacionales en su contra, una amenaza a la paz regional y global y una percepción cada vez más aguda de que no se puede ya ver y tratar a Moscú como un actor confiable, al que se le suponía como un actor estatal consciente de sus responsabilidades internacionales.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

lunes, 25 de agosto de 2014

Obama ante la adversidad

José Luis Valdés Ugalde 24/08/2014

A la memoria de mi entrañable amigo,
                Mario González Lardizabal.

No esperaba el presidente Obama vivir un fin de ciclo tan atribulado. Sobre todo en lo que se refiere a sus principales proyectos de política interna como exterior. Se enfrentó a un sistema político que en muchos de sus intersticios va ya en contrasentido con los principios de la democracia liberal. Hay en su gestión, como en todos los asuntos del poder del Estado, errores y aciertos. Pero nunca antes, quizá desde la Presidencia de JFK, estos estuvieron tan vinculados con la disfuncionalidad tan desafortunada que esa admirada democracia ahora arrastra. No hay nación en nuestros días que no sea racista. Es el gran tema de estos tiempos y de otros pasados, desde la ilustración y los tiempos de la Colonia. La simulación al respecto no es la excepción. A diferencia del caso mexicano en donde la existencia del racismo se niega a pesar de que es un cáncer social muy extendido, en EU se trata de un tema que si bien persiste en la vida social, se discute abiertamente en diversos foros con una mucho mayor apertura que en otros países desarrollados o en vías de desarrollo. Con la llegada de Obama a la Presidencia en 2008 se pensaba que la vida política y social habían llegado a un estadio posracial. La notable elección de un hijo de un keniano y de una mujer blanca, parecía abrir brecha, en una nación acostumbrada a guerras culturales de alta intensidad, para instaurar una nueva forma de vida y de conciliación en la interacción en el seno de una sociedad pluriétnica y tan diversa como la de EU.

No obstante, desde el principio fuimos testigos del rechazo de sectores recalcitrantes de la sociedad y la política de EU, que, ofuscados por la llegada de un negro a la Casa Blanca, que se suponía que nunca iba a ser ocupada por nadie que lo fuera, se opusieron a muchas de sus propuestas de política interna y exterior. Aducían que se trataba de políticas de dudosa factura por ser “dudosos” también muchos de los antecedentes de la biografía de Obama, incluido su nacimiento en territorio de EU (no cabe duda de que los extremismos están condenados a la derrota por su adicción a la mentira). La oposición de un sector de los republicanos indignado con su llegada al poder, a su reforma de salud y a su política exterior que en lo general se guía por una estrategia de poder blando, ocultaba en su argumentación, el contenido racista y discriminatorio contra un Presidente al que no se le ha acabado de conceder el derecho a “pertenecer”, por más méritos que tenga, al establecimiento estadunidense. Signos estos de la grave patología discriminatoria que se sufre en EU.

El asesinato del joven negro Michael Brown, en Ferguson, Missouri y los sucesivos acontecimientos que hicieron explotar en pedazos la paz social, rememoran otros del pasado en que las fuerzas policiacas han actuado con saña en contra de afroestadunidenses o hispanos; también representan un golpe directo a la política de conciliación de Obama y la apertura de un nuevo frente de conflicto con un sector social con el que está hermanado. Es de sospechar que un alto contenido racista turbó la mente del agente policiaco Darren Wilson cuando le disparó ocho veces a Brown, dos en la cabeza. Eso lo dirá la investigación. Lo cierto es que 65% de la población afroestadunidense cree que la policía ha ido demasiado lejos con la muerte de Brown y en la respuesta represiva contra las protestas. Es de hacer notar también, según datos de 2012, que en EU las muertes a manos de la policía es de 409, mientras que en el Reino Unido y Japón son de cero y en Alemania, sólo de ocho. En promedio, la policía en EU mata a una persona por día. Esto abona al debate sobre la relevancia de la segunda enmienda y la necesidad de desarmar a una sociedad con un peligroso espíritu guerrero.

Hay varios ángulos desde los cuales valorar la crisis que Ferguson representa en el corto plazo. Lo cierto es que se trata de una herida más a una comunidad mayoritariamente afroestadunidense. Lo peor es que se arriesgan las relaciones raciales en un tiempo en que la que se convertirá en minoría será la población blanca, que será superada en números por la hispana y la negra. Esta es una gran razón para descriminalizar la acción policiaca y despojarla del fuerte contenido racista que la orienta.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

¿Volver a Irak?

José Luis Valdés Ugalde 10/08/2014

Después de haber despejado en 2011 el teatro de guerra que abrió Bush con la invasión, Obama parecía abandonar para siempre Irak. Hoy EU ha autorizado operaciones militares quirúrgicas para detener los delirios califatos del ISIS o Estado Islámico en Irak y el Levante, y su ofensiva genocida en contra de quien se le atraviese. Entre otras cosas, esto ha provocado la migración masiva de población civil que se ha refugiado en el Monte Sinjar en el noroeste de Irak y la muerte de unos 40 niños, según UNICEF. Esta migración forzada está compuesta por más de 40 mil yazidíes, una confesión que mezcla zoroastrismo, cristianismo e islam. Este segmento de población ha quedado atrapado en el frente de guerra del extremismo islamista. Además, los islamistas del ISIS ya han capturado desde junio la ciudad de Mosul, la segunda en importancia del país y han avanzado hacia localidades cercanas a Bagdad.

Precisemos, pues, el grado de amenaza que representa esta facción terrorista  islámica y que llevó a una decisión estratégica, pero nada cómoda para Obama en estos momentos en que su administración había logrado librarse de un conflicto al que se opuso desde que era senador y del que prometió librarse como Presidente con un plan de retirada. Aparte del genocidio real que está provocando esta ofensiva terrorista, los combatientes del ISIS anunciaron que todas las mujeres de edades comprendidas entre los 11 y los 46 años en Irak sean sometidas a mutilaciones genitales, informó la ONU. Unas cuatro millones de mujeres podrían verse afectadas por la decisión. Aunque la mutilación genital es practicada en algunas regiones de África, Oriente Medio y comunidades asiáticas, la ablación femenina no es frecuente en Irak. No obstante, los islamistas sunitas del ISIS han ordenado la mutilación genital de estas mujeres como —dicen— se hacía antiguamente en la ciudad santa saudí de Medina. “Es una fetua del ISIS”, declaró en Irak Jacqueline Badcock, número dos de la ONU en el país. La funcionaria indicó que desconoce el número exacto de mujeres afectadas, pero citó cifras del Fondo de Población de las Naciones Unidas, según el cual “cuatro millones de niñas y mujeres podrían verse afectadas”. Además, el líder del grupo jihadista Abu Bakr al Bagdadi, ha ordenado practicar la medida y explica que esta orden “es de obligado cumplimiento en todas las localidades y regiones”, bajo el control de los extremistas. Justifica la medida por su empeño en “cuidar” a la sociedad musulmana y evitar “la expansión del libertinaje y la inmoralidad” entre las mujeres. Por ese motivo, además de exigir que se practique la mutilación genital a las mujeres, el grupo armado ha impuesto el velo integral a las mujeres de Mosul bajo la amenaza de ser castigadas severamente. Como colofón al Bagdadi, puso como ejemplo un “hadiz” (dicho) del profeta Mahoma, que cuenta un encuentro que tuvo un día con una mujer que se quejó de que le hubieran hecho la ablación y él le respondió que era bueno para ella. Tal cual.

De esto se trata el “nuevo” Irak que le heredó EU al mundo y a sí mismo y con el cual ahora tiene que lidiar recurriendo a la estrategia de guerra limitada para confrontarlo en nombre de la seguridad y de la preservación de los derechos humanos. Irak es un Estado fallido en una zona crítica con una célula que amenaza con el derrocamiento del también fallido Al-Maliki y de atentar en contra de objetivos occidentales en la UE y otras regiones identificadas con EU. La intervención estadunidense, en contra de los pronósticos, es evidencia del fracaso de la política iraquí originaria, no se diga que también es la evidencia del fracaso de Occidente en Oriente cercano, incluyendo el desastre político militar que estamos viendo en la franja de Gaza.

Acudimos a una paradoja: una potencia en relativo declive, EU, rodeada de adversarios y de adversidades, como la que le presenta Putin, y a quien nadie supuestamente quiere entrometiéndose en los asuntos globales, hoy es de nuevo requerida (a pesar del desgano obamista) para rescatar una región incendiada, abandonada a su suerte. Washington y sus aliados, así como sus adversarios que tanto se interesan en radiografiar las acciones estadunidenses, tendrán muy pronto que disipar esta esquizofrenia y lograr instituir un gran acuerdo global que nos lleve, de una buen vez, a una redefinición coherente de la arquitectura institucional en la que se basa el ejercicio del poder global de los diversos actores.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

lunes, 21 de julio de 2014

El precio de la hegemonía (II)

José Luis Valdés Ugalde 13/07/2014

Desde los atentados del 11 de septiembre y la infame invasión de Irak en 2003 por George W. Bush, hasta el día de hoy, con la emergencia de la insurgencia del extremismo islámico de ISIS en pleno apogeo en Irak y Siria, la política exterior estadunidense se ha encerrado a sí misma en un abismo de tremendas dimensiones. El mundo cambió y con él las bases desde las que se desprenden los arreglos del orden internacional. Al tiempo que Barack Obama arribaba en 2008 a la Casa Blanca con el proyecto político más progresista desde F.D. Roosevelt y Clinton, diversos actores estatales y no estatales, y no necesariamente como resultado del mutuo acuerdo, se propusieron imponerle un boicot a la “política inteligente” ideada por Obama con el propósito de resolver sus pendientes globales. En particular, se percibía la necesidad de la Casa Blanca por atenuar los rencores antiestadunidenses acumulados después de décadas de intervencionismo protagonizado por Washington desde los años 50. Obama guardaba, y al parecer aún guarda, la convicción de que era sólo de esta forma, por la vía diplomática, en que EU podría recuperarse del desprestigio en el que se empezaba a hundir su tradicional política hegemónica. Es decir, se trataba de ceder algo de su poder a cambio de mantener una posición preeminente en la organización y funcionamiento del sistema internacional. Por lo tanto, EU se ve obligado a tomarle el pulso al entorno global desde una posición menos determinísticamente hegemónica y sin mesianismos agonizantes. Aunque ciertamente sí desde una posición más realista y correspondiente con los nuevos tiempos del sistema internacional que han ubicado a Washington en una posición de agudo, pero real y potencial declive, lo que afecta su potencial actuación como actor solitario y vigilante del sistema global en el nuevo siglo. Es decir, se trataría de que Washington renuncie al papel característicamente unipolar que lo distinguió desde la Guerra Fría.

No obstante, en Washington (y en otras capitales de sus aliados occidentales) se consideraba, y aún hoy se piensa así, que EU, aunque debilitado, era aún un actor imprescindible para la conservación de un orden de posguerra con el cual había contribuido en forma proactiva desde 1945. El ejercicio constructivo de su poder internacional iba a ser el faro que conduciría los destinos de un sistema de poder influido poderosamente por los valores occidentales implantados por Washington y sus aliados desde entonces. Más aún, dado el hecho de que se enfrentaba a un entorno de profunda animosidad en contra del mismo. En el intenso proceso de transición política (hoy evidentemente fallido) protagonizado por la Primavera Árabe se evidenció la poca voluntad de intervencionismo directo por parte de Obama, aunque no sin dejar de tener un papel importante, tal y como lo demuestra James Mann en su libro, The Obamians, cuando utilizó, a solicitud de Sarkozy, sus bombarderos de ultramar para contener, y finalmente derrotar, a las fuerzas de Gadafi en Libia.

A reserva de analizar con cuidado el futuro papel de China, Rusia y otros actores frente a EU, podríamos adelantar que estamos quizá por presenciar la transición entre la visión mesiánica estadunidense hacia otra más acorde (y quizás hasta idealista, dentro de su marco realista tradicional) con los tiempos del presente. El pronóstico sobre el éxito de esta estrategia es reservado.  Lo que sí es indiscutible es que asistimos a una disputa intensa y por demás crítica entre el presente y el pasado acerca de cuál debería ser el papel de Washington en la evolución y/o replanteamiento del orden global tal y como lo conocemos. Partiendo de este enfoque, Estados Unidos parece empezar a reconocer desde el corazón del poder y de su nueva narrativa, que no se encuentra solo en el mundo y que, por ende, para la resolución de diversos problemas regionales y/o globales, se requiere de la intervención de diversos actores, llegando a la conclusión de que ni Washington puede resolver todos esos problemas por él mismo, así como tampoco el resto del mundo puede resolverlos sin él. De este análisis me ocuparé en subsecuentes colaboraciones.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut de la Freie Universität Berlin

miércoles, 2 de julio de 2014

El precio de la hegemonía (I)

José Luis Valdés Ugalde 29/06/2014 en Excelsior

En la película de Hitchcock Pero... ¿Quién mató a Harry?, todos eluden, desaparecen, ignoran o se asustan con el cadáver del asesinado Harry, tirado en un descampado inglés. El símil nos permite echar una ojeada al sistema internacional y la complejidad que la política exterior de EU enfrenta desde 2008. Hay un cadáver en potencia que nadie puede o se atreve a mover. Se trata del orden global y la cuestión de cómo enterrarlo, reinventarlo y/o revivirlo en estos tiempos convulsos y llenos de acontecimientos que nadie se esperaba que emergieran en un periodo de tiempo tan corto, desde los ataques terroristas en Nueva York en 2001, que modificaron los estamentos de los que se desprendía la relación entre actores estatales y no estatales.

Desde los tiempos del Imperio Romano, siempre ha habido beneficios pero también un alto precio por el simple hecho de ejercer un poder global, o al menos un poder hegemónico, en áreas y temáticas localizadas. EU no ha sido la excepción en este hecho. Se sabía que no todo iba a ser miel sobre hojuelas para Obama, quien en 2008 ascendió a la Presidencia del país más poderoso y tecnológicamente más avanzado del planeta. Desde que se postuló, se le percibió como un político con virtudes: olfato y audacia políticas, valor político y honestidad al expresar sus ideas y pensamiento renovador en medio de un establecimiento político desgastado, reiterativo, cuando no en creciente decadencia. Los obstáculos enfrentados en el frente interno y externo han sido desgastantes para el Presidente. Primero, su llegada a la Casa Blanca implicó que revivieran sectores ultramontanos del conservadurismo político y social estadunidense, al grado de que no es aún claro que Obama haya pasado la prueba xenófoba que éstos le impusieron cuando le exigían que documentara pruebas de su nacionalidad estadunidense, así como de su integridad moral e ideológica. Es de destacar que detrás de este racismo, muy en boga en EU, se escondía el miedo a un personaje cuyo proyecto reformista podía afectar los grandes intereses económicos y políticos del establecimiento estadunidense.

Así ocurrió originalmente cuando Obama lanza su propuesta de poder inteligente. Su propósito era cambiar el rumbo de la política exterior, trasladarla hacia el ámbito de la diplomacia y alejarla de la zona de conflicto y guerra de Bush. Aunque continuista en algunos temas de la política exterior, Obama logró transformar con relativo éxito la mentalidad de los estadunidenses, quienes, a su arribo al poder, ya habían pagado un precio alto en vidas humanas y déficit, desde que en 2003 Bush invadiera Irak. Así las cosas, Obama ofrece retirarse de Irak (ya vemos hoy que a un muy alto costo) y de Afganistán. En el primer caso, cumple su promesa, y en el segundo, aún quedan tropas de entrenamiento en territorio afgano, no obstante han disminuido su presencia militar.
La profundidad de la problemática que presenta el mundo global de hoy, desde el inicio del siglo, se ha recrudecido con la emergencia de múltiples brazos armados yihadistas que defienden su derecho a la verdad absoluta fuera de toda racionalidad. Siria, Irak, Irán, Arabia Saudita y, en general, todo el Oriente Próximo es el teatro de esta nueva guerra de posiciones entre sunitas y chiitas y, por tanto, entre Irán e Irak, y de éste contra Siria. El movimiento armado autodenominado Estado Islámico de Irak y el Levante, mejor conocido como ISIS, por su siglas en inglés, ha puesto en jaque al gobierno de Al-Maliki, ya no tan querido en Washington, ha provocado una dura reacción del régimen chiita en Teherán y ha tomado posiciones en la frontera entre Siria e Irak en forma por demás alarmante. Se trata de una crisis de enormes dimensiones que altera el orden regional, afecta la fallida transición en Irak, expone críticamente la seguridad global pero, sobre todo, le impone a Washington un drástico cambio de estrategia en su agenda original. A esta emergencia regional hay que sumar las agresiones que Putin ha emprendido contra otro orden regional estratégico para Occidente, Europa, en el nombre de un proyecto de recuperación de la Rusia imperial. Estos son los desafíos que enfrenta paradójicamente el Washington de hoy, que había intentado mostrar un rostro noble y amigable desde 2008. De esto nos ocuparemos en las siguientes colaboraciones.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

Twitter: @JLValdesUgalde

miércoles, 18 de junio de 2014

Un fantasma recorre Europa: la extrema derecha

Actores regresivos de la extrema derecha llegan al poder a grandes pasos...

No sólo el Tea Party en EU desequilibra la política. Actores regresivos de la extrema derecha llegan al poder a grandes pasos, ganan más espacios en Europa y nos dan una lección nada grata, por lo que supone el aumento de su perniciosa influencia en temas sensibles de la agenda política y social europea, como la migración, los derechos humanos, el racismo, el futuro de la democracia y la integración misma. Las elecciones al Parlamento Europeo fueron ganadas por partidos como el Frente Nacional (FN), de Jean-Marie Le Pen, que hoy, bajo la conducción de su hija Marine, pretendía mostrar un rostro más tolerante respecto de temas como el racismo y el antisemitismo, que han envuelto a los Le Pen en una gran polémica. Le Pen padre le acaba de aguar la fiesta a Marine en su estrategia por desdiabolizar al FN y definir a su favor la correlación de fuerzas en el Parlamento Europeo, al revelar su nunca oculta mentalidad fascista. Le Pen declaró que habría que “hornear” (en alusión a los hornos crematorios nazis) al cantante judeo-francés Patrick Bruel, por sus críticas a los Le Pen. No se digan otras afirmaciones de funesta categoría, como cuando declaró que los problemas de la inmigración africana se podrían solucionar por el “señor ébola en tres meses” o aquella que decía que la ocupación nazi de Francia “no fue tan inhumana”. El FN se coloca como la primera fuerza francesa con capacidad de ejercer fuerte liderazgo en Europa frente a los temas ya referidos. Así votaron los franceses, en protesta por el desempleo y contra la relativa tolerancia inmigratoria de Bruselas. Es tanto un triunfo de la intolerancia política como un fracaso de la izquierda y el centro moderado para hacer política de calidad. Ambas, malas noticias. Así votaron también en otros países, en donde ganan terreno otros partidos extremistas de derecha, como el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), el Partido por la Libertad holandés (PVV) o el Partido del Progreso noruego (PP). Intriga la persistencia del antisemitismo, del que creíamos curada a la política europea. Estos son partidos que no esconden sus fobias racistas. Además de antisemitas, son antiárabes y antinegros. Aun con la experiencia de la Alemania nazi en la memoria de al menos dos generaciones europeas, la sociedad y la política en Europa no son zonas libres de prejuicios y xenofobia. Prevalece así la intolerancia contra la anómala otredad, generalmente personificada por inmigrantes provenientes del sur del mundo, que se caracterizan por ser “no blancos” y, en muchos casos, con perfiles ideológicos, pero sobre todo religiosos, distintos a los occidentales (muchos de ellos también intolerantes, como el fundamentalismo islámico, dicho sea de paso). La paradoja: esto ocurre en las sociedades más avanzadas e ilustradas, y también con gran diversidad étnica y cultural. También es la evidencia del primitivo nivel de su política, más aún en tiempos de desencanto social, desempleo e incertidumbre económica, todo lo cual es aprovechado por sectores de la clase política, cuya narrativa evidencia torpeza e irresponsabilidad. El FN, el UKIP, el FPÖ, el PVV y el PP son antieuropeístas furibundos y lo que viene con ello. Los caracteriza una narrativa sectaria y excluyente. Aunque no necesariamente representan opciones de largo plazo ni sustentables políticamente, sí nos recuerdan los crudos tiempos en que este mismo discurso fue abanderado por Hitler. Desde su laberinto antitético, harán todo lo posible por perdurar. Su coalición (PPE) en el parlamento tendrá 212 escaños, contra 185 de socialdemócratas y 71 de liberales. Su mayoría representa un peligro para la estabilidad de Europa y el mundo de hoy. Preocupa principalmente el contenido antisemita de su discurso. De hecho, su gradual ascenso ha provocado una importante ola migratoria de judíos a Israel, que huyen de sus ataques que incitan al odio a sus seguidores y a otros sectores que, aunque minoritarios, han sido perniciosos para la armonía social. Podría ser que la Europa del siglo XXI no ha superado la cruda del Holocausto y no quiere perdonar a los judíos por éste. ¿O será, como lo pone el polémico periodista italiano Giulio Meotti: que “Europa no quiere vivir bajo la carga sicológica de Auschwitz por siempre: los judíos son recordatorios vivos del fracaso moral de Europa”?

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde

Migración y potencias. Canadá: doble rasero

José Luis Valdés Ugalde 01/06/2014

El boom migratorio alemán ha sido un puntal de su prosperidad; lo que nos lleva a la vieja discusión sobre un tema incomprendido y tratado con doble rasero por las potencias occidentales preeminentes. No es nueva la relación entre migración y riqueza. Menos cuando, como en el caso alemán, se calcula que 60% de su población laboral pasará al retiro en 2020. Ante el declive de su fuerza de trabajo, la inmigración es parte de la solución. Se calcula que los casi 400 mil inmigrantes llegados en 2012 catapultaron la economía de la locomotora europea y la posicionaron en el segundo puesto como polo de atracción entre las potencias (EU es la primera); y aun así, domina aquí y en otras naciones de la UE la xenofobia contra los inmigrantes, incluidos los de la UE. Complacer a la clientela es, en política, algo que generalmente traiciona las mejores causas.

Para los mexicanos es un tema de trascendencia dada la gran cantidad de connacionales que radican en EU, enriqueciéndolo económica y culturalmente, y de que más de seis millones aún esperan la prometida reforma migratoria de Obama que, por ahora, está en el congelador debido a las posturas retrógradas de la extrema derecha. En 2009 ocurrió un hecho que nos puso en alerta sobre los inconvenientes de la falta de claridad mexicana acerca de cómo establecer relaciones con nuestros socios norteamericanos, basadas en normas y acuerdos de corresponsabilidad claros y no en el voluntarismo político de las partes. Me refiero a la imposición de visas de Canadá a México, que no existía en el pasado. Si bien ya conocemos las razones, la decisión sorprendió por su agresiva unilateralidad. No queda claro cuándo eliminará Ottawa del todo esta penosa restricción, más por ser México uno de sus dos socios norteamericanos. Las repercusiones han sido varias: mansa respuesta mexicana al “imponer” visas a funcionarios y empresarios de Canadá y enrarecimiento de la relación; disminución del turismo mexicano y desconfianza hacia la política humanitaria canadiense. Como en el caso de EU, Canadá privilegia una conveniente tolerancia a aquellos que migran con capital a fin de hacerse acreedores a la residencia y eventualmente a su naturalización. También domina en su política de inmigración un doble rasero de histórica trascendencia, quizá poco conocido para quienes en México seguimos esperando de Canadá congruencia y mayor respeto. Efraim Zuroff publica en su libro Operation last chance un capítulo, “Los nazis bajo la hoja de maple”. Relata Zuroff, conocido como uno de los más destacados cazadores de nazis, que Canadá fue un santuario para excolaboradores del nazismo desde la segunda posguerra hasta al menos finales de los ochenta. En 1985, Canadá crea la Deschênes Commission (nombrada por el juez que la encabezó, Jules Deschênes) ante el rumor de que el doctor Josef Mengele, el siniestro “doctor de la muerte” de Auschwitz, podía estar en Canadá. Aunque nunca se probó plenamente la presencia de Mengele, en el reporte de la comisión se reconoce la posibilidad de que otros nazis “responsables de crímenes de guerra relacionados con las actividades de la Alemania nazi estén actualmente residiendo en Canadá”. Simon Wiesenthal, pionero en la persecución de nazis, que rechazó visitar Canadá por su negativa a juzgarlos, estimó que ese país albergaba aproximadamente tres mil criminales de guerra (similarmente a lo ocurrido en EU, Australia y Reino Unido). El desenlace es lamentable toda vez que la comisión y el gobierno canadiense se negaron en esencia a la persecución de los nazis bajo el argumento de que la comisión no había sido “‘creada para procesar uno o varios grupos particulares de canadienses’ o ‘revivir viejos odios que alguna vez existieron entre comunidades, las cuales deberían hoy vivir en paz en Canadá’”. No obstante, la comisión fue funcional: bajo presión política, actuó para encauzar procesos legales contra al menos 200 casos de criminales de guerra que, en todo caso, nunca fueron juzgados (la mayoría) ni sentenciados (ninguno) o desnaturalizados (sólo ocho, antes de 2009). La historia da muchos giros y Canadá no es actor de excepción: su excesiva vigilancia frente a la migración mexicana no es proporcional a su subterránea tolerancia ante la probada presencia en sus tierras de criminales perseguidos por su participación en el Holocausto.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
 Twitter: @JLValdesUgalde

domingo, 25 de mayo de 2014

#RegresenANuestrasNiñas

José Luis Valdés Ugalde 18/05/2014 en Excélsior


Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 (9/11), el mundo vive sumido en la intranquilidad. El estado de ánimo se caracteriza por ser de inquietud y tensión. El sistema internacional se enfrenta a nuevos desafíos y amenazas que no se preveían y para las cuales la arquitectura de gobernabilidad global edificada en la segunda posguerra ya no es funcional. El orden global ha sido invadido por actores no estatales y, en algunos casos, estatales, que no sólo nos ocasionan serias afrentas, sino que incluso pretenden dislocarlo. Las amenazas de lo local se potencializan con relativa autonomía, al tiempo que provocan crisis generalizadas que desestabilizan órdenes regionales completos e incluso el mismo sistema internacional. Lo fue así desde que EU fomentara —en aparatosa respuesta al 9/11— un conflicto en Irak que nunca se justificó y que representó un gran fracaso político-militar para Washington y sus aliados, que obligó a un giro radical de su política exterior y que tiene a Obama relativamente atado de manos hoy en día. Siria, Irán, Corea del Norte, África del Norte, Rusia, Ucrania y los países bálticos son algunas de las naciones y regiones que impactan la vida subregional a la que pertenecen. También amenazan la seguridad internacional.

África, el continente olvidado, aunque hoy utilizado en forma malsana como proveedor de materias primas por China y otras potencias, pone de nuevo de manifiesto el potencial grado desestabilizador que una crisis local en Nigeria le impone a esa región africana, así como al mundo entero. La campaña iniciada en Twitter #BringBackOurGirls (regresen a nuestras niñas) ha invadido las redes sociales en forma inédita. El secuestro de 200 niñas y estudiantes nigerianas (y las otras muchas secuestradas antes, no se diga las víctimas asesinadas) por los hiper-extremistas islámicos del grupo Boko Haram sienta un precedente grave acerca de cómo grupos radicalizados dentro de esa nación y región africana pueden atentar contra las reglas de convivencia civilizada que la mayoría del mundo quiere para sí. Igualmente, la campaña, que ha presionado, pero también puesto en evidencia, por su indiferencia, al gobierno nigeriano y sus aliados occidentales, se origina en la sociedad civil nigeriana y es luego retomada por la sociedad civil global; a la misma se han adherido personalidades de la talla de Michelle Obama. No deja de impresionar que sea de nuevo la gente a la que se debe el Estado (y no al revés) la encargada de exigirle justicia y atención a este mismo Estado acerca de su responsabilidad por un evento que tiene ocurriendo por lo menos desde 1995, cuando empezó a operar con tácticas similares Boko Haram, bajo el nombre de Shabaab. La traducción literal del nombre de esta organización terrorista, a la que se han opuesto incluso otros grupos islámicos, es: “La educación occidental es pecado”. De nueva cuenta emerge la intolerancia más que ignominiosa del extremismo islámico en contra de los derechos de las niñas o mujeres que se atreven a cursar sus estudios. Este primitivismo ya se había evidenciado en el pasado. Recordemos el atentado sufrido en octubre de 2012 por la niña activista paquistaní Malala Yousafzai —a manos de un pistolero talibán—, quien después de haber sobrevivido, se convirtió en un símbolo mundial. O el envenenamiento de 120 niñas en mayo y 100 en julio del mismo año, también por los talibanes, en escuelas de Afganistán. El atentado de Boko Haram no es sólo contra estas niñas inocentes y sus derechos a la ciudadanía universal plena, sino contra todos nosotros. Es un agravio antihumanitario e intolerable. De esta trágica saga de eventos podrían resultar dos hechos que serían beneficiosos: que el Estado nigeriano se reforme y corrija, y elimine de sus entrañas la enorme corrupción y su presumible complicidad con Boko Haram, y que ésta última (y sus pares en el resto del globo) quede expuesta ante el mundo de tal forma que se logre extirpar para siempre del mapa nigeriano, africano y global. Con estos dos resultados óptimos, el sacrificio doloroso sufrido por las muchas víctimas de todos los fanáticos extremistas de esta estirpe podría, al menos, resultar parcialmente redimido.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

Twitter: @JLValdesUgalde

miércoles, 7 de mayo de 2014

El Papa audaz y sus dos papas santos

José Luis Valdés Ugalde 04/05/2014, en Excélsior


El papado de Juan Pablo II (JPII) demostró que el jefe de ese micro Estado romano era el mayor movilizador de masas del globo. Se trató de una muy eminente figura de poder político, abrigada por la aureola de lo sagrado y cuya vigencia y relevancia es inalterable hoy. Su grey, aunque perturbada por diversos y graves escándalos, se mantuvo fiel a su jefe e institución. No obstante, desde su muerte y reemplazo por el hoy Papa emérito, y teólogo eminente, Joseph Ratzinger, la Iglesia católica entró en una de sus más intensas convulsiones modernas, debido a las cuales muy probablemente hubo de renunciar Benedicto XVI, cansado y presionado por todos lados, hecho por cierto inédito en la historia vaticana.
El papa Francisco, como lo demostró en el reciente acto de canonización de Juan XXIII (JXXIII) y JPII, no ha sido la excepción de este poder de liderazgo, muy a pesar (o quizá debido a ello) del aparente bajo perfil con que inicia su papado. Razones de esto hay varias y son de gran significado. Francisco toma el control de un papado en crisis, de la cual es tan consciente que afirma, en una entrevista reciente: “Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla”. Así, envuelto en escándalos no menores, como la corrupción del Banco del Vaticano y los escándalos de pederastia respecto a los que se mostró una grave desatención por parte de JPII y después de Benedicto XVI, el papado de Francisco finca rápidamente bases capitales hacia la reforma de su Iglesia. Reorganiza el Banco Vaticano y se ve obligado a finiquitar el proceso de beatificación de JPII que Ratzinger había dejado apuntalado, en gran parte por las presiones de la derecha vaticana que considera a JPII —y no en balde— como un ícono de sus causas. En tal situación, el Papa, obligado a mantener cierta continuidad con su antecesor, pero también comprometido con sus ofrecimientos de justicia respecto a los problemas ya mencionados, además de otros, como la homosexualidad (sobre esta ha declarado: “No es posible una injerencia espiritual en la vida personal”), la pobreza y desigualdad globales, el papel de las mujeres en la Iglesia y otros más, se ve ante la necesidad de ejecutar un acto audaz y conciliador que reúna a los otros sectores de la Iglesia, más progresistas que los que respaldaron a Wojtyla. Es así que decide reivindicar la figura de JXXIII, el “Papa bueno” y responsable de haber encauzado a la Iglesia católica por la senda de la renovación, a través del Concilio Vaticano II.

La doble canonización es un lúcido acto político del Papa, de la mayor trascendencia para la recuperación de la credibilidad y estabilidad de la Iglesia católica, que todavía no logra acordar ponerle fin a su ensimismamiento sobre temas como el aborto, el uso del condón y el de la píldora, y los matrimonios gay. Podría parecer una contradicción que un líder espiritual y político de tal potestad, como el Papa, quisiera afianzar el poder de una Iglesia cuya vertiente más conservadora se esfuerza en combatir. Sin embargo, todo parece indicar que hay consenso de que será sólo por la vía de la moderación que lo logre; además de que con esto puede ofrecer como paradójico resultado la obtención de un poder mayor para el Vaticano, toda vez que capturaría la atención de aquellas minorías despreciadas y maltratadas por la Iglesia católica y hoy recuperadas por el nuevo Papa. Por ahora, Francisco ha logrado conciliar dos ideas de lo sagrado y lo terrenal en los dos nuevos santos, que aunque bipolares, también se tocan. Se trata de un acto de reconciliación que puede impactar importantemente al mundo global. Si atendemos al hecho de que más del 17% de la población mundial, en una muy diversa y heterogénea distribución de países y regiones, es católica, cabría esperar que la nueva narrativa vaticana pudiera ser útil para atenuar o incluso contener los grandes problemas globales como el hambre, la inseguridad y el conflicto entre actores estatales y no estatales. En este sentido, el liderazgo del papa Francisco puede ser una fuente de inspiración significativa para coadyuvar a la moderación de los calamitosos extremistas, secularizados o no, que en su abundancia y beligerancia atentan contra la paz, el progreso y la estabilidad del sistema internacional.

Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde

Ucrania: a Rusia, sin amor

José Luis Valdés Ugalde 20/04/2014 en Excélsior


En 1990, el debate más importante en el ámbito europeo e internacional era la reunificación de Alemania. La historia había dado un vuelco radical: los arreglos de la Guerra Fría y las perspectivas de distensión global eran más ciertas que nunca. El Pacto de Varsovia se disolvería un año después y la bipolaridad nuclear entre EU y Moscú llegaría a su fin. Desde hace 70 años, Moscú ha ofrecido repetidamente respetar la soberanía e integridad territorial de todos los estados. Lo hizo desde 1945, cuando firma la Carta de Naciones Unidas; también en 1975, cuando suscribe el Acta Final de Helsinki; y finalmente lo consagra en 1997, cuando se acuerda el Acta Fundacional OTAN-Rusia. Desde ese año, Rusia se acercó a Occidente y se convirtió en un socio proactivo que parecía empezar a compartir con la UE y EU la preocupación sobre algunos de los asuntos regionales y globales que le concernían por su cercanía a sus propias fronteras y también a las de Occidente, por tener intereses estratégicos de posguerra fría en esas mismas fronteras con Rusia. Tal ha sido el caso de Irán, Siria y el conflicto árabe-israelí, entre otros eternos pendientes regionales. Incluso la típica guerra propagandística, muy característica del socialismo real y mucho más del estalinismo, bajó su perfil e intensidad ofensiva, al tiempo que se adaptaba relativamente a reglas de transparencia iniciadas y encauzadas por las potencias occidentales en su proceso de negociación con miras a la consecución de acuerdos internacionales. A Moscú le urgía ser parte de un mundo respecto del cual no sentía pertenencia. Tenía, en el fondo, la necesidad política y económica de ser aceptada y reconocida en el seno del concierto global, con el fin de no quedarse fuera del club de los industrializados.

Ahora todo ha cambiado. Rusia invadió Crimea y ganó para sí un referéndum a punta de pistola e inició un inédito y acelerado desprestigio mundial. Ahora mismo está cercando peligrosamente el este de Ucrania con miras a obtener, en el nombre de un federalismo que no aplica para sí, una nueva cesión territorial, aunque esto signifique la partición de la nación ucraniana. La militarización de la frontera este de Ucrania significa una escalada rusa fuera de toda proporción, convención o raciocinio. No está sustentada ni por el apoyo mayoritario del pueblo ucraniano ni por el consenso de la mayoría de la comunidad internacional. Se trata de un capricho del expansionismo geopolítico trasnochado de Putin, que pretende doblegar la voluntad y opinión pública internacionales para, eventualmente, apoderarse de una parte o del todo ucraniano. Ante esta decisión, Moscú quizá ya no detenga la escalada por temor a ser percibida como débil, algo que para el machismo de Putin es inadmisible. En todo caso, las sanciones de EU y la UE continuarán su curso sin garantías de que Putin recule. Por lo pronto, la OTAN ya empezó a movilizarse por tierra, mar y aire, como lo indica el protocolo de disuasión. Las crecientes críticas (incluso por parte de la opinión de la gente dentro de la zona de conflicto) a las milicias separatistas prorusas, que con el presumible apoyo moscovita están desestabilizando y provocando un muy profesional gran caos, se vuelven unánimes. Putin escandaliza con la clásica estrategia conspiracionista del viejo orden y manda a su conserje, el primer ministro Medvedev, a amedrentar: “Se ha derramado sangre en Ucrania. La amenaza de guerra civil se asoma”. Como último objetivo, pretenden en realidad abortar las elecciones extraordinarias de mayo en Ucrania. Entretanto, Obama y Merkel, aparentemente sin ablandarse, optan por la vía diplomática como única salida a un conflicto de clara factura rusa. Esperemos un desenlace amable. Después de todo, el futuro de toda Rusia frente a Europa y EU está en juego, y Putin ni es Rusia ni será, por fortuna para Rusia y el mundo, un presidente eterno; eventualmente se irá. De hecho, de que no sea eterno y de que esta tradición nefanda del putinismo sea remontada, dependerá en gran medida el futuro del progreso político y la modernidad económica de Rusia; así como de la estabilidad y paz europeas que, por lo visto, a Moscú ya no le están conviniendo mucho y que hoy perturba debido a sus bajos registros económicos y democráticos, que pronto enojarán más a su clientela cautiva y pondrán en peligro la continuidad de su élite gobernante y su nada sutil ruleta rusa.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität    Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde