domingo, 25 de enero de 2015

Extravío (II)

José Luis Valdés Ugalde 25/01/2015

¿Quién tiene más derechos, la prometida pureza del islam moderno, que a la vez se ha desvinculado de su esencia al tiempo que ha puesto en entredicho in situ  los valores ilustrados que le dan sentido a la cultura occidental, o esta última? ¿Cuál de los dos niega la política? ¿Cuál de los dos da vida e impulsa los derroteros de la modernidad? Tanto uno como el otro pretenden alcanzar el universalismo, uno fuera del contexto cultural que le dio su original sentido de pertenencia (el islam) y el otro en el contexto mismo de Occidente en donde la génesis de la Ilustración tiene lugar. Ya por su dogmatismo religioso como por la forma de practicar el Corán en una gran parte de casos, tanto en Europa como en sus territorios originarios, el Islam apela al pasado más que al presente o futuro. En Occidente, las tradiciones que hereda la Ilustración a la vida pública son, en su mayor parte, expresiones que buscan seguir con las transformaciones tecnológicas y políticas del tiempo presente. Son la excepción a esto instituciones políticas como el Frente Nacional francés o el Pegida alemán, entre otros, cuyos ejes programáticos condenan la diversidad, la pluralidad y la tolerancia: son totalitarios; como también en gran medida lo es el extremismo islámico, que recurre a las armas y al terrorismo para hacerse oír. Aquellos son islamofóbicos, racistas, excluyentes y, en mucho, autoritarios e intolerantes y con características fascistas, al igual que lo son el Estado Islámico y Al-Qaeda (EI y AQ).  Y todo esto está también contra los valores esenciales de la democracia republicana. Por lo demás, los movimientos islámicos en Europa o EU no están partidizados, mientras que los primeros sí. Desde el 9/11 estamos enfrascados en esta discusión que, en mi opinión, va más allá del choque de civilizaciones que anunció Huntington en el libro con igual título. No se diga desde los atentados del 7 de enero (7/01) en París, que significan el agravio más reciente contra la modernidad democrática por parte del islamismo radicalizado. Sin querer agotar el debate aquí, lo que está en el fondo del perol argumental es que en la actualidad la mayor fuerza de la tradición democrática en aquellos países que han sufrido ataques de este tipo, es que los credos en conflicto, los intereses y las maneras de ver el mundo, se pueden resolver a través de la negociación, mientras que lo único que no está a negociación es el uso de la violencia para dirimir diferencias. Y el islam fue incluido en este gran contexto como uno más de esos credos.

Grandes matices rodean el debate después del 7/01. No obstante, es precisamente el anterior argumento el que no acaba de quedar claro para la mayoría de ciudadanos islámicos (más o menos secularizados) en Occidente. Pero tampoco acaba de quedar claro para la clase política occidental hasta dónde la tolerancia que enmarca el multiculturalismo, cuya cuna ha sido precisamente Occidente, tiene verdaderos alcances frente a la sádica violencia que el yihadismo, en nombre del islam, ha provocado en el mundo entero. Ciertamente, la integración social (poco exitosa en Francia y en el RU), el respeto a la diversidad racial y cultural, valores nodales del multiculturalismo, deben  darse en el marco de la
reciprocidad. De esto dependerá que en Europa y otras partes del mundo, actores musulmanes y no musulmanes puedan alcanzar una convivencia civilizada. De otra forma estos valores se quedarán sin viabilidad, y expuestos a la verborrea demagógica y beligerante de diversos sectores sociales y políticos europeos. Históricamente ha sido la extrema derecha la que se ha opuesto a la tolerancia, abogando por el exterminio de cualquier señal o signo que amenace la “identidad occidental”. Ya la izquierda y el centro político empiezan a rasgar los velos de la corrección política para pronunciarse en forma crítica, aunque aún juiciosa, y cuestionar los verdaderos alcances que el multiculturalismo tendrá y si sobrevivirá en el marco de la guerra emprendida por el EI y AQ.

Los hermanos Kuachi, Amédy Coulibaly y todos los yihadistas detrás del 9/11 (EU), del 3/04 (España), o del 5/05 (Londres) sabían lo que hacían y ya lo lograron: llevar a su límite vital el derecho a la cultura de la tolerancia frente a su intolerancia y su violencia asesina.
              
*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

 Twitter: @JLValdesUgalde

miércoles, 14 de enero de 2015

Extravío (I)

José Luis Valdés Ugalde 11/01/2015

Hay una mutación mortal en el corazón del Islam.
                Salman Rushdie

Recientemente Manuel Vicent escribía en el El País “que la cultura moderna consiste en que las agujas magnéticas de todas las brújulas se han vuelto locas y señalan en todas las direcciones al gusto de cualquier explorador, que se haya extraviado en la propia niebla. (...) Ya no existen agujas que indiquen el Norte, ni maestros que marquen con el dedo una enseñanza ni revolucionarios que guíen con el brazo de bronce nuestro destino”. En 1988, viviendo en Londres, atestigüé momentos cruciales para la cultura y la política occidentales. Dos que me marcaron: la fatwa de muerte emitida por el Ayatolah Khomeini contra Salman Rushdie por la publicación de Los versos satánicos; y la hospitalización de Pinochet en un hospital cercano a mi casa, así como la protesta tumultuosa de una masa que creció hasta su posterior confinamiento temporal en una casa de seguridad, a solicitud del juez Baltasar Garzón.

Pinochet ha muerto sin pena ni gloria, pero Rushdie sigue escribiendo en algún lugar del Reino Unido, vigilado por agentes de los servicios secretos británicos. Rushdie figura en la lista de los más buscados en Occidente por el extremismo islámico, en concreto por Al Qaeda (AQ), como el número dos, después de Stéphane Charbonnier, el editor masacrado el 7 de enero en París por dos gatilleros que presumiblemente reivindicaron con esto al profeta Mahoma, y que, además, asesinaron a 11 más, hiriendo a otros 11 que se encontraban en las instalaciones de la revista satírica, Charlie Hebdo, que dirigía Charbonnier.

El 7 de enero no se olvidará. Una nueva forma de totalitarismo religioso emerge, se mantiene y quiere tiranizar por medio de la violencia y las balas. Y este es el peor y más incontenible de todos de los que hemos tenido noticia: usa el terror como instrumento en contra de la ciudadanía, del arte, de la política, de la cultura en el nombre de una verdad única y excluyente. Busca arrinconarnos en la oscuridad y arrasar con los valores democráticos más esenciales. Y esto ocurre en el seno mismo del espacio físico, social y político que dio vida a la ilustración y a los principios fundacionales de la democracia occidental. La que también acogió en el siglo pasado y en el actual a la diáspora musulmana. La versión extrema del Islam, el yihadismo racista y fascista del Estado Islámico, AQ, grupos convergentes dentro y fuera de Occidente, así como todo lo que se solidarice o simpatice con ellos, se han convertido en el peor enemigo del Islam y son los principales enemigos de su preservación en el marco de una convivencia tolerante y civilizada.

Estos factotums de terror organizado y cobarde son enemigos del progreso civilizatorio, cuya vocación esencial es el laicismo, la libertad de la palabra, de la creencia, de la escritura y de toda manifestación estética que por definición gozan de la libertad universal. Charlie Hebdo satirizaba lo que encontraba que era digno de exponer. Se especializó en religiones. Más en concreto, se burlaba del extremismo islámico del que precisamente fue víctima. Sus portadas lo dicen todo. Los gatilleros de París fueron bien entrenados por AQ, presumiblemente en Yemen, y lejos de matar con balas sus contenidos, han inmortalizado el mensaje del semanario; mayor estupidez y ceguera sólo es posible en el territorio de los extremismos, todos ellos desfasados de la historia. Este atentado del fundamentalismo islámico en París no sólo nos expone a todos, sino que nos vuelve también sus víctimas. El silencio que se parapetó detrás de las amenazas al semanario y de este acto de “terrorismo de ida y vuelta”, como lo llama Garzón, es el mismo que se ha guardado por mucho tiempo frente al crimen organizado (CO) transnacional del que somos también víctimas los mexicanos y ante el cual han habido silencios, complicidades y graves omisiones. El CO, en tanto parte de una red globalizada de ejercicio mafioso de la violencia terrorista, es tan peligroso como el yihadismo, aunque se ejerza desde distintas fuentes: son actores y actos que atentan contra los cimientos esenciales de la vida en común de nuestra y de las generaciones futuras, a las que no les podemos heredar el extravío ni la imposición del secuestro a sus libertades como forma de vida.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

lunes, 29 de diciembre de 2014

2014-2015: entre el mundo de ayer y el que viene

José Luis Valdés Ugalde 28/12/2014

Son varios los temas del entorno global que nos ocuparon en 2014; y, en consecuencia, muchos los desafíos que confrontará el sistema internacional en 2015. Destacan tópicos emergentes que desafían la gobernabilidad global y eventos que provocaron una importante confrontación entre actores estatales y no estatales. En mi opinión, destacan tres de gran trascendencia, que afectan regional y mundialmente la política internacional: el radicalismo yihadista del Estado Islámico (EI), la violación de la legalidad internacional por parte de Vladimir Putin al invadir Crimea y aterrorizar a Ucrania, y el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba después de 50 años de bloqueo de EU. Cada uno de estos momentos, a su manera, han movido constantemente el tablero estratégico en forma importante e impactado la política mundial y regional.

La emergencia del EI se debe básicamente a lo siguiente: después de la posguerra fría el sistema internacional no fue capaz de renovarse, los actores predominantes se dedicaron a prever sus propios escenarios como potencias en ascenso (China) o en declive. Por un lado, la clase política en EU, a partir de 2008 se dedicó a pelear las plazas con el afán de perjudicar a Obama y, por el otro, éste quiso hacer valer un proyecto de gobierno fracturado por los republicanos, aunque en forma reciente recuperado por la iniciativa ejecutiva del Presidente. La invasión a Irak en 2003 provocó una guerra fratricida, con un aproximado de un millón de bajas y un costo total para la economía de EU de tres a cinco billones de dólares. Además, le abrió un espacio a Al-Qaeda para operar. Aquí fue donde nació el EI como una escisión de aquélla, a grado tal que hoy se ha convertido en la amenaza más bestial a la seguridad internacional.

Desde las crisis provocadas por Stalin, Hitler o George W. Bush, no se había visto una violación al derecho internacional por un actor formal como la que Putin comete al apropiarse de Crimea a través de un referéndum patito y al armar a los separatistas pro rusos del este de Ucrania, provocando enfrentamientos que amenazan la seguridad de sus vecinos de la UE y los países bálticos. Putin no tiene interés en aprender que el ejercicio del poder está íntimamente vinculado con el respeto a la legalidad. Su propósito es parte de un delirio: recuperar los territorios soviéticos para restaurar lo que él considera como la peor catástrofe sufrida por Rusia en siglos: su desintegración como resultado del fin de la Guerra Fría. Con su narrativa nacionalista patriótica pretende volver al pasado, lo cual ya ha convertido hoy a Moscú en un pasivo para el sistema global.

En un anuncio tan inesperado como muy planeado por Washington y La Habana, nos enteramos de que ambos decidieron ofrecernos un regalo navideño y restaurar relaciones diplomáticas. Esto significa mucho más de lo que EU pudo haber hecho en su política latinoamericana en los últimos diez años. Significa el regreso a una muy demandada recuperación de la civilidad rota entre vecinos americanos. También significa el principio de una nueva correlación de fuerzas en el continente y el fin obligatorio de la narrativa antiyankee y antiimperialista de los sectores radicalizados de la izquierda procastrista, que hoy tiene menos futuro que nunca. Es obligado pensar que, al margen de los grandes beneficios económicos y políticos que habrá para Castro, las fuerzas armadas y parte del pueblo cubano, el hecho modifique la geopolítica de Guerra Fría que domina mente y política tanto de actores formales como de movimientos políticos que miran hacia el pasado y no el futuro. Las declaraciones muy solícitas de un satélite cubano, Venezuela, son más que demostrativas de esto. También lo son las hechas desde la Bolivia y Argentina, muy afectos a la demagogia catastrofista cuando de EU se trata. Obama ha hecho un gran servicio a la humanidad y a la causa de la modernización democrática del continente. Aparte de que se erige como el primer presidente renovador de una política anquilosada desde la Casa Blanca, se nos brinda una nueva pista de aterrizaje en donde la política se convierta en el instrumento de la resolución de controversias para dejar atrás la retórica retrasada de una izquierda latinoamericana atada al chovinismo y la demagogia, simplemente por no tener una estrategia política coherente con los tiempos que vivimos. Esto no significa que la mentalidad de Guerra Fría o “de Gulag” (como lo demuestra Putin) se haya consumado como vaticinan algunos ilusos. ¡Feliz 2015 a los lectores!

                *Investigador y profesor de la UNAM
                Twitter: @JLValdesUgalde

lunes, 15 de diciembre de 2014

El peligro del putinismo

José Luis Valdés Ugalde 14/12/2014

Así se titula una serie temática de artículos publicado en el antepenúltimo número de World Politics (WP Septiembre-Octubre de 2014). En coincidencia con esto, la última y antepenúltima edición de The New York Review of Books, dedican un amplio artículo de George Soros (“Wake Up, Europe”) acerca de la nueva lógica geopolítica que Vladimir Putin intenta orquestar en las inmediaciones de la frontera de la Federación Rusa, empezando con Crimea y luego con Ucrania y el peligro que, según él, esto supone para la UE. Asimismo, tanto en el NYRB, como en el último número de Foreign Affairs, se dedican al tema sendas reseñas a propósito del más reciente libro sobre el putinismo, intitulado, Putin’s Kleptocracy: Who owns Russia?, escrito por Karen Dawisha. En este libro se describe cómo ha sido que Putin, rodeado por una camarilla de políticos y nuevos empresarios, se han apoderado del Kremlin para reorganizar lo que denominan en ese centro de poder como un Imperio Euroasiático, que hoy incluye una unión aduanera, una unión económica y recientemente una Unión Euroasiática.

Ocurre ahora con Rusia lo que desde mediados de los 90 Yegor Gaidar, el arquitecto de las reformas de mercado en ese país, había advertido: “una unión entre la mafia y la corrupción burocrática puede crear un monstruo que no tiene equivalente en la historia de Rusia —un Estado mafioso todopoderoso, un verdadero pulpo”. Por su parte, Dawisha, relata hechos que podrían confirmar los temores de Gaidar. Su tesis principal es que el avance al poder de Putin no fue accidental, sino parte de un plan de grupo y un método predeterminado sobre los que comanda Putin. Se trata de “un grupo que no ‘se perdió’ en el camino democrático; nunca tomó ese camino”.  ¿Cómo se ejerció el control? Nos dice Dawisha: “transformando una oligarquía independiente del Estado y más poderosa que éste, en una estructura en la cual los oligarcas se han servido a placer con la complicidad de los funcionarios del Estado, quienes han ganado y ejercido control económico... tanto para el Estado como para ellos mismos”. El resultado: 110 individuos controlan el 35% de la riqueza rusa, de acuerdo con Dawisha. La autora describe cómo se gestó la fusión entre la policía secreta (no olvidar que Putin fue agente de la KGB en Dressden cuando la caída del Muro), la mafia y los oligarcas con tentáculos que abarcan casi cada aspecto de la vida en Rusia e incluso más allá de ésta. Nada que agregar, desde luego, de los controles absolutos que ejerce el Estado sobre los medios de comunicación, en especial de la televisión.

Putin es un hombre del pasado, deliberada, ideológica y funcionalmente. Considera inaceptable e injusta la disolución de la URSS y quiere “sus” antiguos territorios de regreso. Quiere volver al pasado en tiempos presentes en que la Guerra Fría terminó. Su intención y conveniencia es revivirla para tener campo fértil de acción en sus pretensiones por controlar la región y de pasada mortificar al resto de Europa (al grado de que Merkel ya no habla con él oficialmente). De aquí su belicosidad que lo ha llevado a confrontarse con Europa y EU. Al tiempo que sus ímpetus autoritarios se afianzaron.

El Estado ruso está compuesto por billonarios autócratas (World Affairs destaca el peligro al que está expuesto Putin dada su fortuna estimada en 40 billones de dólares y guardada en bancos de Suiza), una mafia fortalecida, un régimen policiaco y un gobierno personalista y autoritario que alucina con una nueva era de Guerra Fría y de nacionalismo patriótico. Lo cierto es que las políticas de Putin, desde la anexión de Crimea, han tendido a un mayor aislacionismo.

Las sanciones castigan los intereses económicos no de Rusia, sino de los rusos, toda vez que Putin ha ordenado al Banco Central inyectar millones de rublos para rescatar los sectores castigados por las sanciones de Occidente, que en realidad son los socios empresariales que ha reclutado con prebendas.
Lo cierto es que a pesar de la crisis de credibilidad de Putin, la sociedad rusa sigue poniendo sus esperanzas en el resurgimiento imperial ruso. A la luz de esto, cabe esperar que Putin continúe impunemente en el poder por un no muy largo plazo. No obstante, puede ocurrir antes que la jugada estratégica de Putin haya ya puesto a Rusia, a los rusos y a él mismo en una posición de zugzwang, que es un término del ajedrez que denota una condición en la cual el rey debe moverse, pero no se puede porque cualquier movimiento resultaría en jaque mate.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde

viernes, 5 de diciembre de 2014

El derecho a los talentos

José Luis Valdés Ugalde 30/11/2014
 
A la memoria de doña Elena Fuentes de
Gómez Morin,
mujer ejemplar y entrañable

La fuga de cerebros puede ocurrir tanto cuando individuos que estudian en el exterior y terminan su educación no regresan a su país o cuando éstos son educados en su país y emigran en busca de mejores oportunidades. La segunda forma es la peor porque consume más recursos del país de origen, toda vez que los emigrados gozaron de la infraestructura institucional que proveen las universidades y otras instancias del Estado.
En la actualidad trabajadores calificados y profesionales son vistos desde una perspectiva distinta: muchos países desarrollados (EU y la UE los primeros) los aceptan con condiciones mínimas y algunos países incluso los atraen y convocan, ofreciéndoles oportunidades y condiciones atractivas que no encuentran en su propio país. Así, la inversión nacional en educación superior se pierde cuando un individuo calificado y preparado abandona su país sin regresar. La fuga de cerebros es ciertamente más problemática para naciones en desarrollo,  donde el fenómeno es extendido. En estos países la educación superior y la certificación profesional son vistas como el camino más seguro para escapar de una economía en problemas o una situación política difícil.

De acuerdo al reporte del Banco Mundial en la materia, “International Migration, Remittances and the Brain Drain”, la fuga de cerebros (brain drain) es masiva en países pequeños y pobres, mientras que en países más grandes y poblados la tendencia es mucho menor. La contraparte de la fuga de cerebros es la recuperación o repatriación de cerebros (brain gain), que ocurre en las áreas a donde migrantes talentosos van. EU es un ejemplo de país “brain gain”. De acuerdo con el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU, EU es el país que recibe el mayor número de inmigrantes en la materia: aproximadamente, 35,000 o más por año, lo cual representa arriba del 12% de la población total.

Los mexicanos están dejando México. Muchos más que antes se van. Y muy probablemente los emigrados nunca regresen. Pero ahora ya no son sólo nuestros albañiles, plomeros, electricistas y desempleados. Sectores de la clase media preparada y calificada se ha ido, se quiere ir, o de plano ya se fue. De entre éstos hay un número aún indefinido de académicos y científicos jóvenes y no tan jóvenes. Los números son tan inciertos como las agujas en un pajar. No podemos afirmar con absoluta precisión, ni cuántos se han ido, ni cuáles son sus disciplinas profesionales que los han llevado a EU, Europa, Australia, Nueva Zelanda, China o Japón. Urge el diagnóstico y el censo. Se trata de un problema de Estado que tiene que afrontarse con toda prontitud, profundidad, responsabilidad y amplitud, a fin de realizar un diagnóstico completo.

Si México quiere internacionalizarse, debe hacerlo quintuplicando los esfuerzos para recuperar a nuestros talentos mexicanos en el exterior y prepararse para bien venirlos; o bien, incorporarlos a las redes que ya existen, que es ciertamente ya un esfuerzo encomiable de la actual administración del Conacyt. De otra forma el drenado provocará vacíos muy graves que nos seguirán imponiendo una crítica realidad, respecto de la cual Juan Ramón de la Fuente se ha pronunciado recientemente: México no es parte de la sociedad del conocimiento. Está fuera de ella. Y el costo será cada vez más grave si nos quedamos estacionados en tan desventajosa posición. En este siglo más de un millón de mexicanos altamente calificados residen en el extranjero. México ocupa el cuarto lugar, dentro de los países de la OECD, con mayor fuga o expulsión de cerebros.

¿Qué hacer? Seguir los pasos de la UE, EU, Brasil, India, China y Corea del Sur. El caso chino e indio son por demás notables ya que logran recuperar la experiencia, por ejemplo, de ingenieros enviados al extranjero y lograr atraerlos nuevamente a sus países de origen. A este caso se le conoce como “Chindia”. Ambos países tienen cerca de 3.5% de sus graduados viviendo en el exterior y los recuperan casi al 100%. Esta es una situación similar en Brasil, Indonesia y Rusia que también reportan un positivo plan de retorno. México tiene que hacer movimientos similares y programar una hoja de ruta proactiva para llenar los vacíos dejados y asegurar así la senda de la sostenibilidad científica, tecnológica y productiva. Es un derecho soberano sobre el que debemos debatir con urgencia.

                *Investigador y profesor de la UNAM
                Twitter: @JLValdesUgalde

lunes, 17 de noviembre de 2014

El fin del muro y el reestreno de la nación

José Luis Valdés Ugalde 16/11/2014

Now what belongs together will grow together.
                Willy Brandt

Escribo aún con la experiencia fresca de las vívidas celebraciones por el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín. La partición de Berlín y de Alemania fue un hecho de enormes consecuencias: partió en dos a una ciudad, a un país, a un continente y al mundo entero provocando vaivenes sumamente peligrosos para la paz y la estabilidad internacionales mientras duró, lo que el catedrático irlandés de la LSE, Fred Halliday, denominó como “guerra caliente” por Guerra Fría, como comúnmente se conoció al periodo entre 1945 y 1989 en que prevaleció la bipolaridad. En noviembre de 1989 esta ciudad y este país vivió en carne propia una de las más notables y originales experiencias transformadoras que las transiciones a la democracia pueden ofrecer. La celebración del cuarto de siglo del fin del muro representa aún hoy, para la gran mayoría de alemanes, el reestreno de la nación y para todos nosotros la demostración de que ésta fue indiscutiblemente una transición a la democracia exitosa que recuperó el sentido de unidad que años antes atrofió el fascismo; al tiempo que sepultó al nazismo en lo más hondo del piso que hoy caminan sus ciudadanos en la apacible capital alemana. Antes, pero más después de la construcción del adefesio de concreto y acero, que aún podemos recorrer en algunas de sus partes, se vivió y sufrió la separación real y objetiva de familias, parejas y amigos, que dejaron de verse por más de dos décadas. La sociedad civil, que no era reconocida por el socialismo real como tal, como no lo era tampoco la democracia representativa, se impuso a la STASI y al resto del aparato represivo de la RDA. La Ostpolitik que buscó el acercamiento con Alemania del Este y que fue ideada por Willy Brandt, finalmente tuvo éxito y con ella la transformación de Alemania y el mundo.

Para lograr una transición democrática efectiva, Alemania se valió de la base estatal existente en la RFA, así como del modelo económico que hoy ha transformado a este país en una de las cinco potencias globales y la primera de Europa. En efecto, la caída del socialismo real fue un triunfo de una estrategia, fundamentalmente encauzada por Brandt y que causó una gran polémica entre la derecha y la izquierda del influyente Partido Socialdemócrata Alemán; pero que en su concreción demostró ser históricamente correcta y políticamente efectiva, a grado tal que encontró en Mikhail Gorbachev, último líder de la URSS (por cierto, aclamado calurosamente el pasado 9 de noviembre aquí en Berlín) a un aliado estratégico para la transición alemana. También demostró que el sistema de Estado prevaleciente en la zona occidental de Alemania era lo suficientemente fuerte como para resistir y encarnar esta transformación hacia la democracia plena, dejando detrás el Estado represivo heredado por el estalinismo. Toda una lección para la transición mexicana (hoy con un Estado en el ocaso) que no deja de dar pasos para atrás.

En este sentido, la dolorosa separación y después la jubilosa y generalizada celebración por la unificación en 1989, así como su rememoración en su 25 aniversario, significan dos cosas fundamentales: que las nuevas generaciones de alemanes se encaminan hacia la culminación del trauma que ocasionó primero el terror nazi y luego, el totalitarismo estalinista. De tal forma que en este movimiento los alemanes se han ido deshaciendo, a la vez, del nazismo heredado como parte de un acontecimiento con una grave carga de culpa colectiva incluida, así como de la tiranía soviética que tanto daño y opresión causó a Europa, principalmente. El proceso alemán es ciertamente un caso paradigmático de cómo pavimentar lo mejor posible el camino hacia la transición política. Los pendientes de Alemania en varios temas aún son muchos, pero lo que no se puede negar es cuánta felicidad puede causarle a la gente el éxito de la política, entendida ésta como el espacio al que la opinión pública pertenece para valerse de ella a fin de garantizar sus derechos y deberes democráticos. Esto es un valor agregado para la buena marcha de un sistema político, que con ello garantiza su funcionalidad y su consolidación.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter:@JLVAldesUgalde

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Un país descompuesto

José Luis Valdés Ugalde 02/11/2014

México sufre la peor crisis social y política desde la Revolución. Se trata de un proceso de gradual descomposición nacional: el país, además, sufre el maltrato impune de sus clases dirigentes desde hace 50 años o más. Desde la liberalización económica de los noventa, el país no crece a un ritmo que empalme con índices de justicia social que mejoren la distribución de la riqueza entre sus ciudadanos y subsane las enormes desigualdades de un país con la mitad o más de su población pobre y en el que no acaba de cuajar la consolidación de una clase media robusta que junto al anterior sector coadyuve a que se reactive el mercado interno y se dinamice la economía. La clase alta, incluido el hombre más rico del mundo, ensombrecen a lado de millonarios filántropos, encabezados por Bill Gates, que han invertido en el curso de su vida más de mil millones de dólares a nivel global en proyectos educativos, sociales y de salud pública, incluida la lucha contra el ébola. En la lista de los diez mayores filántropos de Forbes no aparece ningún millonario mexicano. Su apoyo a causas mexicanas similares es proporcional al que prestan a nivel internacional.

Desde la reforma política de 1977, que se intentó paliar las consecuencias de la represión social de los sesenta y setenta, y de hacer efectivos los preceptos constitucionales de inclusión, incumplidos hasta entonces, ha sufrido modificaciones varias (creación de instituciones ad hoc, pero insuficientemente eficaces que absorben una fortuna del arca pública). En su conjunto, el sistema mexicano es un sistema desestructurado. Esto se debe, en mi opinión, al hecho de que la Constitución ha sido violada sistemáticamente por la clase política; a que las instituciones del Estado son bisoñas, antidemocráticas y sin proyecto estratégico, sistemáticamente disfuncionales, en muchos casos corruptas; a que las instituciones como el IFE, ahora INE, por más buenas intenciones que tengan, abandonan su compromiso con el interés público debido al secuestro de la clase política, en forma por demás inexplicable y antitética. Al día de hoy son incluso estas mismas instituciones, muy honrosas en su primer ciclo, las que provocan también una desconfianza social generalizada y peligrosa desde hace más una década. Se agrega la descomposición partidista. Los partidos políticos son entidades de interés público obligados a cumplir con éste por encima del particular. Lo han traicionado. Basta revisar los salarios de sus dirigentes, coordinadores de bancada y de comisiones del Legislativo, para entender la desproporción entre las profundas necesidades de la democracia mexicana y el incumplimiento despilfarrador, que a costa de la cuenta pública, se ejerce en contra de los mexicanos por esta voraz clase política. Ante esto, la subestimación estatal de la crisis social nos ha sumido en el averno y desgobierno. Y el peligro ya nos alcanzó. La sociedad mexicana vive con pavor, un estado de sitio irresuelto por la ineficacia estatal, por la traición partidista y por el hecho de que las múltiples células cancerosas del crimen organizado, que hoy ya vemos claramente coludido con los partidos, ha penetrado al Estado a grado tal que la descompostura de la República entera requiere de un verdadero overhaul; pasando por una profunda reflexión nacional que coadyuve al concurso del conjunto de las partes aún sanas del Estado y de los muchos sectores de la sociedad civil (SC) que sufren en carne propia el agravio de esta grave disfuncionalidad.

Ante el último y quizás el más bochornoso de los sucesos nacionales, el de Iguala, como casi ningún otro, demuestra que la descompostura mexicana nos puede estar llevando a las puertas mismas del infierno, con todas las implicaciones regresivas para el país. El empresariado europeo y la clase política de los países de la UE, ven con preocupación cómo se podrán reconciliar sus intereses en el país con la pasividad y cuasi parálisis estatal frente a la descomposición social que están poniendo en cuestión la viabilidad del sistema político mexicano y el futuro nacional. Si en México todavía pudiéramos reunir en un sólo ejercicio la rectitud y la lucidez, lejos de la demagogia y la imposición de los intereses particulares, se podría salvar esta trágica etapa que confronta México. Hoy más que nunca la participación de la sociedad civil será imprescindible para lograrlo; no obstante, estoy convencido de que es sólo el Estado el último responsable de poner en orden el caos. La tercera ley de Newton me motiva a plantearlo así, las partes del Estado están relacionadas una con la otra, como las partes del universo: eternamente vinculadas juntas a través de las acciones de algunos y las reacciones de otros. ¿Será que no hay nadie suficientemente lúcido al interior del aparto político que pueda pensar en forma constructiva nuestro futuro? Si de plano no pueden reorganizar el sano destino del país tendrán que irse irremediablemente. La República entera empieza a exigirlo.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin

lunes, 20 de octubre de 2014

La guerra de Obama (III)

José Luis Valdés Ugalde 19/10/2014

Es probable que el origen del conflicto al que nos referimos al describir la tensa relación de EU con Cercano Oriente, se remita a un fracaso histórico que ha cercenado los intentos de acercamiento pacífico y silencioso del presidente  Obama. Ni la historia ha terminado, ni el capitalismo y el liberalismo han sido acogidos jubilosamente en todo el mundo. Los conflictos internacionales, lejos de desaparecer, se recrudecen cada día. Los actores no estatales se fortalecen para mal, los movimientos nacionalistas —que Fukuyama descartó como alternativas al sistema capitalista neoliberal por considerarlos tradicionales y espontáneos— han aumentado nocivamente (Rusia, Venezuela) y amenazan con trastocar el órden regional y global; no se diga la expansión súbita aunque explosiva del yihadismo fundamentalista representado por el Estado Islámico. En suma, aún se viven las consecuencias de otro fundamentalismo cuyas bases se encuentran en el ímpetu neoimperial unilateralista de Washington representado por George W. Bush, que se impuso por ocho años en el escenario global y que hoy no puede ser extirpado de la agenda estadunidense.

En este sentido, democracia y libertad han sido también funcionales desde los bajos fondos del establecimiento del poder supremo del último actor internacional dominante, pero paradójicamente más para legitimar las nuevas formas que adquiere la guerra moderna que para eliminarla. Esto es lo que se ha concebido como la representación de la destrucción y la guerra como una verdadera construcción civilizadora. De tal forma que, en el nombre de un reordenamiento que, en algunos aspectos de su especificidad, es falsamente necesario y auténticamente vago se destruyen pueblos, historias, identidades, para obligar a la inserción en un mercado de trabajo y democrático empeñados en dinamizar, modificar, o excluir a la vez lo que le es “ajeno”: uniformizar, muchas veces en forma forzada, tanto la producción como el consumo de valores económicos y políticos. El resultado, poca estabilidad, democracia y libertad. Basta tomar como ejemplo el dramático caso de Irak y los costos expansivos que ha supuesto para la comunidad y la estabilidad internacionales este conflicto.

En pocas palabras, Obama no ha tenido éxito al plantearse una nueva política exterior tan necesaria para EU. La estrategia de poder inteligente ideada por él pretendía preparar a Washington para producir condiciones que permitieran atender otros menesteres más trascendentales como la recuperación económica y encaminar las reformas internas que urgentemente necesitan implementarse a fin de no perder más influencia aún en su papel como el modelo económico y político a seguir. EU se encuentra en una situación complicada. El sistema internacional está sumido en un conflicto de grandes y muy diversas dimensiones, empezando por la inseguridad y el estancamiento económico, no se digan crisis de salud pública como la del ébola. Por otro lado, disminuye su influencia y poder frente al de China y la Unión Europea, al tiempo que (críticos hegemónico incluidos) se le solicita y exige (Turquía) que se involucre en el conflicto iraquí, incluso con tropas en el teatro de guerra, todo lo cual Obama no va a arriesgar y menos si otros países, Turquía principalmente, no hacen lo propio. Así pues, Obama en lo particular se encuentra más liado que nunca dada la imposibilidad que le han impuesto las condiciones de inseguridad globales y las presiones políticas internas. A diferencia de Lincoln, F.D Roosevelt, Clinton e incluso Johnson, Obama no ha tenido la buena estrella de sus predecesores. Se trata de un personaje con ideas de avanzada y de trascendencia que fue capaz de lograr la hazaña de ganar la candidatura demócrata y luego ser presidente por dos períodos, que no es poca cosa al tratarse del primer mandatario afroestadunidense en lograrlo. Lo que parece haber ocurrido es que el EU de hoy no estaba preparado para recibirlo y aceptarlo como líder: el racismo aún intacto entre algunos sectores es de los peores y más descarnados del mundo y esto le ha impedido lograr los consensos necesarios para gobernar en calma. Por otro lado, un líder de sus características, aunque entiende el fenómeno de la guerra, no está preparado para emprenderla. No la quiso nunca, no la quiere y no la va a poder hacer bien por este simple hecho.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin
Twitter: @JLValdesUgalde

La guerra de Obama II

José Luis Valdés Ugalde 05/10/2014

Clausewitz afirmaba que la guerra era meramente la continuación de la política por otros medios y, en efecto, tenía mucha razón. La guerra es por lo tanto un instrumento de la política para hacer valer sus intereses en determinado momento. Hasta ahora, no ha habido un hecho de guerra que contradiga la máxima del influyente general prusiano y teórico de la guerra. Desde la Segunda Guerra Mundial, el papel jugado por Churchill, Hitler, Stalin, Roosevelt y después Truman fue militar, pero también político (en el cual Hitler fracasa) en tanto que se definió la correlación de fuerzas que duró tres décadas, durante toda la era de la guerra fría. La ofensiva aliada encabezada por EU en contra del Estado Islámico (EI) en Irak y Siria  tiene por un lado una racionalidad militar y de defensa de la seguridad que en algo explica su emergencia. Pero tiene también un antecedente político que remonta a los orígenes del estado de Israel en mayo de 1948, así como la existencia del control imperial en la región y nos sorprende hasta el día de hoy a raíz de la política de Washington y algunos aliados en la región, más en particular Irak, el teatro de guerra que nos ocupa y preocupa hoy intensamente.

El Estado Islámico está violando toda convención internacional acerca de la guerra, lo que genera un enfrentamiento cada vez más irregular toda vez que se trata de interpretes estatales enfrentados en contra de actores no estatales. Estos últimos han cometido todo tipo de tropelías, ya documentadas en reportes de la ONU y catalogadas como crímenes contra la humanidad, tales como la venta de mujeres y niñas a los combatientes del Estado Islámico y grupos de jóvenes con el fin de facilitar su reclutamiento. Cerca de 8 mil 500 civiles han sido asesinados y más de 15,700 han sido heridos, sólo en Irak. Más de 11 mil de estas bajas ocurrieron entre junio y agosto, período en que el Estado Islámico inicia y profundiza su campaña militar. A estas alturas más de 1.8 millones de turcos han sido desplazados. Según el reporte de la oficina de la ONU en Irak, la siguiente es la lista de ofensas cometidas por el EI: “Ejecuciones de civiles, secuestros, violaciones y otras formas de agresión física y sexual contra mujeres y niños, reclutamiento forzado de niños, destrucción y profanación contra lugares de significancia religiosa y cultural, destrucción y robo de propiedades, y la negación de las libertades fundamentales”.

Desde el nazismo, las guerras en Vietnam y en Bosnia, entre otros conflictos lamentables, no veíamos tanta brutalidad junta y diariamente. Y aquí viene el aspecto político de la guerra que presenciamos desde junio. Primero están los antagonismos entre halcones y palomas en EU, así como las tensiones provocadas por la torcida interpretación de la derecha, responsable desde 2003 de la actual crisis en Irak y que han presionado electoralmente a Obama para que actúe, al tiempo que lo dejan sólo; Obama, al lado de sus consideraciones humanitarias, pero también con urgencia por guardar un mínimo equilibrio en esta confrontación y de asegurar un capital político para su partido con miras a las elecciones intermedias en noviembre, ha respondido con los ataques quirúrgicos, al tiempo que ha respondido a un público que se ve amenazado directamente y que le pide al presidente de EU que actúe. Segundo, está la política de seguridad que esta misma derecha con sus actos fallidos, obliga a implementar y a ser seguida por el mundo entero con todas las tensiones internas que han causado gran polémica, desde las revelaciones de WikiLeaks y las filtraciones de Snowden acerca del espionaje global ejercido por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA por sus siglas en inglés). Están también desde luego las decapitaciones de cuatro rehenes occidentales en manos del EI, lo que ha llevado a los gobiernos de EU, Reino Unido y Francia a estar bajo una mayor presión local.

Se viven de nuevo tiempos convulsos globales en medio de los cuales quedó ubicado Obama bajo gran presión. He aquí un presidente que por más de tres años se negó a intervenir en Siria a fin de parar el genocidio y que se quiso concentrar en reorganizar la gobernabilidad en EU. La ofensiva antiyihadista de Obama y sus aliados es un prueba de fuego a la potencia en declive que tendrá como máximo objetivo garantizar la seguridad global, hoy tan mal administrada por la administración estadunidense.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin


jueves, 2 de octubre de 2014

La guerra de Obama (I)

José Luis Valdés Ugalde 21/09/2014

Todos los esfuerzos hechos para no caer en las garras de la guerra, por quien se consideró en su momento como un prematuro Premio Nobel de la Paz, han fracasado. Barack Obama decidió este mes de septiembre lo inevitable: usar sus prerrogativas presidenciales dado el convulsionado clima político interno y emprender una ofensiva contra el Estado Islámico (EI) en Irak y eventualmente en Siria, en la forma de bombardeos aéreos quirúrgicos y con una amplia alianza detrás, que sienta un precedente de trascendencia. Bush, padre, Bill Clinton y Bush, hijo, tuvieron los tres sus respectivas guerras. El primero bombardeó Bagdad y quiso derrocar a Hussein; su hijo, sumido en un profundo conflicto de identidad, mental y emocionalmente perturbado y que estaba en realidad para paciente de la siquiatría moderna y no para gobernar, lo quiso vengar y ese sí, de plano, invadió Irak en 2003 y derrocó al dictador. Lo hizo unilateralmente, violando la ley internacional, lastimando la estabilidad del orden global y ocasionando de hecho la mayor tragedia estratégica de Washington en política exterior desde la guerra de Vietnam, todo lo cual obliga a Obama a un nuevo desplazamiento guerrerista en la zona. Clinton, por su parte, intervino en 1995 en el conflicto en Bosnia con el fin de detener la guerra y el genocidio en la ex Yugoslavia.

La historia tiene un sentido negro del humor. La de Irak es una guerra que parece no tener fin, pero que hoy por hoy es un conflicto en una etapa muy superior a la anterior, que obliga a su contención. Lo hereda Obama a raíz de las torpes obsesiones de George W. Bush y de ese grupo compacto de maximalistas, The Project for The New American Century, que pretendía a toda costa dominar al mundo y continuar en la línea del unipolarismo militarista, abandonado tiempo atrás. Su obsesión por dominar encegueció a Bush, Cheney, Wolfowitz y compañía; les impidió comprender que la guerra fría ya había terminado. Se emplearon a fondo en Irak en 2003 e iniciaron una guerra ilegal y fallida que hoy repercute en riesgos de enormes dimensiones para la seguridad regional e internacional. A pesar de que en 2013 Obama declarara que la guerra de Irak, “como todas las guerras, debe terminar”, el Presidente inicia hoy una ofensiva contra el EI con el propósito explícito de detener el caos ocasionado por esta facción radicalizada y de hecho divorciada de Al Qaeda, y parar su lunático intento de instaurar un Califato en Irak y Siria, así como detener la devastación y la violación a los derechos humanos que el EI ha causado conforme avanza y toma posiciones alrededor de Bagdad. Hasta el momento de escribir esto, se trata de una ofensiva que lleva alrededor de 150 bombardeos aéreos de EU en contra de un ejército irregular de sólo diez mil integrantes. No obstante, no es poca cosa advertir que a esta ofensiva del EI la precede un hecho: los grupos radicalizados islámicos han crecido cerca de 60% en los últimos cuatro años, mientras que los ataques de Al Qaeda y sus allegados (no se incluye al EI) se han triplicado. Esto ocurre al tiempo que Al Qaeda pretende radicalizar a los musulmanes de la India y Libia.

No deja de ser paradójico que un Presidente que como precandidato y candidato se opuso a la guerra en Irak y se confrontó sobre estas bases con Hillary Clinton, primero, (como senadora votó a favor de la invasión de Irak) y con McCain, después (también votó a favor), y que inició su mandato con el firme propósito de terminar “la guerra contra el terror” de Bush y de desmilitarizar Oriente Próximo, esté hoy viendo cómo se consume su segundo periodo y se define su legado, de nuevo sumido en una polémica —aunque en mi opinión, inevitable— decisión de recurrir a la fuerza para contener el riesgo a la seguridad mundial que la ofensiva del EI supone. Los ciclos de las guerras no perdonan. Aunque EU haya tenido una participación significativa en la mayoría de ellas en el siglo actual y en el pasado, hoy en día la guerra que confronta Obama, líder de un hegemón debilitado, tiene otra cara que ya habíamos vislumbrado. Se trata de una confrontación entre actores estatales y no estatales, y con quienes la diplomacia no sirve para nada. En esta ocasión las implicaciones para la seguridad internacional son aún más graves que con Al Qaeda.

*Investigador y profesor visitante en el Lateinamerika–Institut, de la Freie Universität Berlin