viernes, 12 de enero de 2018

Los peligros que vienen (I)

07 de Enero de 2018

Así nacen siempre las guerras:
de un juego con palabras peligrosas,
de una superexcitación de las pasiones nacionales;
y así también los crímenes políticos;
ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra
ha vertido tanta sangre como la cobardía humana.
Stefan Zweig.


Es de suyo conocido que la entrada de Donald Trump a la Casa Blanca, ha supuesto un parteaguas en la historia mundial contemporánea. Los muy precarios equilibrios de poder que se instituyeron con grandes esfuerzos y no menos dificultades pueden estar en serio riesgo en la actualidad.
Hablamos del debilitamiento del andamiaje que sostiene el multilateralismo y sus instituciones internacionales más preciadas. Todas ellas, instituciones imprescindibles para garantizar y defender la paz, la defensa de la seguridad global frente a actores beligerantes estatales y no estatales, la educación, la cultura y la salud, el desequilibrio ecológico provocado por el calentamiento global. Se trata de la distribución de los bienes globales necesarios para que el planeta se proteja de su principal amenaza: las acciones del hombre.
En este caso, este hombre, este actor, Trump, ha despertado pasiones negacionistas acerca de la historia política, militar y ecológica mundial, y ha usado para ello todo el poder que posee como cabeza de la potencia, aunque en declive relativo, más poderosa, militar y económicamente del planeta para imponerse.
Hemos atestiguado que el compromiso y responsabilidad con la mayoría de los estadunidenses y de los pobladores, que regional y mundialmente están a expensas de las políticas de EU, no han sido cumplidos por este extravagante habitante de la Sala Oval. Toda vez que ha decepcionado y roto con los principios de la democracia liberal que guiaron a sus antecesores, al no haber estado dispuesto a acordar con aliados y enemigos un orden racional, no se diga una orientación humanista, en la toma de decisiones locales como internacionales.
Su veto a la entrada de inmigrantes musulmanes, sus chantajes para con los jóvenes inmigrantes dentro del programa conocido como DACA, su decisión de apoyar, contra el sentir de la comunidad mundial y de la Asamblea General de la ONU, la postura de los halcones de mover la capital de Israel a Jerusalén y su cruzada pronuclear frente a Corea del Norte e Irán, nos muestran a un Trump extraviado, disperso y extremista, que en cualquier momento podría tomar una decisión impulsiva, muy característica de él, apretar el botón y provocar una conflagración global.
Su poder de provocación es imparable e ilimitado. Todo en él representa una anatomía de la monstruosidad, tal y como titula su libro Nathan J. Robinson (Trump: Anatomy of a Monstrosity, edición Kindle, 2017).
Debido a su falta de disciplina y conocimiento del arte de gobernar, al lado de muchas torpezas resultado de una personalidad narcisista, Trump ha emprendido un viaje de no retorno (lamentablemente), que tiene a todos, incluidos a los militares democráticos de su país, anonadados. Y tal y como lo revela el polémico libro, Fuego y Furia (Fire and Fury: Inside the Trump White House, edición Kindle, 2017), en la corta historia de su mandato, Trump esconde varias secuelas oscuras de su vida.
Desde la proveniencia de sus ingresos, sus declaraciones al fisco, el lavado de dinero con la mafia neoyorkina a través de sus empresas constructoras, hasta el que presumiblemente lavó en sociedad con los grandes financieros rusos antes y después de Putin y el Rusiagate. Pero, preguntaría Robinson, “¿es Trump sólo estúpido e irrisorio?” No, es, aunque grotesco y carismático (¡lo que se quiera entender por esto ahora mismo!), también un sujeto con la habilidad de haber llegado desde los grandes negocios y haber convertido la riqueza espectacular en celebridad y poder político. Innegable y ciertamente expresión de la suma decadencia en la que ha caído el sistema político estadunidense.
Por si no lo queríamos ver, la crudeza y decadencia política en Estados Unidos hoy, por fin, con Trump, se nos presenta nítidamente a través de las acciones del plomero político mejor logrado por aquélla, desde los tiempos de L.B. Johnson y Richard Nixon.
¿Y las amenazas que representa el indeseable señor Trump, a nuestros pares de la sociedad civil, allá, acá y acullá? ¿Y al mundo constructor de las instituciones democráticas internacionales más acabadas desde el orden de Westfalia? Si me lo permiten los amables lectores, estos serán temas de futuras entregas, incluido el análisis del último libro mencionado.

Algo es algo, dijo el calvo...

Nunca pensé que durante el año que estamos por despedir —annus horribilis-— fuera a escribir tanto sobre el insufrible Mr. Trump. He tratado de ofrecer algunas luces sobre la biografía de este terrorífico y desequilibrado personaje que irrumpió en la política como todo un advenedizo y ha atentado contra la democracia política y social, desde el lado más oscuro de la condición humana.

24 de Diciembre de 2017

Ya hemos escrito en este espacio editorial acerca de las muchas fallas sintácticas, exabruptos mentales constantes y tics faciales y verbales mussolinianos de Trump, y que tanto han alertado a la comunidad siquiátrica, periodística, académica y diplomática nacional e internacional, acerca del gran atentado a la estabilidad política y económica, y a la seguridad mundiales, que supone la presidencia de Trump. Los riesgos globales para EU y el mundo se han elevado exponencialmente. Y esto es más profundo, recientemente, desde que Washington tomó la deplorable decisión de apoyar el traslado de la capital de Israel a Jerusalén. Decisión, rechazada recientemente por la Asamblea General de la ONU, que han enfurecido a la embajadora Haley como al propio Trump, llevándolos a amenazar con represalias a aquellos países que votaron en contra de EU (“ya hemos anotados sus nombres”).

El tema que está al centro del drama político de Washington es el extremo abuso de poder del que Trump se ha valido para controlar la política estadunidense sin tener credibilidad, y la sola legitimidad que da el Colegio Electoral (no el voto popular), en razón de la arquitectura constitucional con la que se tejió el sistema electoral. En cualquier caso, Trump es un presidente impopular, encubierto por una casta del establishment republicano y los sectores de la extrema derecha, que han decidido inmoralmente por una apuesta de pasado, con tal de garantizar la continuidad, a pesar de la crisis constitucional que se avecina. Estos sectores que lo apoyan, seguramente verán en el 2018 cómo se lo cobrarán los votantes.

Trump obtuvo recientemente su primera victoria en el Congreso, al lograr la aprobación de su reforma fiscal. Misma, que permitirá el mayor recorte de impuestos desde la era de Reagan. Como se demostró entonces, si bien el recorte beneficiaría a las grandes empresas (lo cual, al principio impactará negativamente en México), en el mediano plazo el costo será alto, toda vez que el gasto gubernamental, especialmente en el sector social, provocará un incremento feroz de la deuda y el déficit. Frente al único triunfo político obtenido por Trump, estas consideraciones acerca de las consecuencias ciertamente le importarán poco. Lo más significativo es que este “triunfo” ha sido utilizado como la pantalla perfecta para ocultar las muchas crisis cuasi constitucionales que amenazan a la presidencia.

Por ejemplo, el Rusiagate sigue dando de qué hablar. James Comey, exdirector del FBI, despedido por Trump, acaba de ser apoyado por su subdirector en su declaración en el sentido de que Trump le pidió lealtad en el tratamiento que le daría sobre su responsabilidad en la intervención rusa en la elección de 2016. Esto implica obstrucción de la justicia, causal suficiente para dar cauce al proceso de destitución. Por otro lado, crecen los rumores de que Trump intenta despedir al fiscal especial del Rusiagate, James Mueller. Ante el escándalo, las encuestas realizadas por CNN, muestran que Mueller tiene, en el asunto, 47% de credibilidad contra 34% que respalda al Presidente. El furor desatado por el rumor de despido, ha llevado a diversos actores políticos a advertir que este despido violentaría la legalidad y crearía una crisis constitucional de proporciones parecidas a las que Nixon provocó cuando despidió a Archibald Cox, el fiscal especial a cargo de investigar el Watergate. Todos recordamos que antes de que el congreso lo destituyera, Nixon presentó su renuncia y la crisis se mitigó.

La presidencia de Trump significa una anomalía democrática de enormes dimensiones. Y aunque su contagio ha disminuido con la derrota del populismo soberanista de extrema derecha, en diversos países de Europa, no deja de ser preocupante su potencial ascenso en un contexto de crisis democrática y capitalista generalizada. La celebrada reforma fiscal, por otro lado, tendrá repercusiones negativas en los mercados emergentes y pegará a México, más de lo que el trumpismo ya nos pegó. ¡Felices fiestas a los amables lectores!

La bomba

Como tantos otros temas sobre los cuales el magnate Presidente no tiene ni idea, Trump acaba de exponer a su país y al mundo a la crisis de inseguridad más alarmante en toda la historia política moderna de EU, desde 1945. Al reconocer la ciudad sagrada de Jerusalén como capital de Israel, que por cierto pertenece por igual a todo lo que tenga que ver con la tradición judeocristiana y musulmana (o sea, casi todo el mundo). EU rompe con una larga tradición en la que era puntal en las negociaciones de paz en la región.

10 de Diciembre de 2017

La nueva geopolítica impuesta con esta decisión en el seno del rompecabezas regional más volátil del globo, desintegra todos los equilibrios y la détente de la región. Desde ya, podemos decir que estos equilibrios han estallado, literalmente, de un plumazo. La furia palestina ya se hace sentir y pronto lo hará el resto del mundo musulmán que verá en esta decisión una declaración de guerra. Y es por esto que los aliados estadunidenses y prácticamente el resto de los actores globales han manifestado su asombro y alarma frente a las posibles consecuencias que se avecinan después de este nuevo exceso trumpista.

En consecuencia, es muy probable que pronto veamos los resultados trágicos que muy seguramente tendrá esta decisión, en la forma de nuevos atentados terroristas tanto en Occidente como en otras regiones del globo, ahora, quizá, mucho más concertados de lo que han sido antes. EU se aleja del consenso mundial acerca de las formas de afrontar un conflicto histórico tremendamente delicado. Y de paso causa una gran escisión en su propia coalición y entre los más diversos actores políticos y sociales. Por ejemplo, John Brennan, exdirector de la CIA (2013-2017), ha afirmado en un comunicado: “Esto es un disparate de dimensiones históricas. Los intereses de Estados Unidos van a quedar dañados por muchos años y la región se vuelve mucho más volátil”.

Desafortunadamente, provocaciones como ésta, que son incluso ahistóricas, le dan poder a los halcones israelíes, encabezados por Netanyahu, y a los estadunidenses, encabezados por Trump. El apoyo de Trump significa, en última instancia, el respaldo implícito a Netanyahu, quien en los últimos ocho años ha ejecutado brutalmente el programa de colonización progresiva de Cisjordania, la judaización a ultranza de Jerusalén y la discriminación legal de los ciudadanos palestinos de Israel. Esto ha sido hecho en contra de la voluntad de muchos miembros de la comunidad judía antisionista en Israel y en el resto del mundo. Israel y EU han incumplido con las resoluciones de la ONU y el derecho internacional. Y además de haberlo hecho, simplemente se han reído de la ONU y de la comunidad internacional, que prácticamente en su mayoría ha cuestionado la temeraria medida.

Lo peor: El centro racional de decisiones de EU en política exterior pierde la brújula, y esta decisión devastadora para palestinos, musulmanes y cristianos, por igual, tendrá, entre otros impactos desfavorables para el equilibrio de poder pacífico en el globo, que EU queda claramente descalificado para seguir jugando el papel de mediador central en el conflicto árabe–israelí y en el tan accidentado proceso de paz, como lo había hecho por décadas. A partir de este momento, EU ha quedado aislado de la comunidad de naciones que han respaldado históricamente el acuerdo de paz. Edward Said, sociólogo palestino-estadunidense y autor del clásico libro Orientalismo, había advertido hace más de una década que la única opción racional y justa para la solución del conflicto árabe-israelí era la fundación de un Estado binacional. De otra forma, la violencia continuaría en forma creciente. La ceguera de Trump muy seguramente provocará una escalada de violencia aún mayor.

Con esta decisión, el EU de Trump emprende con mayor determinación un avance significativo en su marcha hacia el aislacionismo. Esto significará su retiro gradual de los acuerdos globales en los que es copartícipe central, tal y como el calentamiento global, el apoyo a los refugiados y, en general, los compromisos que como potencia ha asumido históricamente. Y esto también supondrá el descenso de su poder relativo en el orden internacional y frente a actores predominantes como China y la UE

lunes, 27 de noviembre de 2017

El gran enredo

Trump anda enredado en casi todos los temas. La mayoría de ellos, asuntos que están fuera de su competencia, por ser él mismo incompetente. La suya es una incompetencia de Estado, producto de la estulticia y la arrogancia de lo que el FBI, según reporta recientemente, considera una personalidad tan narcisista como sicópata (ver Trump’s Brain: An FBI Profile of Donald Trump: Predicting Trump’s Actions and Presidency)

26 de Noviembre de 2017

En un reporte reciente de 27 siquiatras estadunidenses (The Dangerous Case of Donald Trump: 27 Psychiatrists and Mental Health Experts Assess a President), se cuestiona la salud mental de Trump y se le declara como un peligro para la seguridad de EU, además de que se apela a la aplicación de la enmienda 25 constitucional que empodera al gabinete, al vicepresidente y al Congreso, a declarar al Jefe del Ejecutivo como incapaz y sin facultades para gobernar y en consecuencia, proceder a su destitución.

La revista Newsweek ha bautizado a su gobierno como el más corrupto de la historia. Según su relato, hay al menos seis funcionarios de primer nivel en el gabinete usando aviones militares para llegar a su destino, vinculados con negocios que bien podrían estar asociados a la mafia rusa y al lavado de dinero: en la lista se incluye al secretario de Comercio, Wilbur Ross, el mismo que está queriendo imponer los términos más leoninos que se hayan visto en la renegociación de un tratado comercial, en este caso el TLCAN. También señala a Jared Kushner, yerno y consejero estrella de Trump, quien habría omitido declarar un billón de dólares en préstamos externos para sus empresas inmobiliarias. Otro personaje señalado es el siniestro Michael Flynn, el general muy tempranamente defenestrado como consejero de Seguridad Nacional. Flynn ya ha pintado su raya con Trump y ha quedado al margen de la cooperación legal que sus abogados mantenían con la Casa Blanca. La razón: ya acordó aceptar la condición de testigo protegido del fiscal especial, Robert Mueller, para declarar en contra de Trump y su equipo por el Rusiagate, que va que vuela como la crisis judicial más grave desde el Watergate de Nixon.

En el reportaje referido, Flynn es acusado, entre otros cargos, de haber realizado transacciones ilegales con los gobiernos turco y ruso antes, durante y después de la elección de Trump.

Y para rematar, ahora, 16 mujeres más han acusado a Trump de acoso, abuso sexual y violación a sus derechos de género, todo lo cual ha quedado plasmado en un documental de la firma Brave New Films (16 mujeres y Donald Trump). Es decir, si en noviembre de 2016 se trató de una crisis de política electoral, ahora estamos ante una crisis de gobernanza estatal de gran calado, una gran hidra asesina, a la que semana tras semana le nace una cabeza nueva, dispuesta a seguir devorando las extremidades y vísceras de un gobierno sin organicidad ni racionalidad democrática alguna y manchado por la ilegitimidad.

La clase política está alarmada ante las crisis ocasionadas por Trump. Lo están aún más los republicanos, quienes en su momento se entregaron a Trump en la confianza de que esto les daría capital político para las elecciones de 2018 y así poder conservar la mayoría legislativa.

La razón de su legítima preocupación no es menor. Los demócratas han ganado recientemente dos gubernaturas, en Nueva Jersey y Virginia, y muy probablemente lo hagan también en Alabama, toda vez que el candidato republicano, Roy Moore, está siendo acusado de haber pretendido niñas de 14 años, siendo él un joven abogado en sus 30.

Nos falta mucho por ver todavía, pero ya no queda la menor duda de que desde que Trump llegó a la Casa Blanca, un sujeto degradante, de dudosa salud mental e intelectual, que provoca vergüenza a los estadunidenses, le ha impreso aún más vulgaridad al ambiente democrático estadunidense, que ya de por sí vivía una crisis de fondo muy seriamente debatida en EU.

Hoy el mundo entero tiene que negociar con un vándalo en jefe, errático y provocador, que nos hace rememorar, hoy más que nunca, aquella sabia frase de Santayana: “Aquellos que olvidan el pasado están condenados a repetirlo”.

martes, 14 de noviembre de 2017

Un año de pesadilla TrumpPutinista

Hace más un año que estoicamente hemos repasado y escrito sobre la presidencia de Trump. Se trata de un periodo en que la mayoría ciudadana parece estar lamentando con vergüenza la Presidencia de tan incómodo personaje (su índice de aceptación, el más bajo históricamente, no rebasa 34%)

12 de Noviembre de 2017

No se digan las preocupaciones del resto de los habitantes y líderes de este planeta que día con día atestiguan cómo se rebaja la política de Estado a los niveles de estulticia y vulgaridad más bajos de la historia de la Presidencia estadunidense. Al menos, por estas dos razones, la Presidencia de Trump es un fracaso de alto riesgo. De hecho, ya se auguraba por la mayoría de los observadores razonables desde que, como candidato, se convirtió en un vándalo político, como lo advirtió a tiempo Haslett, (Adam Haslett, Vandal in Chief, The Nation, 24/10/16). Y es de alto riesgo debido a que ante tanto fracaso, la desesperación que esto conlleve, pueda llevarlo a tomar medidas desesperadas, como bombardear Corea del Norte o provocar aún más a Irán.

Lo más reciente de la corrupción trumpista: Paul Manafort, exdirector de la campaña trumpista y amigo personal del Presidente, ha sido acusado de lavar más de 75 millones de dólares, resultado de sus tratos con el gobierno de Víctor Yanukóvich, expresidente de Ucrania, protegido de Putin, sospechoso, además, de robar 12 mil millones de dólares del erario. Manafort está bajo el régimen de prisión domiciliaria, así como su socio Rick Gates, quién también está sometido a arresto domiciliario. Se ha sabido que Manafort y sus socios no eran los únicos acusados, George Papadopoulos, exasesor de política exterior, ha confesado haber mentido al FBI sobre sus contactos rusos y se encuentra ya como testigo protegido del FBI.

Se sabía que otros miembros de la campaña trumpista, J.D. Gordon y Carter Page, se reunieron con diplomáticos rusos coludidos contra Clinton; de hecho, Page renunció por esto a la campaña. Para rematar, se acaba de dar a conocer que Jared Kushner, yerno y asesor especial de Trump, junto con el fallido Flynn se reunieron con el embajador ruso en la Torre Trump, en diciembre de 2016. De nuevo, la trama TrumpPutinista persigue a la Presidencia más groseramente corrupta, mentirosa y mediocre desde Nixon.

Con la presidencia de Trump se desdibujaron los patrones de ética políticos, así como se afectó importantemente la tan cuidada coalición conservadora. Se está sometiendo al sistema político a múltiples presiones y se ha buscado el desgaste de las instituciones republicanos. Desde su inicio y fundamento, el trumpismotiene las características clásicas de un movimiento desestabilizador, lo cual no es poca cosa, si atendemos a que esto ocurre desde el centro del poder de una potencia, aunque en declive relativo, aún con gran poder en varios temas y zonas de interés global. Se trata de un movimiento tribal que no valora ni los principios ni la verdad. Las ideas han sido sustituidas con desplantes impulsivos sin dirección estratégica o incluso programática. El trumpismo fragmentó al Partido Republicano y fulminó de un lance a sus teóricos, Edmund Burke y William F. Buckley Jr.., a los cuales reemplazó por las ocurrencias reaccionarias de Ann Coulter y Milo Yiannopoulos, ambos asociados con la Alt Right. Ni siquiera la vulgaridad política del Tea Party había podido desangrar el tejido político del conservadurismo, como lo ha hecho el trumpismo.

Se trata de un movimiento involutivo y antidemocrático. No defiende la causa de la democracia, sino tiende hacia la compactación de los espacios más duros e inhóspitos de la política por medio de la intolerancia. El trumpismo es antipluralista y antiincluyente. En consecuencia, su narrativa y acción políticas descansan en el desprecio a la diferencia y la diversidad. Es antiliberal tanto en lo político como en lo económico. Representa todo lo que se había dejado atrás en la segunda posguerra y la Guerra Fría y refuerza tradiciones como el Macartismo, una de las peores épocas de la moderna quema de brujas. Es, en suma, un punto de inflexión para la modernización política en EU y el resto del mundo, y de cuya evolución dependerá la sobrevivencia de la tradición democrática estadunidense y mundial. Como bien lo anunció Der Spiegel: “Trump es el hombre más peligroso del mundo”.

lunes, 6 de noviembre de 2017

¿En dónde quedó la soberanía? José Luis Valdés Ugalde ¿En dónde quedó la soberanía?

¿Por dónde anda rodando hoy la soberanía nacional? ¿Es un ente errante o en proceso de transformación, dada la dinámica que la globalización ha imprimido a la dinámica internacional? Es, por cierto, esta una discusión pertinente, ahora que se está renegociando el TLCAN.

29 de Octubre de 2017

Desde que la soberanía se proyectó como un derecho territorial de los estados nacionales a finales del siglo XVII hasta nuestros días, ésta ha sido entendida como el reconocimiento de la capacidad que cada estado-nación tiene de autogestionarse; es decir, su naturaleza internacional es tan reconocida como la interna —son vinculantes—, aunque no por ello una sea más o menos importante que la otra. Esta idea sobre el Estado persiste y tiene una consistencia histórica objetiva, pero lo cierto es que la realidad local y global han cambiado entre el siglo XX y XXI, y se nos presentan nuevos aspectos de este proceso, dignos de considerar. El impulso de la globalización —nos guste o no— es una certitud que ha transformado las relaciones socio-políticas a todos los niveles. Tanto entre estados como entre individuos. Desde que los procesos de integración avanzaron galopantemente en todo el mundo, la globalización ha transnacionalizado la política y la economía.

¿Cómo se define la soberanía en un mundo en el que se habla de la desaparición de las fronteras territoriales y el creciente decaimiento del Estado nacional? Para poder explicar la situación de la soberanía en el marco de la globalización habría que analizar la situación del Estado moderno para establecer un marco de referencia, toda vez que la soberanía es una característica inherente a éste, no se concibe sin él.

Ante el panorama mundial contemporáneo, es inevitable pensar que la soberanía, al igual que el Estado, son categorías que se componen de distintas tipologías, ya que el momento histórico (entre siglos) y las condiciones sociales mundiales son otras. Pero ¿hasta dónde es visible que la soberanía esté desapareciendo? ¿En qué medida la ha restringido o transformado la globalización? ¿Se trata de un fenómeno fragmentado por la movilidad a la que ha estado sujeta por los flujos crecientes y veloces que ha impuesto la globalización? Ya no se puede decir que la soberanía siga siendo la misma que Rousseau conceptualizó en su momento, porque entonces ya no existiría estado soberano alguno, debido a las relaciones de interdependencia transnacional que dominan el orden internacional desde el fin de la Guerra Fría.

El momento actual, no obstante, es crítico. Los movimientos soberanistas extremistas ya no provienen sólo de la izquierda, como en los tiempos del viejo populismo. Hoy provienen de las extremas derechas que niegan la matriz liberal democrática en donde se gestaron. Con el triunfo de Trump, la tentación populista se reforzó transnacionalmente. Después del Brexit, se ensancha la brecha para que el nacionalismo nativista y chovinista —provisto de una narrativa denigrante contra todo el que se oponga— se empoderó en el seno de los sistemas democráticos. Está por verse si se va a aprovechar la asunción de la demagogia populista del trumpismo para celebrar el fin de la democracia liberal. El resultado electoral en EU, así como es un resultado del proceso democrático, es también una expresión de su crisis sistémica; lo mismo ocurre en Europa, en donde han reemergido fuerzas extremistas como el UKIP británico, Ley y Justicia en Polonia, el Fidesz húngaro y los Partidos de la Libertad en Austria y Holanda. Esto sucede, tanto porque se cuestiona la validez de dos conceptos que clásicamente han caminado juntos y que hoy se miran con extrañeza: democracia y liberalismo; como por el hecho de que el subproducto electoral más visible representa una amenaza directa a lo que queda de éste, precario, pero único sistema político posible para la convivencia civilizada.

El soberanismo (no la defensa de la soberanía democrática) atenta desde adentro en contra del sistema democrático, al tiempo que niega la realidad multifactorial del mundo de hoy. El soberanismo trumpista puede lastimar el sistema global sin mejorarlo, pero lo que no ve es que ante la polémica complejidad del fenómeno globalizador, su aislacionismo será su sentencia de muerte.

lunes, 16 de octubre de 2017

La nación de los lujos

¿Por qué ese lujo de darnos tantos lujos en esta República tan ávida y escasa de un sistema político de deliberación y participación democrática que haga justicia a la creciente demanda de la sociedad política por mayor equidad y justicia?

15 de Octubre de 2017

Para Leonardo Curzio, ¡bella figura!

Ante las oportunidades perdidas por tanta traición de la espesa clase política a la patria/matria, se agrega de nuevo la máxima nefanda del autoritarismo de los ochenta: “No pago para que me peguen”, decía López Portillo. Paso seguido cortó el presupuesto a la publicidad estatal que se paga con el dinero de los mexicanos, al Proceso de Scherer. Ante el infortunio nacional, prácticamente en todos los frentes, el sistema que sigue encabezando una recalcitrante estirpe política (hoy raptado por Atlacomulco), arriesga la seguridad, la estabilidad y el bienestar de los mexicanos.

El amafiamiento sin límites del poder, evidenciado en altos índices de corrupción e ineficacia estatal, toca todas las fibras del sistema y atenta contra la soberanía nacional, toda vez que nos descobija, desde la ilegitimidad, frente a nuestros interlocutores externos. Pasando por las avenidas societales e institucionales cooptadas por los representantes populares, los árbitros y por nuestros poderes republicanos, hoy padecemos un muy peculiar sistema de codicia mesiánica. Muy típico de naciones castradas por su chovinismo dogmático y terco ante la necesidad de ocultar lo más turbio de la organicidad sistémica, derrotada por sí misma frente a su suicida encierro ante al desahucio (la patria es primero, México es más grande que sus problemas, etcétera) y que han sometido históricamente la voluntad de la gente, e incluso convertido la acción colectiva espontánea, en el coto de caza (pisoteo incluido) que nos arroja al terreno de la vulgaridad particular y colectiva. Todo lo cual nos obliga a “admitir cualquier cosa de este mundo, pero que no es lo bastante poderosa para hacernos admitir el mundo mismo” (Cioran).

Más notoriamente desde Díaz Ordaz, la decadencia sistémica (que hoy expulsó del oído público, a Aristegui, a Curzio) es la expresión de una descomposición lenta, enraizada en el ámbito de la plomería estatal, la cual no hemos querido desmantelar con el imperativo radicalismo cívico que merecería como respuesta la majadera censura de Estado. Claro, la excepción ocurre sólo cuando las crisis telúricas o las tragedias hacen resurgir de la ultratumba hispano-mexica motivos falsamente felices para el enaltecimiento patriótico. Lo peor, dicha censura se realiza en el nombre de un interés nacional, que muy pocos estamos dispuestos a seguir subsidiando.

Los lujos que México se da en muchos frentes que nos son deficitarios son nuestra perdición. Tal y como les pasa a los adictos, México se volvió adicto a la costumbre de no recordar. No es tanto un mero ejercicio de olvido; se trata de un problema de memoria histórica, de una falla geológica en el cerebro de la nación que nos sume y orilla a una dimensión imprecisa, pero que resulta ser un ámbito de enorme fragilidad en la que se asoma una sociedad solitaria y melancólica, frente a un Estado depredador y derrochador de política y economía, las cuales se vuelven vacías, en el ámbito mismo de la inequitativa distribución de los derechos y deberes. ¿Pensábamos en un Estado autoritario agonizante? ¿Hay diferencia entre la represión y censura del echeverriato y el peñismo, entre el golpe a Scherer y los golpes de hoy a estos y tantos otros comunicadores que han tenido peor suerte? Quizá la diferencia fue la rudeza innecesaria en aquel caso y la sutil (aunque también brutal, por sangrienta) operación limpieza usada en los últimos tiempos. Preguntemos, con Rosseau, a los celosos guardianes de este Estado: “¿Qué Estado puede esperar una eterna duración? Si queremos fundar algo durable, no pensemos hacerlo eterno.” En efecto, es su salud la que exige de sus habitantes seriedad y firmeza democrática. Decía Rousseau: “El organismo del Estado es obra de arte. No depende ni está en la facultad del hombre prolongar su vida, pero sí la del Estado, tanto como es posible, constituyéndolo del mejor modo”. Sin estos elementos, no hay Estado que pueda soportar su creciente ilegitimidad soberana y sin soberanía, simplemente no hay nación

jueves, 5 de octubre de 2017

1985-2017: El tremor que nos persigue

Los que vivimos el temblor del 85 fuimos sacudidos por el hecho mismo in situ. Lo más importante: ante la tragedia presenciamos la emergencia de una sociedad civil proactiva y rebelde frente al Estado incompetente y corrupto que la ciudadanía lleva cargando hasta el cansancio

01 de Octubre de 2017

Las grietas del sismo de 2017 se emparentan con aquel sismo histórico que movió a la gente, sus mentes, almas y corazones, que en su acción espontánea mostraron que aún no han sido secuestrados por la sombra omnipresente de la corrupción histórica y sistémica que ha penetrado el Estado hasta su médula.

Las tesis que discuten es hasta dónde es posible responsabilizar a la sociedad por el gobierno que la representa, se muestran frágiles ante la tragedia y la acción colectiva y que por oleadas se produjo esta vez, al igual que en 1985.

Desde entonces ya nada ha sido igual y pudimos ver cómo una nueva forma de organización social nacía, superando a las instituciones del Estado, incluidos los institutos políticos. Más no se logró erradicar la pegajosa lacra de la impunidad que está impregnada en las paredes y muros de carga de la institución estatal. Y desde luego que no sería posible lograrlo si los representantes de la sociedad por excelencia en cualquier democracia, los partidos, no se renovaban desmarcándose del entramado de complicidades de Estado que los ha hecho más proclives a la complicidad con la continuidad de un sistema político, incapaz y torpe, que actores proactivos y enérgicos hacia su desmantelamiento y reconstrucción. Es el sistema político en su conjunto, no la sociedad atrapada en los laberinticos de su ineficacia, lo que evidencia, hoy más que nunca, que los que están en la paria equivocada son los miembros de la clase política, no la sociedad civil que demanda hoy más democracia y respeto a sus derechos cívicos y ciudadanos.

En ese sentido, éste puede significar el aviso más elocuente y terminal para lograr la edificación de un sistema político que apele a la organización horizontal de la distribución de los derechos y deberes ciudadanos y políticos. Los partidos han respondido desde la emergencia y anuncian con bombo y platillo la renuncia a sus multimillonarias prerrogativas que subsidian los damnificados por el terremoto y la sociedad en su conjunto.

A la sociedad esto le resulta peor en el medio de la tragedia, pero, sobre todo, lo ve como una injusticia histórica debido a la ausencia representativa real de los partidos y al hecho de que han tendido a convertirse en entidades de intereses privados y no públicos, como los obliga la Constitución. Razón de más para que la gente exija que no merecen más recibir su dinero y menos utilizarlo en su nombre, toda vez que el mismo no sirve del todo a la acción democrática.

El INE y el Congreso habrán de revisar a fondo las soluciones y normativas urgentes que se ajusten a la emergencia económica y política del país. ¿Será esta decisión de los partidos congruente en el largo plazo? ¿Dejarán de depender cual parásitos de la ubre societal y, por tanto, convertirse en auténticos representantes del interés colectivo? ¿Será esto suficiente para que renueven y logren ser los factores de la renovación democrática de la República? ¿O es la de ellos una simple reacción demagógica a la crisis y la demanda social de renovación, con el fin de lograr una sobrevivencia de corto plazo? Esto, en lo que se refiere al malestar político y al horror impreciso que la sociedad presenció solitaria, pero en cadena, desesperanzada, pero agarrada de la mano. Solidaria con su prójimo.

Octavio Paz escribió sobre esto mismo en 1985, después de aquel terrible terremoto (Escombros y semillas, El País, 10 de octubre de 1985). “Los gérmenes del renacimiento están en su origen”. Y agregó: “La reacción del pueblo de la Ciudad de México mostró que en las profundidades de la sociedad hay muchos gérmenes democráticos. Estas semillas de solidaridad, fraternidad y asociación no son ideológicas. Son más antiguas, y han vivido dormidas en el subsuelo histórico de México”. ¿Palabras clave que inspiran la confianza en esta patria fibrosa?

lunes, 18 de septiembre de 2017

Los dilemas de Trump: ¿final o renacimiento?

Hemos sido testigos desde principios de año del desorden descomunal que llegó a la Casa Blanca con el arribo de Trump a la Presidencia

17 de Septiembre de 2017

A la memoria de Manuel Andrade

Para empezar, la elección de miembros en el gabinete de ideología de extrema derecha, que van del supremacismo blanco, al desconocimiento del calentamiento global. Despidos prematuros de consejeros importantes y cercanos, vetos presidenciales fallidos contra ciudadanos de seis naciones, mayoritariamente musulmanas, incumplimiento de la expulsión de los más de 11 millones de ciudadanos indocumentados, la mayoría de ellos mexicanos, a lo cual se añade su fracaso en la intentona de agregar más kilómetros al muro ya existente en la frontera con México. Su vacilante respuesta (y en el fondo empatía) frente al terrorismo racista de los supremacistas blancos y neonazis, que atentaron contra la vida de manifestantes en Charlottesville, Virginia, matando a una de ellas, haciéndolo aparecer como lo que realmente es: como un Presidente racista y xenófobo. Su mal gusto al retar a las vencidas a cada líder que saluda de mano en cada visita de Estado, queriendo dar la impresión de que el que manda es él. Este comportamiento gestual y corporal, esta estética del poder ha sido repudiada por propios y extraños dentro y fuera de EU y evidencian una nueva e inconveniente (dada la realidad conflictiva que afecta el sistema global) postura unilateralista. Y lo peor, el Rusiagate que está por producir importantes resultados por parte del fiscal especial, Robert Mueller y que podría llevar al encauzamiento en el Congreso del desafuero y posterior destitución de Trump. Todos estos importantes eventos han sido provocados por el muy cuestionable estilo para conducir los asuntos del Estado por parte de Trump y por la incapacidad de sus asesores y de él mismo para instalarse en la ecuanimidad y dejar de responder a impulsos cada vez que toma decisiones.

No deja de ser paradójico, al tiempo que interesante, que desde la salida del exgeneral Michael Flynn y del jefe del gabinete, Reince Priebus, los sustitutos en ambos puestos sean militares de alto rango y amplia experiencia en el campo de batalla: el nuevo consejero de Seguridad Nacional es el teniente general Herbert Raymond McMaster y el nuevo jefe de gabinete es el general retirado John Kelly, veterano de la intervención en Afganistán. Estos dos actores, junto con el secretario de defensa, el también general James Mattis, mejor conocido como “mad dog” (perro furioso) y primer militar en un cargo que se encomendaba por tradición a un civil, están definiendo en gran medida los asunto del Estado, tanto a nivel nacional como internacional. Esto incluye, desde luego, la destitución de Steve Bannon, quien fungía como asesor especial de Trump y representaba la cabeza de playa más importante en el centro del poder estadunidense de los supremacistas blancos responsables del desastre en Virginia. De esta situación sin precedentes en la política tradicional estadunidense, la paradoja consiste en que sean los militares quienes estén poniendo en orden y acotando a Trump (si es que esta hazaña fuera posible) y dándole un sesgo de cierta racionalidad a algunas de sus decisiones, tanto corrigiendo sus dichos sobre la OTAN, sobre Corea del Norte, sobre China, sobre Irán, e incluso sobre México.

Se podría conjeturar que la medida de suspender el programa, Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, promulgado por Obama, mejor conocido como DACA y que en caso de cancelación afectará a más de 800 mil dreamers (la mayoría mexicanos), es una de estas decisiones que, aun siendo terriblemente injusta, puede no terminar tan mal. Trump decidió con esto mandar al Congreso un aviso que lo forzaría a llegar a una alternativa antes de que se inicien las deportaciones masivas, en el curso de los seis próximos meses. Trump y los demócratas parecen estar llegando a un acuerdo que forzaría a los republicanos en el Congreso a no quedarse atrás y aprobar una ley de amnistía que daría la nacionalidad a este subgrupo de indocumentados.

Si esta hipótesis se cumple, Trump lograría cuatro cosas: distanciarse de los ultraconservadores republicanos, quitarle a Obama el mérito de regularizar a esta población y adjudicárselo él, obtener finalmente un triunfo político, nada menor, que le es imprescindible, toda vez que, entre otras cosas, podría aportarle voto latino y hacer posible la conservación de su mayoría congresional y, por último, mejorar la relación con México. La moneda está en el aire, pues los mismos demócratas estarán también buscando la tajada política que empujar este acuerdo les daría en las elecciones intermedias. Si se diera la comprobación de esta hipótesis, podríamos presenciar una nueva correlación de fuerzas y el futuro del trumpismo, y también hasta dónde la racionalidad militar le atinó en esta ocasión.

lunes, 21 de agosto de 2017

La UNAM y Trump

En no pocas ocasiones, la UNAM se ha visto confrontada por desafíos, resultado de los acontecimientos locales y globales. La universidad es, ciertamente, una de las instituciones más acabadas de México. De hecho, de entre las instituciones fundadas por el México del siglo XVI al XXI, es quizá la que mayor legitimidad ha logrado conservar.

20 de Agosto de 2017

Desde la UNAM, pensamiento y acción han ido a la par. Desarrolla investigación de primera calidad, vinculada a los grandes problemas nacionales y globales, y ha ofrecido, con las limitaciones presupuestarias conocidas, alojamiento académico a miles de estudiantes de grado y de posgrado. También ha sido espacio de asilo político a los grandes perseguidos de la Tierra, recuérdense a los refugiados españoles, sudamericanos y centroamericanos que han buscado en nuestro país refugio y en la UNAM un espacio académico que les diera oportunidades a sus expectativas de especialización y continuidad a sus labores docentes y científicas.

El exilio español nos dio intelectuales y científicos de la talla de Carlos Bosch García, Óscar de Buen, Juan Antonio Ortega y Medina, Wenceslao Roces y Adolfo Sánchez Vázquez, por mencionar sólo algunos de los muchos que enriquecieron y acompañaron las rutas del debate científico y humanístico mexicano. Vasconcelos promovió una universidad que fuera centro de pensamiento, pero también un espacio plural y armónico para el debate acerca de los grandes problemas de México, de las Américas y posteriormente del mundo. Esta vocación universal ha llevado a la UNAM a destacarse entre sus pares mexicanos y de la América Hispana, como una entidad plural e incluyente indispensable y cuya vocación por el pensamiento crítico es piedra fundacional, está profundamente arraigado en su alma.

Su creciente empeño en internacionalizarse, la ha llevado a tener representaciones en EU, Canadá, Europa y China. La UNAM se acerca al mundo y a los problemas específicos que se viven en las diferentes latitudes. Es pues, una universidad que al tiempo que amplía su proyecto al exterior, se vuelve fiel representante de la nación a la que sirve. Y en este ejercicio, desde luego, la UNAM aprende de sí misma y de las otras entidades hermanas a través de las cuáles tiene presencia en el extranjero. Podríamos decir, que nuestra universidad se vuelve una, más cosmopolita y conocedora de la realidad global.

En este contexto, la UNAM no puede pasar por alto los procesos de transformación que el mundo vive, más aun cuando las oleadas del extremismo están imponiéndose en contra de las tradiciones democráticas que distinguen al Estado liberal moderno. Ni tolerancia frente al yihadismo fanático y asesino ni tolerancia frente al demagógico escepticismo sobre cambio climático, ni el negacionismo acerca de la existencia del holocausto ni ante la violación de los derechos humanos de los migrantes y refugiados, todos ellos ciudadanos universales a fin de cuentas.

La UNAM es una institución de inteligencias críticas y de saberes científicos y humanísticos, y se ha preparado por décadas para entender desde la razón científica y humanista las problemáticas sociales, económicas, culturales, políticas y científicas. Hoy en día, nuestra universidad no puede pasar por alto la amenaza que representan el terrorismo islámico y el extremismo protofascista, representado por Donald Trump y por sus seguidores, los supremacistas blancos, los neonazis y los racistas del KKK, que acaban de amenazar a todos sobre la factibilidad de que EU regrese a las guerras culturales que tanto daño hicieron al tejido social. Tampoco puede pasar por alto el contexto socioeconómico en que se apostan estos movimientos, tanto en Austria (FPO), Holanda (PVV), Hungría (Jobbik), Polonia (PiS) y demás países donde la discriminación, la xenofobia o la tiranía se instalen para someter pueblos y sistemas enteros.

Como lo dijo The Economist, Trump es el hombre más peligroso del mundo. Para México, representa una amenaza especial, toda vez, que su deshilachado (pero peligroso) movimiento atenta contra los derechos civiles, incluidos los de nuestros connacionales, hoy perseguidos por su narrativa autoritaria y por las hordas que la acompañan. Si el Estado mexicano se resiste a sumar esfuerzos con la academia pública en este esfuerzo, es hora de que nosotros sumemos fuerzas desde la universidad a fin de acompañar a la sociedad, que padece el veneno regado por la intolerancia. La UNAM nunca quedará ausente de una encomienda así.