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El regreso al excepcionalísimo neo imperial

Estados Unidos parece estar destinado por

la Providencia a azotar a América con la miseria,

en nombre de la libertad.

Simón Bolívar (1829)

En la historia en la que Estados Unidos devino en nación constituida, la idea misma de ser un pueblo elegido justifica el concepto de un mandato histórico para convertirse en la nación elegida, comisionada por Dios para resolver cualquier necesidad que el mundo tuviera. Esta noción de ser elegido entre el resto para jugar un destino peculiar en los asuntos mundiales tiene una explicación triple: la necesidad de obtener a) una identidad particular, b) una serie de rasgos sociales uniformes, y (a pesar de esto), c) un carácter nacional excepcional dentro del concierto de las naciones. Pocos en Estados Unidos rechazan la idea del excepcionalísimo de su país y las implicaciones que este tiene para el sentido de su destino nacional. 

    Herman Melville, uno de los más respetados literatos estadunidenses, sintetizó esto último en forma por demás sugerente en su novela White Jacket en la que consignó lo que parece ser un sentir dominante entre las generaciones pasadas y presentes de ese país: “nosotros los americanos somos el pueblo elegido inconfundible —el Israel de nuestros tiempos; nosotros sostenemos el arca de las libertades del mundo”. Otro signo destacable de esta intolerancia temprana, que jugaría un papel protagónico en los acontecimientos por venir, es el maniqueísmo extremo con el cual esta concepción del mundo ubica a los actores sociales y los eventos históricos. Mano a mano con este espíritu, existía un dictado supremo de acuerdo con el cual Dios había elegido a determinado pueblo para entrar al reino de los Cielos, mientras que había otros (la gran mayoría) cuyo destino estaba perdido: los leales se confrontaron con los réprobos y obtuvieron la victoria, de la misma manera que lo hicieron los virtuosos en contra de los perversos, o los agraciados contra los desventurados, los cristianos contra los papistas, los angloamericanos contra los españoles, los demócratas contra los fascistas y, por último, los demócratas contra los comunistas. Este maniqueísmo político, que incluso en los tiempos modernos ha influido sobre los políticos, escritores e intelectuales estadunidenses más conservadores, refleja una concepción etnocentrista de la sociedad y la política que va a tener una repercusión negativa en el proceder, las percepciones y la política general de Estados Unidos en el mundo y en la América Latina de los siglos XIX y XX y, al parecer también en el XXI con el advenimiento del trumpismo.

    Esta extraordinaria concepción de sí mismos como “la sociedad excepcional”, “la sociedad del destino, “la nueva Israel”, “la nueva Jerusalén” o “la nación por ser”, como la llamó John Winthrop ante sus peregrinos en la costa de Massachusetts en 1630, al igual que la “ciudad sobre la colina”, fueron todos componentes de la mayor importancia en la formación de una nueva religión civil en Estados Unidos, cuyo objetivo en última instancia sería obtener la grandeza nacional para ese país. Grandeza nacional significaba en ese contexto el comienzo (y el fin en sí mismo) de un nuevo momento en la historia de la nación, un momento en el que Estados Unidos, “bajo la protección del cielo”, fue llamado a ser el instrumento para la regeneración moral y política del mundo. Después de definir su carácter como nación, y por lo tanto su presencia internacional, el país estaba ahora definiendo su política exterior por medio de la cual estaría también definiendo su carácter como nación. 

    El componente no secular contenido en la filosofía original y en la subsecuente articulada por Estados Unidos en su política hacia el mundo, sería de gran importancia en los estadios posteriores en la evolución de ese país como un poder regional y mundial. Si este concepto autoritario de comunidad iba a moldear el carácter nacional, no es sorprendente, así, que este carácter jugará un papel protagónico en la consolidación de una noción de grandeza nacional estructurada sobre la base de la dominación y el control del disenso y la diferencia. El adoctrinamiento y una noción jerárquica de la existencia se volvieron características de gran importancia para interpretar los acontecimientos que ocurrían fuera de las fronteras nacionales, y en particular el expansionismo estadunidense hacia finales del siglo XIX, principios del XX y al parecer ahora en el primer cuarto del XXI.

    Al proclamar una nueva edad de oro para Estados Unidos, Donald Trump apeló al mesianismo chovinista que ha sido fundacional para la constitución de Estados Unidos como nación desde sus orígenes. Asistimos al inicio e instalación de una presidencia neo imperial y aislacionista (una contradicción en términos: o se es aislacionista o se es poder dominante, parte de la gran confusión que domina la mente de Trump). Dentro de este contexto mesiánico en el que se instala la política exterior del nuevo gobierno, se rompe con el multilateralismo y se profundiza el rompimiento con el conjunto de instituciones que conforman el sistema internacional (OMS, Acuerdo de París y las que vengan), todas las cuales “contaminan” el espíritu puritano de la esencia estadunidense. La militarización de la frontera con México y las medidas “purificadores”, como la de expulsar a la otredad maligna, al anómalo migrante, son expresiones de un espíritu puritano renovado y que hoy tiene en el trumpismo a su principal baluarte. Los espíritus de Cotton Mather, Monroe y de Teddy Roosevelt han revivido y con ellos las áreas de influencia, como en la guerra fría.

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