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11 de septiembre: entre el azoro y la codicia

Estados Unidos se despertó azorado el 11 de septiembre de hace diez años. Desde ese día y aún después de haberse hecho justicia matando a Osama bin Laden, no ha logrado aún recuperase de esta fecha de inevitable shock y que marcó el inicio de una etapa de conflicto que no se imaginaba vivir de manera tan poco convencional. Los estadunidenses fueron doblemente sorprendidos y atacados en lo más profundo de su intimidad.  Aunque la vida, digamos, ordinaria en ese país y en el mundo continuó, muchas de las condiciones de la convivencia humana civilizada a las que se estaba habituando sí cambiaron. La socie­dad perfecta en la nación perfecta fue penetrada por la amenaza ex­ter­na: “hemos perdido la inocencia” es quizá la expresión más repre­sen­tativa de entre las muchas que surgieron el mismo día del aten­tado y que dan cuenta de lo que significó para los estadunidenses el desenlace trágico. Se ha hecho notorio, a través de estos años, que después del 11 de septiembre, la sociedad estadunidense tiene más miedo a la pérdida de control que a la muerte. Su pasmo se desprende fundamentalmente de la idea de haber­se sumido en un futuro apocalíptico que no estaba preparada para afrontar en un mundo tan real como el que se le presentó de forma contundente ese día. Si atendemos a los procesos judiciales, a las guerras de Afganistán e Irak, que, según la Universidad de Brown, se han cobrado más de 250 mil vidas y que han costado cuatro billones de dólares, y a la polarización social a nivel local como a nivel global, entre otros factores, nos percatamos de la profundidad de las implicaciones históricas que el atentado provocó en la convivencia democrática internacional.
El 11 de septiembre de 2001, para algunos neoyorkinos “el Buchenwald con sustancias químicas”, rompió con los tradicionales paradigmas argumentales sobre el orden mundial y EU entró de lleno en una era de confrontación que ha sido costosa para todos en lo económico como en lo político. Los atentados terroristas  representaron el ataque más grave que país occidental alguno haya sufrido en tiempos de paz. Se trató del acto más espectacular de demolición urbana no deseada conocido hasta hoy y que repre­senta en rigor el comienzo de un nuevo paradigma en el uso de los medios de los que se vale el terrorismo fundamentalista islámico para atacar sus objetivos y también de los que utiliza occidente para contenerlo. La caída de las Torres Gemelas, la pared derribada del Pentágono, el avión caído en Pensilvania, que bien podría haberse estrellado en la Casa Blanca, significaron un golpe simbólico como real a su poder dominante y su prestigio internacional, que hoy ha ido agudizándose por la vulgar codicia financiera que le ha quitado de tajo a Washington el estatus de respetabilidad que aún le quedaba. Ciertamente, los ataques de Al Qaeda y las posteriores mentiras de Estado de Bush que justificaron la invasión de Irak en 2003 y sus trágicas secuelas, le restaron legitimidad a EU en el concierto mundial. Pero lo que es verdaderamente demencial, toda vez que la creciente fragilidad mencionada mermó notablemente su capacidad de movimiento, es que el remate se lo haya dado a sí mismo desde adentro al ceder a la locura de un sistema financiero sin control y a una economía en crisis que han provocado aún más, una menor rentabilidad y funcionalidad del capitalismo tal y como lo conocemos a escala global. Así las cosas, los legendarios talentos de inteligencia política y económica desarrollados por EU, dejan mucho que desear en pleno inicio de siglo, todo lo cual ha sido intercambiado gradualmente por miedo, torpeza y decadencia. La otrora hiperpotencia vive hoy su crisis entre el declive y la supervivencia y entre el  azoro y la soberbia.

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