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Turquía y España: entre la autocracia populista y el populismo reaccionario

 De entre los acontecimientos destacados en la semana que pasó, están las elecciones en Turquía y España, países en donde el proceso electoral marcará un parteaguas inédito y singular para lo que viene de la década. Estas dos elecciones dan cuenta de, en el caso de Turquía, la continuidad del gobierno de Recep Tayyip Erdogan, líder del AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), que se ha caracterizado por romper con todas las formas democráticas del manual. En efecto, Erdogan se ha vuelto, en sus 20 años de control, primero como primer ministro y después como presidente, un auténtico autócrata que no ha tenido empacho en reprimir a la prensa y a las ONG, y en haber controlado y censurado los medios de comunicación y reprimido a minorías como la homosexual (y en general a toda la comunidad LGBTQ+). Además de haberse valido de un discurso de odio y revanchista para atacar a sus opositores. En su campaña realizó alianzas con sectores de la ultraderecha turca, que se ha radicalizado en forma conspicua, incluso desechando los principios seculares que caracterizaron a la Turquía moderna, fundada hace 100 años. Uno de los principales aliados de Erdogan, perteneciente a posturas de extrema derecha, Devlet Bahceli, en un discurso muy duro después de la victoria, arremetió contra la prensa crítica, tanto local como internacional, y las empresas demoscópicas, y advirtió temerariamente que “muchas cosas van a cambiar”, lo cual se asume como una amenaza a la izquierda, a la cual Erdogan acusó de estar coaligada con el terrorismo kurdo y de ser “proLGBTQ+”, que fueron las dos líneas que marcaron su campaña y que anuncian un mandato muy duro contra la izquierda kurda, hoy en proceso de ilegalización, así como contra dirigentes opositores como el popular alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, quien también tiene un proceso pendiente con la justicia.


En realidad, lo que este resultado refleja es el afianzamiento de un régimen cada vez más endurecido y una sociedad fuertemente enfrentada entre una facción, la dominante y su apuesta por llevar a Turquía por una senda iliberal y con un énfasis fuertemente autoritario, y aquellos partidarios de la defensa de las instituciones del Estado, el laicismo y un acercamiento mayor con Europa, que son, como ya fue dicho, los fundamentos sobre los que nació la Turquía moderna hace un siglo.


Por otro lado, el triunfo del PP y de VOX (la ultraderecha) en España significa un golpe muy duro en contra de la democracia social y de los logros que el PSOE había obtenido para sectores amplios de la sociedad civil en temas como salud, empleo y educación. El populismo de derecha y, en algunos casos, de derecha extrema, que representan estas fuerzas marcan un giro más en Europa hacia posiciones recalcitrantes que en mucho han dañado el tejido y la agenda social de los gobiernos y fuerzas de izquierda democrática que ha habido en Italia, hoy en Alemania y aun en España y, desde luego, en prácticamente todos los países nórdicos. Ante este panorama, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, convocó en forma audaz a elecciones adelantadas para el 23 de julio (23J), evitando (con cierto riesgo, por cierto) un desgaste mayor para el PSOE y sus aliados en caso de haberse esperado hasta noviembre. Además, dadas las posiciones extremistas de VOX, el aliado del PP, Sánchez se propone algo parecido a una segunda vuelta considerando así ganar, convocando a la izquierda social, hoy alarmada por esta derrota a nivel nacional, las generales. Habrá que ver si Podemos y Sumar se convencen de ésta como la mejor opción. Por lo pronto, la estrategia de Sánchez parece interesante, toda vez que el PP seguramente cederá a VOX espacios en algunos gobiernos regionales, con lo cual se compromete con las posturas más ultramontanas del firmamento político ideológico español, todo lo cual la podría convertir en una fuerza conservadora de extrema derecha poco atractiva para el electorado promedio. En este escenario, el PSOE estaría proponiendo al electorado español que las alternativas son: la extrema derecha o Pedro Sánchez y la centroizquierda. Con esto presenciaríamos la existencia de dos bandos claramente identificados: la izquierda-PSOE y la derecha-PP, quien se aliaría a un VOX ya más visiblemente identificado –con miras al 23J– como una facción de ultraderecha que recuerda los peores momentos de la historia falangista española. Y en esto sí, me queda claro, los españoles no parecen dispuestos a retroceder. Esperemos que así sea.

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