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La política exterior frente al mundo

México no tiene una relación sana en el entorno internacional. La existencia explicable de la Doctrina Estrada y sus sucesivos corolarios presidenciales han despertado dudas y desconfianzas sobre el verdadero papel que México quiere jugar en el orden mundial, principalmente en los tiempos de la 4T. Tiempos de nacionalismo extremo con objetivos estratégicos poco claros y visibles. Y con derroteros ideológicos que contienen una fuerte dosis de dogmatismo, más que objetivos claros y precisos para defender el interés nacional. A México le urge una política exterior proactiva y comprensiva que sea consecuente con los hechos de la realidad global y regional, los cuales deberá afrontar con el debido pragmatismo y sin principismos fútiles.
En efecto, la hechura de la política exterior de nuestro país es un tema controvertido cuya indefinición necesariamente tendrá que resolverse a través de la ejecución de una profunda reforma del diseño institucional y constitucional; tal reforma del Estado tendrá que concebir, como parte de los arreglos relacionados con el proceso político doméstico, una clara definición sobre el papel que se quiere para México en el ámbito internacional. De esta urgente tarea ya no escapa ningún actor político relevante. Postergarlo más tiempo sería irresponsable y provocaría un daño irreversible a la autoridad del gobierno mexicano frente a sus pares. Es por ello qué, este debate, debe construirse sobre la noción de que el Estado es no una isla enclaustrada, sino un miembro de la sociedad de Estados en donde participa en forma inevitable. Después de todo, la elaboración de la política exterior es una actividad necesaria del Estado moderno. Como todo en política, una política exterior no es inamovible como no lo es la realidad que circunda las decisiones estratégicas que se toman en defensa de intereses nacionales: constantemente se da el caso de que ésta tiene que modificar sus prioridades programáticas y de fondo en función de los cambios históricos; pensar lo opuesto es ignorar los términos que la cambiante realidad internacional impone. Se trata de sugerir y eventualmente impulsar la elaboración de una estrategia de política internacional, no sólo comprensiva, sino encaminada a cumplir con la tarea que ésta siempre ha tenido en el mundo desarrollado: ejercer una vigilancia constante sobre los cambios permanentes que ocurren en la política mundial. Estimo que no se puede concebir otra forma de definir una política exterior estratégica, visionaria y de largo plazo, y que a la vez sea resolutiva; es decir, que responda con soluciones concretas a las necesidades que le presentan los acontecimientos mundiales.
Se trata de un viejo debate sobre las habilidades, méritos y verdaderas posibilidades de una política exterior que ha estado bajo el acecho de una contradicción en la que se practica una política exterior de bastiones —algunos más bien simbólicos, como Cuba— que retrasan mayormente los precarios avances democráticos internos y que incluso anquilosan las prácticas políticas externas como desprendimiento directo de principios constitucionales en la materia (todos ellos universales), hoy de dudosa vigencia, a una democracia plena en la que se implementen políticas prácticas y prácticas públicas que trasciendan los delirios del México representado por el folklor de una clase política sumida en el pasado primigenio de la política vieja, y en donde el gobierno se empeñe, por el contrario, en sugerir y recrear el México del futuro.
A la limitante circunstancia anterior se agrega la siempre traumática relación con Estados Unidos que, por cierto, se aprovechó históricamente en forma hábil de la naturaleza autoritaria del viejo régimen político de México a fin de imponerle la mayor parte de sus intereses y propósitos; todo lo cual nos muestra hasta dónde la coexistencia entre régimen autoritario y potencia hegemónica redundó más en beneficio de los intereses de la última y a costa de la debilidad progresiva de la soberanía nacional de México. De esta forma, autoritarismo y neoimperio cohabitaron funcionalmente y con relativa armonía en este periodo. Así, el estado climático de la relación México-Estados Unidos ha acabado haciéndose presente e impactando el desempeño de México en la escena internacional en forma sistemática. Ocurre que, a la fecha, para México resulta prácticamente imposible dirimir por un lado sus pendientes, arreglar sus diferencias o incluso coincidir felizmente en algunos temas con Washington, y a la vez posicionarse en los grandes temas de la agenda mundial, como por ejemplo el multilateralismo, la crisis en Ucrania o Irán, entre otros pendientes. De forma tal que el “síndrome Washington” ha perseguido nuestra política exterior desde siempre y ha sido un fantasma que nos ha limitado como nación soberana. En esta misma medida, nuestra cercanía geográfica y los grandes problemas que compartimos con el vecino representan una gran presión tanto para la definición de objetivos como para la elaboración misma de nuestra política exterior, obligándonos indefectiblemente a plantearnos falsos dilemas frente al exterior. Finalmente, la relación que México guarda con la gran potencia, única entre todas las que los países latinoamericanos tienen con Washington, reduce, en lugar de diversificar, y limita en vez de ampliar las posibilidades mexicanas de tener una política internacional más consistente y congruente con los nuevos tiempos que impone la realidad internacional. Y lo cierto es que México ha dejado que esto ocurra por la falta evidente de un proyecto de política internacional coherente.

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