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Trump, ¿para quién trabaja?

José Luis Valdés Ugalde 23/08/2015

El alto grado de complejidad que implicó la llegada de Barack Obama a la Presidencia de EU ha supuesto enormes desafíos para la política estadunidense, pero, también, ha revivido fantasmas que creíamos sepultados. Los pendientes de la sociedad estadunidense respecto de su pasado y tradición racista se mantienen vigentes y quizá más despiertos de lo que nos imaginábamos.

En regiones de ese país, así como en zonas tan profundas como oscuras de su sociedad aún se mantiene una mentalidad de Apartheid, que la hace ser, de entre los países industrializados, uno de los más racistas y retrasados. Así, una Casa Blanca con un Presidente negro en un país con sectores de población, mayoritariamente blanca y poseídos por delirios racistas, ha también provocado una profunda polarización social. Son muchos los ejemplos. El más reciente (sin subestimar los demás) es el ataque sufrido por un indigente latino en Boston la semana pasada, a manos de los hermanos Scott y Steve Leader, facinerosos civiles, quienes a pesar de que nunca leyeron los malos consejos del profesor Samuel Huntington en Quiénes Somos (ni mucho menos la Constitución de EU), en consecuencia, les fue suficiente con interpretarlo en la era de Trump y de su impecable, aunque esquelética narrativa reaccionaría, para volver al ataque. Este es el momento estelar de la derecha estadunidense en toda su historia, la que, además, ha sido arropada irresponsablemente, en su versión más autóctona y extrema por el Partido Republicano (PR). O cambia, se reforma y se mueve hacia la moderación democrática o se derrumba. Su momentum desestabilizador antiObama no ha tenido limites y aparentemente ha llegado a su fin, y rebasado la línea roja. Habrá que ver si esto es así en las precampañas; en todo caso se está estirando la liga del conservadurismo en EU. Al grado de que aún no se sabe el costo que su desbordado apasionamiento político tendrá para la salud de la democracia estadunidense, tal y como ha sido el caso de las democracias francesa, británica, austriaca, holandesa o noruega, hoy confrontadas con sus respectivos partidos extremistas de derecha, el Frente Nacional (FN), el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) el Partido de la Libertad Austriaco (FPÖ), el Partido de la Libertad Holandés (PVV), o el Partido del Progreso Noruego (PP). Todos ellos, al igual que Trump y compañía,  antisemitas, antiárabes  antinegros y antiinmigrantes.

Donald Trump, que trabaja para sí mismo y para su cada vez mayor número de acompañantes, es una lamentable falla geológica de la democracia estadunidense, la expresión de la descomposición política en EU y una grotesca caricatura de los sectores más reaccionarios en EU. Su personaje bufonesco es una construcción propia y colectiva. Se trata de un actor político que no esconde sus fobias racistas. Lo peor: él y los neoneandertales republicanos por fin acabaron secuestrando a su partido y santificando la agenda partidista más reaccionaria de la historia política de EU. El PR está ya al borde del abismo y por ahora ni el “moderado” Jeb Bush (el remoto favorito), ni Walker o Santorum (los más feroces come negros y come latinos) se han salvado de la tentación de disputarle a Trump la retórica de su cruzada ultramontana. Esto será malo para ellos, pero peor para el proceso político de EU. Por lo pronto, es muy posible que los demócratas estén felices presenciando el circo republicano y esperando ansiosamente que se despedacen sus contrincantes. En las actuales circunstancias es factible deducir que el PR no pueda ganar la Presidencia el año entrante. Ante la ventaja que esto representaría para una relación bilateral obamista tan desaprovechada por el gobierno mexicano, está por verse qué tan dispuesto estará México de hacer una política exterior de a de veras y subsanar el vacío dejado en nuestra embajada en Washington desde que se optó por la triste designación de Medina Mora y posteriormente por tardarse en nombrar al sustituto, dejando acéfala nuestra representación por tan largo tiempo. De haber tenido embajador allá y política hacia EU acá, ya podríamos haber empezado a contrarrestar al rabioso de Trump. De este tamaño será el reto de Miguel Basáñez una vez que lo ratifique el Senado como nuestro distinguido embajador en Washington.

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