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Normalidad maligna y recesión democrática

Aunque la descomposición política en medio de la crisis sanitaria alcanza a varios confines del globo (incluido hoy México), la manera en cómo ha tocado a EU resulta alarmante. En cuestión de días el panorama sociopolítico se transformó, para mal, en prácticamente todo el país.

Desde el brutal asesinato del afro estadunidense George Floyd, el 25 de mayo, a manos de un policía blanco racista, no han cesado las protestas de ciudadanos y grupos organizados de activistas, todos indignados por este rebrote de brutalidad policiaca. Y esto incluye al expresidente Barak Obama, quien el pasado martes tuvo una amplia reunión cibernética con múltiples activistas negros, a los que pidió su apoyo en contra del racismo.

Desde el 27 de mayo, las protestas han llegado a más de 140 ciudades de 21 estados y el despliegue de la Guardia Nacional ha sido llevado a cabo en la mayoría de ellos, en alguna medida por la presión de Trump sobre los gobernadores. La triada de coronavirus, colapso económico y las demostraciones masivas por la equidad racial se han convertido en una bomba de tiempo para Trump.

Es conocida su muy temeraria frase de campaña: “Para volver a estar donde estábamos, cuando EU era grande, tendrá que haber disturbios de nuevo.” (¿?) Y esto es lo que ha tratado de capitalizar. Su discurso de odio es conocido en los tiempos que corren y ahora se ha recrudecido. Es parte de lo que un grupo de siquiatras estadunidenses ha calificado como “normalidad maligna”. Con el trumpismo se ha normalizado el engaño, el uso de la mentira como escapatoria a la acción constructiva en políticas públicas y, en suma, a la ética ejercida por el poder.

Trump ha perfeccionado la práctica del mal gobierno. Incluso más que Bolsonaro, Maduro, Orbán o Putin. La razón es que la sociedad y la política abiertas que caracterizan al sistema político estadunidense (con todas sus imperfecciones), le da más margen para el abuso que en los regímenes bananeros como los mencionados. Lo increíble es que los estadunidenses le hayan permitido llegar hasta estos niveles ignominosos de bajeza política y humana. Se trata de un régimen, el trumpista, que explícitamente se encamina a causar el mayor daño posible a aquello que él y su grupo de republicanos cómplices considera como un desafío al orden autoritario que quiere imponer en la vida societal estadunidense, la democracia.

Esta “normalidad maligna”, nos dicen los siquiatras, presenta a “un presidente peligroso que se vuelve normalizado y la normalidad maligna viene a gobernar nuestra gobernanza (o, uno podría decir, nuestra dinámica antigobernanza). Ha violado en diferentes formas nuestros requerimientos institucionales y amenazado la viabilidad de la democracia estadunidense” (Véase, Bandy X. Lee (ed), The Dangerous Case of Donald Trump. 27 Psychiatrists and mental health experts assess a President, St. Martin´s Press, Nueva York, 2017, edición Kindle, Locations, 47-48).

La combinación entre los impulsos antidemocráticos y la normalidad maligna que caracterizan a Trump es terrorífica en los EU del hoy de Trump. Nos dice O´Toole, “el narcisismo, la mendacidad, el bullying y la incompetencia maligna de Trump eran obvios antes de la crisis del coronavirus y han sido magnificadas en lugar de moderadas en su respuesta surrealista a una catástrofe cuya entera gravedad falló en aceptar, sólo hasta el 31 de marzo, cuando ya era horriblemente innegable” (Fintan O´Toole, Vector in Chief, NYRB, 14 de mayo de 2020, Vol. LXVII, No. 8). James Mattis, exsecretario de defensa de Trump, recientemente lanzó un j´accuse en contra de Trump, a quien culpa de dividir a los estadunidenses deliberadamente. Así lo dijo: “Trump es el primer presidente, en lo que tengo de vida, que no trata de unir al pueblo estadunidense —ni siquiera lo pretende. Estamos atestiguando las consecuencias de tres años de este esfuerzo deliberado y las consecuencias de tres años sin liderazgo maduro”.

Asimismo, la postura del comandante de todos los comandos militares (the joint chiefs of staff), incluidos los marines y la Guardia Nacional, se pronunció en contra de la militarización y a favor de que el ejército cumpla con los derechos constitucionales. Esto ante la necia exigencia de Trump de lanzar al ejército en contra de los manifestantes y la población civil. La normalidad maligna trumpista precipita la descomposición. Estamos viendo lo que parece un rompimiento de Trump con las fuerzas armadas y amplios sectores políticos y, muy posiblemente, el principio del fin del Trumpismo

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