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Trump contra Trump

Trump siempre ha jugado para sí mismo. Así lo hizo como empresario (con éxito cuestionado) y así lo hace como el tierno político que es. Pero, esos sí, sin ningún atisbo de disciplina. El partido que usurpó y se dejó usurpar ahora le pide más visión, ideas y menos protagonismo personal, que fue la estrategia que usó cuando fue candidato y sorpresivamente presidente en 2016. El Trump de ese año y el que corre, parecen no diferenciarse. Se tocan íntimamente. El narcisismo del magnate, su muy probable línea roja, no lo deja divorciarse de ese sí mismo que él más ama y que día a día abona con un despotismo muy poco ilustrado. La Convención Republicana fue un popurrí. Por momentos uno se encontraba ante discursos y presencias que remitían al partido demócrata setentero de McGovern: afroestadunidenses, mujeres celebrando los 100 años del derecho al voto. Por el otro lado, una monja en celo por el trumpismo prolife, un policía rabioso en contra de los disturbios y no sus causas y más perlas de ambigüedad, que pretenden atraer a la jauría ultrareaccionaria. En suma, una esquizofrenia total. ¿La intención? Salvar el voto femenino y negro de las garras de Trumpstain. Estos sectores de votantes que Trump ha denostado tanto y tan frecuentemente han marcado una tendencia. La tendencia es ya un hecho: las mujeres suburbanas y plenamente citadinas favorecen la fórmula Biden-Harris.


Lo mismo ocurre con las tendencias del voto negro que, de hecho, empezaron a marcarse desde las primarias, cuando Biden arrolló a Bernie Sanders en el sur y las que, en la medida en que la campaña se intensifique y Obama y sus cuados ataquen, serán votos irreversiblemente para Biden y, sobre todo, en contra de Tump. A esta tendencia seguirían los hombres maduros, sectores importantes de jóvenes prosanderistas, católicos y profesionistas de ambos sexos. Y, finalmente, nos queda el sector de indecisos, población flotante siempre determinante al definir cualquier votación nacional en EU y que Trump ha decidido olvidar.


El Partido Republicano (PR) pretende humanizar a Trump con una supuesta apertura hacia la diversidad racial y de género. Después de sus tristemente memorables lances misóginos y racistas en contra de mexicanos y de afroestadunidenses, se antoja difícil contrarrestar su racismo. En realidad, Trump siempre ha encontrado la fórmula perfecta para matar lo que más ama: Trump. La mejor muestra de esto es el uso abusivo de la retórica antiBiden que desplegó en su discurso durante su faraónico cierre de la convención republicana en plena Casa Blanca. Vilipendió en contra de Biden en 41 ocasiones, causando un gran desagrado en tirios y troyanos, quienes aún creen que en la etiqueta política estadunidense no se cometen tales excesos en la convenciones partidistas. Biden, por su lado, no lo mencionó por nombre ni una sola vez en su discurso de aceptación durante la convención demócrata.


La convención republicana transcurrió entre el miedo y la paranoia. Se intentó disuadir a Trump de que apostara por un planteamiento con visión y más allá de la promoción de su propia persona. Fue inútil. Trump utilizó la Casa Blanca (“su casa”) como extensión de su propia persona en un despliegue insultante de prepotencia. Habló por 70 minutos, hecho inédito en una convención partidista. Su discurso estuvo saturado de mentiras y falsedades. Fue un discurso que mostró una vez más cómo Trump vive en una realidad alterna. Vive en el laberinto del misógino (que ha contaminado a su partido), que asume como realidad aquella que él ha construido a base de embustes, los cuales tienen como objetivo confundir a la audiencia, arrastrándola con el engaño. Es probable que estemos ante la plataforma más extremista del PR en toda su historia. El partido de Abraham Lincoln (¡con el que Trump se equipara!) ha quedado reducido a una pandilla de trúhanes que recurren al chovinismo más barato con tal de hacerse notar en el medio de una crisis si no terminal, sí grave. En 2020, el partido ha sido controlado por Trump en forma vertical y, probablemente, irreversible, lo cual, gane o pierda la elección, hará que el PR retroceda años luz y abandone su espíritu conservador más auténtico, signo antes central de su identidad histórica. No en balde, la lista de los más de 40 republicanos ilustres que se han levantado en armas contra la reelección de Trump está encabezada por George W. Bush y por el senador disidente Mitt Romney. A este grupo se aúna otro, de más de setenta destacados integrantes de la comunidad de inteligencia que consideran a Trump como “no apto” para dirigir a ese país. El tiempo dirá si Trump tuvo éxito en acabar con Trump.

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