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You are fired! Goodbye, Narciso

El presidente Donald Trump se fue a jugar golf mientras la nación y el mundo recibían en vilo la noticia del triunfo de Joe Biden por la presidencia. Se trata de una reacción habitual, de desprecio en contra de los valores esenciales de la democracia. Trump actuó desde antes de noviembre 3 como un perdedor. Ahora se da el lujo de reunir a un ejército de abogados para desarrollar la trama que ya tenía planeada desde hace meses, toda vez que intuía que lo que seguía sería la derrota y el fin de su mandato. En esto, Trump sí estaba en lo correcto. Cuando ganó en 2016, ni se imaginaba que lo haría. Le cayó del cielo, gracias, en mucho, a las torpezas de Hillary Clinton. En esta ocasión la trama electoral cerró en forma muy similar a como ocurrió en 2016. Pero al revés. Biden le gano Wisconsin y Michigan. Y aunque Biden perdió en Florida, ganó los mismos estados que Trump le arrebató a Clinton y que le dieron la victoria. Pensilvania, Georgia, Nevada, Wisconsin y Arizona serán esta vez, en un momento histórico, azules y baluartes de la victoria de Biden.


No obstante esto, Trump, sin fundamento ni prueba alguna, ha lanzado una campaña de deslegitimación del resultado electoral y el triunfo de Biden. Sus alegatos de que hubo votos ilegales y de que se cometió un fraude en su contra no se han sostenido en Michigan, Wisconsin, Pensilvania o Georgia, estados en los que ha perdido. Y nada nos permite pensar que estos alegatos se concretarán con éxito en los próximos días (no veo a la Suprema Corte aceptando los infundados alegatos y arriesgando una confrontación civil sin precedentes, sólo por el capricho de un narcisista más). La razón —que es compartida por un amplio sector social y político— es que no hay evidencia de fraude alguno, sino una invención adjetivada e irresponsable que incluso intenta poner en cuestión todo el sistema federal estadunidense, el cual hoy demostró su fortaleza por la manera en que las autoridades estatales actuaron, con una independencia y a partidismo que es lección para todo sistema federal que se precie.


Con Trump se va, esperemos que para siempre, la peor versión de la política que habíamos visto en décadas en la historia moderna de la política de Estados Unidos y el mundo. La democracia estadunidense ha sobrevivido a Trump, escribió David Remnik (NYT, 07/11/20). Y se salva muy a pesar de los impulsos mitómanos de un Narciso con mayúsculas. Sobre esta conflictiva característica del ego, el siquiatra londinense Raj Persaud nos dice: “los narcisistas, convencidos de su superioridad, nunca aceptan perder en ninguna contienda. La amenaza a su ego es demasiado catastrófica. Nunca nadie puede derrotarlos limpiamente. Las acusaciones de engaño, por lo tanto, tienen absoluto sentido desde un punto de visto sicológico. Protege el ego de la amenaza que implica perder. Los seguidores y los líderes pueden entonces forjar un vínculo en su negación de un resultado emocionalmente angustiante”. No obstante, este estado de ánimo impuesto desde el poder, que además es mesiánico, no le fue suficiente a Trump para reducir la participación político-electoral en las elecciones. En mi opinión, tampoco lo será como para cuestionar la fiabilidad de un resultado electoral que ya ha reconocido la gente, los medios, estadistas del orbe y el establishment político, incluido el republicano y el judicial. También se despide con esta lección la saña incendiaria con la que un líder cruel e insensible se comportó cuando, en cada oportunidad, ofendió y agredió a todo lo que parecía oposición. Es inédito que el jefe de Estado de una democracia que ha sido referente internacional se haya dedicado, desde el inicio mismo de su presidencia, a impugnar al sistema político que le dio vida como el político advenedizo que se caracterizó por ser durante cuatro años. El hecho de que Trump se niegue a aceptar la derrota es, pues, parte de esta anomalía de la cual él es el principal protagonista. En consecuencia, es irrelevante, no prosperará.


Hasta el momento de la escritura de estas líneas, varios países europeos (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Polonia, Irlanda, España) y americanos, como Canadá, Argentina, Colombia, Costa Rica, Chile, ya habían felicitado a Biden. El gobierno de México brilla por su ausencia por la terquedad de AMLO. Esto implica más riesgos aún de lo que supuso haberse convertido en tapete de Trump: enrarecerá el ambiente con los demócratas y retrasará los gestos que urgentemente necesitará México de parte de Biden para normalizar, no sólo la relación bilateral, sino la salud de nuestro proceso político, hoy tan dañado por un presidente impetuoso y autoritario, temas que a Biden siempre le han preocupado. ¡Pobre México, tan cerca de Trump y tan lejos de la democracia!

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