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La cuestión alemana


En estos tiempos de reacomodos internacionales hay dos personajes a los que ningún actor, más o menos enojado consigo mismo o con la vida, no les tomaría la llamada: Barack Obama y Angela Merkel. Así, Putin u Hollande saben que sin Washington y Berlín, por más distantes que puedan encontrarse de vez en vez las relaciones diplomáticas entre ellos, no pueden estar tranquilos en sus propios procesos de cambio interno y multilateral. Si bien no todo país relacionado con Estados Unidos y Alemania vive el asunto con la misma intensidad, no hay duda de que los europeos tienen ahora dos temas en común: EU y Alemania.

Después de la reunificación alemana, el mundo cambió más de lo imaginado y esperado. No sólo se derrumbaba el muro ("una monstruosidad histórica", palabras de Willy Brandt), también se inauguraban condiciones para un nuevo orden, que hoy por hoy no han impactado aún a su favor la arquitectura institucional del sistema global. Alemania, que desde Bismark en 1878, prometía convertirse en el maestro de Europa, der Schulmeister in Europa, asumía esta vez un compromiso histórico después de sus dos fallidos intentos por volverse un actor decoroso. Me refiero a las dos guerras y posguerras que, tanto provocó como perdió, así como el haber sido responsable de construir con una sistematización pavorosa, el fascismo más terrorífico de la historia. El siglo XX, que en palabras de Raymond Aron, podría haber sido "el siglo alemán", se traslado al siglo XXI y es así que Alemania se encuentra hoy ante la posibilidad de aprovechar, lo que en otros tiempos Fritz Stern llamó "la segunda oportunidad" de Alemania. Si nos basamos en las cifras y en los estándares de vida alemán, podemos afirmar que a nivel interno esta segunda oportunidad ha sido bien aprovechada internamente. A nivel externo, sobre todo, en lo que se refiere a la construcción de un nuevo orden europeo y de enfrentar la muy pendiente "cuestión europea", que es hoy motivo de riñas al interior de la UE, está aún por verse si Berlín sabe cómo y se decide a hacerlo.

Es aquí en donde radica quizás el elemento comparativo más significativo entre la Alemania de hoy y el EU de la posguerra. Ambos se enfrentaron al reto de la reconstrucción. Uno se encargó de arreglar el maltrecho sistema mundial a partir de 1945, el otro, de los años noventa en adelante, de la rehabilitación de Europa. La gran diferencia teórica e histórica tiene que ver con que Washington asumió un papel predominantemente hegemónico y en cambio Alemania, sobre todo con Merkel, ha decidido simplemente asumir el liderazgo de Europa. Es decir, Berlín no sólo no pretende dominar como Washington sí lo hizo en la segunda posguerra, sino que incluso se niega a ser poder dominante. Esta posición, que es en mucho una estrategia de poder suave, es tanto adecuada como desconcertante para muchos de los vecinos y socios alemanes. Así como es cierto que los esfuerzos estadunidenses y consecuentes arreglos de la segunda posguerra fueron incompletos debido a la partición alemana y europea, ahora con el proceso de recuperación del "sueño europeo", Alemania ha preferido atraer más que imponer simpatías de tirios y troyanos. La estrecha sociedad con Polonia, la República Checa, Hungría y Eslovaquia, víctimas muy directas del Nazismo puede ser una razón de esto, pero hay también quienes entre ellos manifiestan su desconcierto. Por ejemplo, el ministro polaco de relaciones exteriores, lo ha afirmado así: "probablemente seré el primer ministro polaco de exteriores en la historia que lo dice así: temo al poder alemán menos de lo que estoy empezando a temer sobre la inactividad alemana".

Las elecciones que se avecinan en septiembre son también un referéndum acerca de como Alemania discutirá con sus pares el futuro de su papel en Europa. La muy probable continuidad de la Canciller Merkel significará quizás, por un lado, la ratificación de un sólido mandato económico que la lleva a la cabeza del proceso de integración de Europa y también, aprovechar la "segunda oportunidad"  que la historia le ha regalado y modificar la estrategia, en algunos casos muy castigadora y conservadora con algunos países que hoy sufren las consecuencias de sus excesos en la administración presupuestaria y fiscal.

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